Ficha técnica

Título: La vida doble | Autor: Arturo Fontaine | Editorial: Tusquets | Colección: Andanzas CA 729 | Género: Novela | ISBN: 978-84-8383-243-1 |               Páginas: 304 | PVP: 19,00 € | Publicación: Junio de 2010

La vida doble

TUSQUETS EDITORES

«Irene» o «Lorena», nunca sabremos su verdadero nombre, es una combatiente de Hacha Roja, organización revolucionaria armada que -como otras en la América Latina de ayer y de hoy- se inspira en la épica del Che Guevara. Estamos en los tiempos más duros de la dictadura de Pinochet. Irene participa en el asalto de una casa de cambio, pero la policía secreta desbarata la operación e Irene cae prisionera. Durante veintinueve días es interrogada y torturada con crueldad y método en las mazmorras de la central de Inteligencia, pero ella se comporta como se espera de una mujer adiestrada para la lucha clandestina: soporta sin comprometer ni a la organización ni a sus compañeros. Finalmente, es dejada en (supuesta) «libertad provisional».

Pero Irene guarda más de un secreto: es una mujer que se enamoró y amó y tuvo una hija, Anita, que ahora tiene cinco años, información que no debería caer en manos de la policía. Cuando poco después Irene vuelve a ser detenida, su vida dará un inesperado vuelco, y el sentido de palabras como verdad y mentira, amor y rencor, lealtad y traición, empezarán a confundirse peligrosamente.

Una novela penetrante y feroz, basada en una historia real, que explora los límites de la condición humana cuando es sometida a presiones de extrema intensidad.

Uno de los prosistas latinoamericanos más sobresalientes de hoy.  Camilo Marks, La Época

La estrella de las «nuevas novelas» de Chile es sin lugar a dudas Oír su voz, de Arturo Fontaine.  David Gallagher, The Times Literary Supplement

 

1

   ¿Podría yo decirte la verdad? Ésa es una pregunta para ti. ¿Me vas a creer o no? A eso sólo respondes tú. Lo que yo sí puedo hacer es hablar. Y allá tú si me crees.

   Yo salía de la casa de cambio y llevaba todo el dinero encima. Treinta mil dólares en billetes y algo más de cuatro millones en pesos. Canelo estaba a mi lado, Cabro Díaz o Cabro del Día, como le decíamos, un poco más atrás. ¡Corre, Irene!, me gritó Canelo. ¡Corre! Y doblándose tal como nos habían enseñado, en cuclillas y de costado para minimizar la exposición al enemigo, cubrió mi retirada con su revólver Smith & Wesson. 44 Magnum y empezó a meterles candela. Pero yo no. Yo corrí un trecho y luego caminé unos metros y viendo que nadie se fijaba en mí y la gente escapaba aterrada escuchando los tiros, presa del pánico me eché al suelo y me escondí debajo de un camión estacionado. Inexplicable en una combatiente entrenada como yo. Me dije: dejemos que cesen las balas y podré salir y caminar con naturalidad. La verdad es que el día de la prueba reculé. Y tenía el dinero en mi cuerpo. Ése es el hecho. Un instante antes todo era posible; un instante después, me entrampaba el destino, el puente se había cortado, ya no podía retroceder. Nunca más. Da vértigo pensarlo. Pero existió ese instante, ese campo abierto y libre fue real y una décima de segundo después había desaparecido para siempre: yo estaba presa.

   Disolvió mi ánimo el ácido del miedo. Quise sobrevivir. Quise una prórroga. Me dio pánico vivir la duración de mi matanza. El temor a las llagas del aniquilamiento, la cercanía angustiosa e inexorable de la nada y mientras tanto el suplicio del desangramiento que va transformando al vivo en muerto. Pienso en Canelo: hubo, claro, un instante en el que pudo escapar y sobrevivir como yo. Y sin embargo no lo hizo. ¿Habrá creído que podía presentar batalla y salir con vida? ¿Se lo habrá preguntado o cumplió con su deber por instinto?

 

   Mientras miro por la ventana al mar Báltico van entrando al puerto grandes barcos. Y la imagino a Ana, mi hija, al atardecer en un solitario botecito de pescador vaciando el ánfora con mis cenizas al mar, frente a la playa de El Quisco. Desde aquí, en Estocolmo, para mí Chile es una leve cornisa suspendida entre los Andes y el mar. Lo que te cuento ocurrió allá y hace tanto. Tengo buena memoria. No tan buena como la del Gato, claro. Nadie más memorioso que él. ¿Sabes que podía recordar trozos completos de lo dicho por un interrogado y repetírselo tal cual al día siguiente para demostrar una contradicción?

   Oye, háblame un poco más fuerte. Levanta la voz, ¿bueno? Me he ido poniendo bastante sorda, te diré. Yo pensaba que la sordera era un silencio, una oscuridad, una ausencia como la ceguera. Pero no. La sordera es un ruido constante, un zumbido interior que detiene las voces y sonidos que te llegan obligándote a oír siempre lo que viene de adentro tuyo. La sordera, más que la ceguera, creo, te deja a solas sin otra compañía que la de tu propio e incansable zumbido.

   Y entonces yo, sin soltar mi cartera de cuero hinchada de billetes, me arrastré metiéndome debajo de ese puto camión. Algunos pasaban corriendo, pero ya no se oían balazos. Me asomé desde abajo y estaba encañonada. Fue un alivio. La misión había terminado. El tipo que me encañonaba era un cabro joven, flacucho, no muy alto, jeans azules, polera verde. ¿Acezaba de susto? Nadie habría pensado que era un agente. No supe cómo se llamaba. Después lo vine a encontrar en la discoteca de esa casa de Malloco. Pero no te quiero contar eso todavía, quiero ir en orden, aunque no es fácil, no es así como funciona la memoria. 

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