Ficha técnica

Título: La vida de hotel | Autor: Javier Montes | Editorial: Anagrama | Colección:  Narrativas hispánicas | Género: Novela | ISBN: 978-84-339-3343-0 | Páginas: 200 |  PVP: 15,90 € |

La vida de hotel

ANAGRAMA

He traído sólo una maleta ligera. Pero habrían podido ser más y más pesadas, porque el viaje fue corto. Ocho manzanas: novecientos noventa y dos metros, según el ticket electrónico del taxi. Nadie me despidió ni cerró tras de mí la puerta de casa, nadie me acompañó o mucho menos siguió mis pasos. Sí me esperaban, en cambio, a la llegada: reservado a mi nombre el cuarto donde iba a pasar la noche. Así empieza el enésimo viaje de un crítico de hoteles con años de oficio a las espaldas. Vaga por su propia vida ligero de equipaje, y sabe que moverse mucho no basta para sentir que se avanza.

Esa noche espía por error una escena extraña en la habitación contigua. La pareja vecina interpreta sin ganas un curioso ritual erótico, dirigida por una mujer que da muchas órdenes pero pocas respuestas. Intrigado por ella y decidido a encontrarla, se embarca sin saberlo en una travesía de final incierto. De ciudad en ciudad, de hotel en hotel, de alcoba en alcoba, acabará descubriendo que en el fondo todas las persecuciones son huidas disfrazadas.

La mirada que prende y niega el deseo, el temor a alcanzar lo que se acecha, los objetos que callan su mensaje cifrado, la sensación de pasar por el mundo como por los salones y pasillos de un vasto hotel sin huéspedes. Al final cazadores y presas se confunden en una búsqueda apasionante que empieza, como todas, con una ojeada inocente a través de una cerradura. El viaje alrededor del cuarto puede arrastrar muy lejos, y ya lo avisa uno de ellos: «El ojo es una herida abierta.»

Con La vida de hotel Javier Montes confirma la calidad de una de las voces más personales de su generación. Reencontramos su humor esquivo, su talento para las atmósferas ambiguas, su gusto por las fábulas y las máscaras. Y sobre todo su pulso para retorcer una historia trepidante, en la tradición del mejor suspense, hasta convertirla en una parábola tenebrosa de muchas lecturas posibles.

Un autor imprescindible en la nueva narrativa española: «Javier Montes no es nada inocente. Ofrece historias de apariencia cotidiana sin que nos desoriente su complejidad estructural. Se decía que André Gide era el más grande novelista enemigo de la novela. No digo que Montes sea ese novelista gideano. Pero lo que propone desde dentro de la novela clásica es una renovada visión del género. Maneras singulares de armar historias de nuestros días.» (J. E. Ayala-Dip, El País).

 

PAGINAS DEL LIBRO

      He traído sólo una maleta ligera. Pero habrían podido ser más y más pesadas, porque el viaje fue corto. Ocho manzanas: novecientos noventa y dos metros, según el ticket electrónico del taxi. Me llevó veinte minutos por culpa del atasco. Nadie me despidió ni cerró tras de mí la puerta de casa, nadie me acompañó o mucho menos siguió mis pasos. Sí me esperaban, en cambio, a la llegada: reservado a mi nombre el cuarto donde iba a pasar la noche.

      Vivo tan cerca del hotel que hubiera tardado menos andando. Si paré un taxi fue para empezar con buen pie el viaje. No por corto dejaba de serlo, y quería tomármelo en serio desde el principio. Siempre me he tomado en serio mi trabajo y mis viajes: al fin y al cabo son casi la misma cosa.

      O quizá se trataba de lo contrario: de saber jugar también, cuando toca. Me he pasado media vida de hotel en hotel, pero hasta hoy no había dormido nunca en uno de mi propia ciudad. Por eso acabé aceptando cuando llamaron del periódico y me propusieron el Imperial. A todos, creo, nos sorprendió que lo hiciese.

      -Han acabado la reforma, mandaron el otro día el dossier. 

      A la primera dije que no. Saben que nunca escribo sobre hoteles nuevos.

      -Pero éste no es nuevo. Es el Imperial de toda la vida. Sólo le han lavado la cara.
No me gustan los hoteles nuevos: el olor a pintura, los hilos musicales. Y de los renovados desconfío. Con la cara lavada pierden la solera que en los antiguos hace las veces de sentido común y aun de sentimiento; o por lo menos, de buena memoria. No sé si soy yo muy sentimental, pero sí que tengo buena memoria. Ya voy viendo que a partir de una edad las dos cosas empiezan a ser lo mismo, y seguramente por eso prefiero los hoteles que saben recordar.

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