Ficha técnica

Título: La vida equivocada | Autor: Luisgé Martín  | Colección: Narrativas hispánicas | Editorial: Anagrama | Páginas: 288 | ISBN: 978-84-339-9793-7 | Precio: 18,90 euros | Ebook

La vida equivocada

ANAGRAMA

La vida equivocada es la sorprendente historia de dos hombres -un padre y un hijo- que sueñan con la gloria y sólo alcanzan el desastre. Max, un escritor mediocre a quien Luisgé Martín conoció en su juventud, recuerda las misteriosas ambiciones de Elías, su padre, que murió en un accidente aéreo cuando él era todavía un niño y dejó tras de sí centenares de cuadernos y de álbumes fotográficos en los que estaban encerradas las claves de sus secretos.

Esos secretos son el nudo central de La vida equivocada, que, como en anteriores libros de Luisgé Martín, se acerca a temas oscuros y sugestivos que acaban atrapando al lector: la sexualidad socialmente desviada, la identidad imprecisa, la muerte o la turbiedad política. Una novela que investiga con implacable lucidez sobre el exceso y sobre el fracaso. Sobre las vidas que son vividas al borde del abismo sin que se llegue a saber nunca si eso constituye una equivocación.

Después de La mujer de sombra y La misma ciudad, Luisgé Martín se confirma como un narrador con una brújula tan singular como imprescindible. De él se ha afirmado que «es el más morboso de nuestros autores» (ABC) y que «ha tocado muchas teclas del mundo cultural pero, cuando se trata de escribir, se siente morbosamente atraído por las zonas de sombra de la mente humana, por la necesidad de autoengaño y los abismos a los que nos aboca el deseo» (Antonio Lozano, Qué Leer).

PRINCIPIO

     En el verano de 1982, a los dieciocho años de edad, Max Leopardi le escribió una carta a su madre en la que le decía: «He tratado de recopilar los peores tormentos que un ser humano puede sufrir. He pensado en los prisioneros de los campos de concentración del nazismo, desnutridos, apaleados, sometidos a humillaciones de todo tipo y obligados a trabajar hasta la extenuación. He pensado en un hombre que ha sido enterrado vivo y que ve cómo el oxígeno que respira va acabándose. En una madre que pierde a su hijo, que lo ve marchar a una guerra o a pescar en un barco que naufraga y no vuelve a tener noticias de él ni a saber dónde se encuentra su cuerpo. He imaginado torturas terribles: ser desollado poco a poco, ser descoyuntado en un potro, sentir una rata viva dentro del estómago. Nada de todo eso es comparable al sufrimiento que supone estar vivo y saber que se ha de morir. El mayor tormento de cualquier hombre es ése: el instante en que siente que no hay ya más aliento. El prisionero confía en que llegará un ejército a rescatarle y que volverá a ser libre, que comerá manjares y tendrá de nuevo una casa y una esposa. El sepultado cree, contra toda evidencia, que alguien se dará cuenta del error y acudirá a desenterrarlo. La madre se entrega al cuidado de sus otros hijos o al amor de su esposo. Y el torturado supone que confesando o resistiendo terminará el suplicio. El hombre que está a punto de morir, en cambio, no puede encontrar ningún consuelo. Si cree en Dios, expirará en paz. Pero si no cree o tiene dudas, sentirá la angustia aterradora de convertirse en nada, de dejar de tener pensamientos y recuerdos, de ser tragado por el remolino del vacío.

     »Yo no creo en Dios, madre. No voy a morirme ahora, pero he vivido ese instante anticipadamente muchas veces. He sentido el escalofrío helado de no tener ya existencia, de haber sido convertido en algo que se descompone. Cuando era niño, de noche, comenzaba a llorar en la cama y se me paraba la respiración al imaginar el cuerpo muerto del abuelo Alfonso.

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