Ficha técnica

Título: La verdad sobre Jaqueline y Pablo Picasso | Autor: Pepita Dupont Prólogo y traducción: Clara Pastor |Editorial: Elba | Colección: Elba | Temática: Biografía, Arte | Formato: 12,5 x 20 cm | ISBN: 978-84-942266-0-1 | Páginas: 284 | Precio: 21 euros

La verdad sobre Jaqueline y Pablo Picasso

ELBA

«No se le puede hacer sombra al sol», solía decir Jacqueline Picasso cuando hablaba de su marido. Pepita Dupont, amiga de Jacqueline después de la muerte del pintor, ha querido arrojar luz sobre el destino de la mujer que compartió los últimos veinte años de la vida de uno de los mayores genios del siglo XX.
El resultado es un documento rico en información inédita, desde anécdotas de la vida de la pareja en el castillo de Vauvenargues y en su residencia de Cannes, Notre-Dame-de-Vie, hasta el oscuro episodio de la polémica entre Madrid y París provocada por la donación de sesenta y una obras de Picasso a España por Jacqueline, poco antes de su muerte.
La autora nos revela asimismo hasta qué punto se traicionó la última voluntad de Jacqueline, a quien no se ha agradecido lo suficiente su dedicación a Picasso y su generosidad con los museos, suscitando preguntas respecto a la suerte del legado del pintor malagueño que hoy siguen sin respuesta.
A través de los ojos de Jacqueline vemos a otro Picasso, muy alejado del monstruo ególatra que se dibuja en el retrato que han hecho de él Françoise Gilot y otros de sus biógrafos y descubrimos así a un ser capaz de amar con pasión no sólo a su mujer sino también la pintura y la vida.

Jaqueline, la nueva Egeria

Sería exagerado decir que un editor puede decidirse a publicar un libro por una sola frase. No obstante, sí es cierto que cuando leemos un texto que nos cautiva, hay ciertas frases que permanecen en la memoria, que
recordamos mucho tiempo después de haber terminado la lectura. Así sucede también con las imágenes. Las fotografías de Jacqueline y Pablo Picasso en La Californie, su casa de Cannes, son de las que permanecen en la memoria: Jacqueline enseñando pasos de ballet a Picasso; Picasso y Jacqueline sentados a la mesa, él dando de comer a Lump, su teckel, bajo la mirada embelesada de ella; Jacqueline y Picasso sonrientes en medio del desorden de cuadros, libros y papeles, diez días después de su boda secreta en el ayuntamiento de Vallauris. Podría decirse -de nuevo, a riesgo de exagerar- que son la viva imagen de la felicidad, como lo son de la desolación las de Jacqueline después de la muerte de su marido. De la felicidad solamente quedan como prueba esas imágenes: la verdad se la llevaron a la tumba los protagonistas de esa aventura. La prueba más contundente de la desolación es el suicidio de Jacqueline, trece años después de la muerte de Picasso: una forma turbadora de expresar la felicidad vivida, perdida e insoportablemente añorada.

Charles Dickens sostenía que es más fácil escribir sobre las miserias de los hombres que sobre su bondad. Que cuando el escritor trata de reflejar los aspectos más felices de la vida corre siempre el riesgo de caer en la cursilería. En cambio, escribir sobre sus aspectos más mezquinos tiene recompensas más seguras, como pasar por un observador sagaz, por mencionar una.

¿Cómo hablar entonces de la felicidad que reflejan las imágenes de Pablo y Jacqueline Picasso en su oasis sin caer en la cursilería? Dickens tenía razón, no es fácil. Pero eso es lo que, con la voluntad de relatar fielmente lo que le fue contado, logra la autora de La verdad sobre Jacqueline y Pablo Picasso. De su profunda amistad con Jacqueline Picasso no hay duda, ella misma lo confiesa en los preliminares del libro. Tampoco de su objetivo: reivindicar la memoria de la mujer a quien los hijos de Picasso acusaron de secuestrar a su padre, a quien consideraban senil. El Picasso de las imágenes es indiscutiblemente un hombre mayor, pero no senil; por lo demás, Picasso no fue -y eso sí lo atestigua toda la literatura escrita sobre él- hombre de voluntad fácilmente doblegable.

Reconocida la amistad entre las dos mujeres, no parece que la autora pueda ser sospechosa de tener interés en defender su causa, ni siquiera la de la fama. Su libro, en Francia, le ha ganado más enemistades que aplausos, y en España, donde más que en cualquier otro país la figura de Picasso no es irrelevante, tarda siete años en ver la luz. Ignoro las razones, y la pregunta permanece junto con esa imagen de la felicidad de una pareja inmersa en su mundo que impulsó su publicación en español. Tal vez sea el oscuro episodio de la donación de cuadros de Jacqueline a España y su regreso a Francia, que todavía hoy sigue sin explicar y que dejaría en mal lugar al gobierno del momento. O tal vez la anécdota del entonces alcalde de Barcelona Pasqual Maragall, a quien Jacqueline invitó a Notre-Dame-de-Vie, y que exigió primero que se le quitara el marco al Picasso que Jacqueline acababa de regalarle para el museo de Barcelona y luego pidió que se lo embalaran para podérselo llevar cómodamente. Aunque puede que la explicación sea más sencilla, y me remito a Dickens: que los lectores prefieren recrearse en las miserias que leer una bonita historia. Porque lo que resulta tolerable en las novelas, en lo referente a las historias bonitas, lo es menos cuando la historia es supuestamente verdadera. La frase a la que hacíamos referencia al principio es de la propia Jacqueline y también llamó la atención de la autora, por terrible: «A la gente no le gustan las personas que se quieren, y con Pablo nos quisimos tanto…».

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