Ficha técnica

Título: La vida cotidiana del dibujante underground | Autor: Nazario Luque Vera | Editorial: Anagrama | Colección: Crónicas | Páginas: 296 | ISBN 978-84-339-2612-8 | Fecha: jun/2016 | Precio: 19,90 euros | Ebook: 9,99 euros

La vida cotidiana del dibujante underground

ANAGRAMA

Nazario Luque Vera, de nombre artístico Nazario, llegó a Barcelona procedente de Sevilla en 1972 con un trabajo de maestro bajo el brazo y el firme propósito de dejarlo en cuanto pudiese ganarse la vida dibujando cómics. No tardó en abandonar el colegio, pero lo de vivir de los tebeos resultó un poco más complicado.

El joven dibujante vivió en primera persona la Barcelona libertaria, contracultural y canalla de los últimos años del franquismo y los primeros de la transición: hippies, pisos compartidos, comunas, homosexualidad vivida sin complejos, chulos, tríos, garitos y tugurios, porros, ácidos, litros de alcohol y, sobre todo, aires de libertad. Nazario empezó a publicar sus cómics abiertamente gays en el fanzine El Rrollo Enmascarado; también en Star y El Víbora, y en la revista francesa Zinc.

Era el momento álgido del underground, y el autor rememora sus encuentros, amistades y amores con variopintos personajes de aquellos años: Ocaña, Camilo, Alejandro la Tremenda, Mariscal, Barceló, Montesol, Pepichek, Onliyú, Pau Maragall, Marta Sentís, Manolito el loco, Alberto Cardín, Carme, Ana Seró, Eduardo Haro Ibars…

Son éstas unas memorias escritas a corazón abierto, que hablan de juveniles exploraciones de nuevos territorios, de juergas legendarias, imaginación desbordante, transgresiones y provocaciones, pero también de hambre, de penurias y de picaresca. Y del lado oscuro: alcoholismo, enfermedades venéreas, sobredosis, psiquiátricos y la aparición del sida.

Un testimonio valiosísimo de un momento irrepetible y de una Barcelona creativa, caradura y desmadrada que desapareció con el olimpismo, el diseño y el apoltronamiento. Un libro repleto de anécdotas jugosas, como la de aquella ilustración suya que acabó en la carátula de Take No Prisoners de Lou Reed sin que Nazario viera un duro ni se le reconociese la autoría.

«Artista inclasificable, rupturista y transgresor, dibujante, guionista de sus propias historietas, fotógrafo y pintor, Nazario, homosexual y artísticamente revolucionario como Caravaggio, implacable, sadomasoquista y subversivo como el marqués de Sade, nunca ha dejado de provocar irritación» (Alfred Rexach, La Vanguardia).

«Toda una institución del cómic español» (Diario de Barcelona).

«Con sus divinas transgresiones, Nazario y Ocaña fueron las verdaderas reinas de la transición» (Pau Riba).

«Con Nazario la fiesta está siempre asegurada» (Joan de Sagarra).

 

1. EL ADIÓS A SEVILLA
UNA HABITACIÓN EN UN PALOMAR

La dueña de la casa de la calle Goya donde alquilé la habitación para pasar el curso había quedado viuda joven con dos hijas pequeñas. Encontró la forma de conseguir dinero para mantener a la familia alquilando dos o tres habitaciones a estudiantes. Para las hijas, que ya eran jovencitas, la presencia de chicos en la casa se había ido convirtiendo en algo tan habitual como si la casa fuera una pensión en la que vivían todos siendo ellas las administradoras. Yo tenía que atravesar el salón de su casa para subir las escaleras que me conducían a la terraza donde estaba mi habitación/palomar.

María Antonia había oído hablar de una casa en la calle Goya donde una madre con dos hijas alquilaba habitaciones. La casa estaba cerca de la de su padre, donde vivía con Juan Moyano, con quien por fin acababa de casarse. ¡Ya estaba harta de tener que coger el camino todas las noches y marcharse a su casa a las once cuando todo comenzaba a animarse en la Cuadra o en cualquier fiesta!

Una noche que volvía tarde a la casa, cuando cruzaba la explanada que rodea el campo de fútbol, descubrí unos movimientos sospechosos de coches dando vueltas y gente paseando. Inmediatamente me di cuenta de que se trataba de un lugar de encuentro entre homosexuales parecido al Prado o los Jardines de Murillo. Los conductores daban vueltas lentamente acercándose a los paseantes, junto a los que paraban si eran de su agrado. El paseante subía al coche si el tipo le gustaba y le ofrecía confianza, o exigía que el hombre bajara para poder verlo mejor y decidirse más tarde. Algunos paseantes ya conocían bien el terreno y sabían de agujeros practicados en tapias dentro de los que poder ocultarse, rincones apartados o matorrales. No tardé en convertirme en un experto y fui conociendo poco a poco a algunos conductores y a muchos de los paseantes; era un avezado conocedor de todos los vericuetos de los alrededores. Aquellas tapias llenas de agujeros tras las cuales se amontonaban los escombros y la basura se convertirían en el escenario perfecto para algunas de las aventuras de mi personaje de cómic Don Juanito el Supermacho.

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