Ficha técnica

Título: La vida arrebatada de Friedrich Nietzche’ | Autor: Franz Overbeck | Traducción y Prólogo: Iván de los Ríos |  Editorial: Errata Naturae | Colección: La muchacha de dos cabezas | Fecha: oct/2016 | Formato: 21,5 x 14 | Páginas: 128 |ISBN: 978-84-16544-23-3 | Precio: 12 euros

La vida arrebatada de Friedrich Nietzche

ERRATA NATURAE

Franz Overbeck fue el amigo más fiel y constante de Nietzsche. Quizás su único amigo. Desde los años centelleantes de la juventud en que ambos compartieron casa e infinitas búsquedas, hasta el momento en que, décadas después, el filósofo fue doblegado por la locura en las calles de Turín: allí fue a buscarlo Overbeck, a su vieja habitación de hotel, donde lo encontró agitando unos folios entre risas y bramidos salvajes, bailando y rodando por el suelo.

En este libro, que relata algunos de los episodios más reveladores de la vida de Nietzsche, Overbeck no pretende ofrecer un análisis filosófico de su obra, sino mostrar a Nietzsche en tanto que hombre: un hombre en minúscula, un pensador colosal de vida insignificante, capaz de alojar, como todos los hombres, miedos y gestos vanos, o ser caprichoso, o verse incapaz de sobrevivir a una velada en compañía de mujeres bellas o atrevidas o ambas cosas a la vez.

Así descubrimos que la soledad de Nietzsche es la de cualquier hombre; que su anhelo de grandeza es el de todo talento ególatra, torpe hasta la ternura en el manejo de uno mismo; y que su deseo de una vida auténticamente filosófica es una maquinaria que se atasca en las largas jornadas de este animal violento y maravilloso. ¿Pero quién podría adentrarse de verdad en los dominios del lobo y compartir su hambre, rebañar sus huesos, ignorar su furia? Overbeck lo hizo, y gracias a su testimonio, traducido ahora al castellano, también nosotros descubrimos al hombre que dijo ser dinamita pero que nunca dejó de ser un hombre.

 

 

NIETZSCHE, LA SOLEDAD
Iván de los ríos

«Doscientos amigos asistirán a mi entierro y tú tendrás que pronunciar un discurso ante mi tumba». El sobrino de Wittgenstein, Thomas Bernhard 

Nietzsche es mentira. Nietzsche es mentira del mismo modo que Spinoza es verdad. Spinoza y Epicuro de Samos son verdad. Diógenes de Sínope y Antístenes, sin duda y, desde luego, Michel de Montaigne, Sócrates o Henry David Thoreau. Es probable que incluso Agustín de Hipona fuera verdad, una verdad perversa y contradictoria, ciertamente, una verdad rechoncha y voluptuosa cuidadosamente administrada en los hábitos cotidianos, pero verdad, al fin y al cabo. Nietzsche, en cambio, es mentira. Nietzsche es la mentira engendrada por sus lectores y acólitos, la fantasmagoría de sus epígonos, la alucinación y la envidia de todos nosotros, hombres medianos que alguna vez creímos en la posibilidad de vivir filosóficamente. Nietzsche es mentira y falsa la más célebre de sus sentencias: «Yo no soy un hombre, soy dinamita». Por supuesto que sí, dinamita. Tal vez nada pueda compararse con el estrépito cultural del pensamiento nietzscheano. No obstante, se tiende a interpretar con demasiada literalidad la primera parte de esta afirmación, se piensa con premura que Friedrich Nietzsche no fue un hombre sino un titán o un lobo, el depredador solitario cuya existencia sobrepasa los límites impuestos por la inercia social y la historia, la asfixia de las costumbres y la doma de los deseos. Falso. Nietzsche también fue un hombre en minúscula, un pensador colosal de vida insignificante con miedos estúpidos y gestos vanos, un hombre caprichoso incapaz de sobrevivir a una velada en compañía de mujeres bellas o atrevidas o ambas cosas a la vez. Se adivina en cada trazo de su trayectoria el arte de vivir, se visitan sus plazas, sus hoteles, sus altas cumbres; se pasean sus paseos, se fabulan sus cuadrúpedos azotados en el norte de Italia y, a cada instante, se alimenta la imagen de un espíritu atormentado cuya exuberancia pasional y agudeza intelectual terminan potenciando la obra para destruir al hombre y modelar, así, la leyenda de una vida obrada de hermosa factura, la perfecta síntesis entre el mortal y su perennitas. Nietzsche, ese Nietzsche, es mentira. Nietzsche es mentira y es minúscula. Su soledad es la de cualquier hombre. Su anhelo de grandeza el de todo talento incauto y ególatra, torpe hasta la ternura en el manejo de uno mismo. El deseo de una vida auténticamente filosófica, la tensión que puja por conocer y amar la condición trágica de la existencia, se atora y fracasa con frecuencia en las jornadas de este animal violento y maravilloso. Con todo, no parece pertinente enfatizar la vulgaridad cotidiana del coloso. ¿A quién le importa el hombre si contamos con el mito? ¿Quién quiere hombres teniendo dinamita? ¿Quién puede adentrarse ya en los dominios del lobo y compartir su hambre, rebañar sus huesos, ignorar su furia?

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