Ficha técnica

Título: La vida de las mujeres | Autor: Alice Munro | Traducción: Aurora Echevarría Pérez | Editorial: Lumen | Colección: Futura | Género: Novela | ISBN:  9788426419477 | Páginas: 376 | Formato:  14,5 x 21,2 cm.| Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta | PVP: 21,90 € | Publicación: 6 de Octubre de 2011

La vida de las mujeres

LUMEN

La historia de una niña… que podría ser Alice Munro.

Al comenzar la novela, Del Jordan es una chiquilla que vive con sus padres y su hermano Owen en una granja en la que se crían zorros. Su casa está ubicada en la difusa frontera que separa la pequeña población de Jubilee del campo, y que divide virtualmente también a la familia: el padre se dedica a las arduas labores del criadero y la madre, agnóstica, culta y feminista, vende enciclopedias a los granjeros de la zona.

Del relata su vida cotidiana, sus relaciones con los vecinos, amigos y parientes, y muy en especial con los tíos, que son personajes entrañables: el tío Benny, las tías Elspeth y Grace, maliciosamente pícaras, el tío Craig, mimado y convencido de ser un paladín de la memoria.

Pasado un tiempo, la madre decide trasladarse al centro del pueblo en busca de horizontes más estimulantes. Fern, su nueva inquilina, participa de la vida familiar y les abre nuevos horizontes, y Del entiende que tendrá que decidir entre la vida socialmente impuesta -hogar, iglesia, matrimonio, hijos- y la vida elegida, que está en otra parte. Ese descubrimiento es también el de la vocación literaria, una suerte de llamada, de deber para con el mundo.

Esta deliciosa novela, prácticamente la única en sentido estricto que la autora ha publicado hasta la fecha, es «autobiográfica en la forma, que no en los contenidos», como comenta irónicamente la misma Alice Munro. En este texto, traducido por primera vez al castellano, están ya todo el talento, la ironía, el modo tan peculiar de ver la realidad que ha distinguido su obra posterior. 

 

Flats Road

Pasábamos los días a orillas del río Wawanash ayudando a tío Benny a pescar. Atrapábamos ranas para él. Las perseguíamos, las acechábamos, nos acercábamos muy despacio a ellas, a lo largo de la orilla lodosa bajo los sauces y en las pantanosas hondonadas cubiertas de juncos y espadañas que dejaban finísimos cortes, al principio invisibles, en nuestras piernas desnudas. Las ranas viejas sabían lo suficiente para no cruzarse en nuestro camino, pero no estábamos interesados en ellas; eran las verdes jóvenes y esbeltas, las adolescentes jugosas las que buscábamos, frías y resbaladizas; las estrujábamos con delicadeza en nuestras manos y las dejábamos caer con ruido sordo en un balde para la miel que luego tapábamos. Ahí se quedaban hasta que tío Benny estaba preparado para clavarlas en el anzuelo.

   Él no era nuestro tío, ni el de nadie.

   Se quedaba de pie un poco apartado del agua marrón y poco profunda, donde el fondo lodoso se convierte en guijarros y arena. Iba vestido igual todos los días de su vida, daba lo mismo dónde te lo encontrabas: botas de goma, un mono sin camisa y una americana de un negro herrumbroso y con botones que dejaba ver una V de piel correosa y roja, bordeada de una tierna franja más pálida. El sombrero de fieltro que le cubría la cabeza conservaba su estrecha cinta y dos pequeñas plumas, totalmente ennegrecidas por el sudor.

   Aunque nunca se daba la vuelta, sabía si habíamos metido un pie en el agua.

   «Si vais a chapotear en el barro y asustar a los peces, marchaos a otra parte. Largaos de mi orilla.»

   No era suya. Precisamente el tramo donde él solía pescar era nuestro. Pero nunca nos paramos a pensarlo. Desde su punto de vista, el río, el monte y todo el pantano de Grenoch eran poco más o menos que suyos, porque los conocía mejor que nadie. Aseguraba no haberse limitado a hacer pequeñas incursiones por los alrededores del pantano sino ser la única persona que lo había recorrido entero. Decía que había un hoyo de arenas movedizas allí dentro capaz de engullir un camión de dos toneladas de un solo bocado. Decía que en el río Wawanash había hoyos de veinte pies de profundidad en pleno verano. Decía que podía llevarnos a ellos, pero nunca lo hizo.

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