Ficha técnica

Título: La venganza de la historia. La batalla por el siglo XXI | Autor: Seumas Milne |Traducción: Emilio Ayllón |Editorial: Capitán SwingEncuadernación: Rústica con solapas | Tamaño: 14x22cm | Páginas: 432 | ISBN: 978-84-941690-8-3 | Precio: 21 euros

La venganza de la historia

CAPITAN SWING

Uno de los politólogos británicos más destacados se enfrenta a la década que vivimos peligrosamente -del 11-S a la primavera árabe, la crisis económica, el auge de China y los conflictos en Oriente Medio- poniendo patas arriba las ortodoxias de la generación anterior.

La venganza de la historia, una antología de columnas y artículos de Milne publicados en The Guardian entre 1997 y 2012, supone un severo correctivo al discurso dominante en la primera década del siglo XXI. A través de una narración panorámica, Milne examina las causas de la crisis del crédito y de la Gran Recesión, revela cómo la política de intervención humanitaria es una fallida apropiación del territorio, explica el motor que se halla detrás de la colosal economía china, y descubre nuevos modelos de sociedad que están floreciendo en Latinoamérica. Brillante, audaz y siempre incisiva, esta obra es de lectura obligada para comprender qué ha ido mal: las convulsiones que nos han llevado a la crisis actual, las formas políticas emergentes del futuro, y el declive de Estados Unidos, un imperio global y corporativo que ya no puede actuar con la impunidad de siempre en un «mundo multipolar».

Introducción

A finales del verano de 2008 se sucedieron en poco tiempo dos acontecimientos que iban a marcar el fin del nuevo orden mundial basado en el incontestable poder económico y planetario de Estados Unidos. En agosto, Georgia, estado cliente de los norteamericanos, era aplastado en una breve pero sangrienta guerra después de que hubiera atacado a las tropas rusas en el territorio en disputa de Osetia del Sur. La antigua república soviética era un aliado predilecto de los neoconservadores de Washington: su ejército, armado y entrenado por Estados Unidos e Israel, aportaba el tercer mayor contingente en la ocupación de Iraq, y su autoritario presidente, educado en Estados Unidos, había estado presionando activamente para que Georgia se incorporase a la OTAN como parte de la expansión de la alianza hacia el este contra las fronteras de Rusia.

En un desvergonzado ejercicio de inversión de la realidad, el vicepresidente norteamericano, Dick Cheney -y, siguiendo su ejemplo, el entonces ministro de Asuntos Exteriores británico, David Miliband- denunciaba la reacción rusa al ataque de Georgia como una «agresión» que «no podía quedar sin respuesta», al tiempo que George Bush, después de haber desatado no hacía mucho una desastrosa guerra contra el pueblo de Iraq, declaraba que la invasión rusa «de un estado soberano» resultaba «inaceptable en pleno siglo xxi».

Terminada la contienda, el presidente Bush advirtió a Rusia de que no debía reconocer la independencia de Osetia del Sur y Abjasia (precisamente lo que las potencias occidentales habían hecho con Kosovo unos pocos meses antes). Rusia desoyó la advertencia y veinticuatro horas más tarde hizo exactamente eso, mientras los buques de guerra estadounidenses se veían obligados a darse la vuelta en el mar Negro ante la imposibilidad de descargar suministros en los puertos georgianos por el riesgo de confrontación con las tropas rusas.

El breve conflicto ruso-georgiano supuso un punto de inflexión en las relaciones internacionales. Estados Unidos había quedado en evidencia. Su credibilidad y su influencia militar se estaban viendo socavadas por la guerra contra el terror, Iraq y Afganistán. Pasada la mejor parte de las dos décadas en las que había sido capaz de dominar el mundo cual coloso, imponiendo su voluntad en cada continente, los años de poder americano incontestable habían terminado. Reanimada a base de petrodólares, Rusia había puesto fin al implacable proceso de expansión norteamericana, demostrando que no en todos los patios de vecinos imperaba su ley. El mundo captó rápidamente la idea.

Tres semanas más tarde, un segundo acontecimiento de alcance aún mayor amenazaba el corazón mismo del sistema financiero global dominado por Estados Unidos. El 15 de septiembre, unos días después de que el gobierno se viera obligado a hacerse cargo de los arruinados bancos de crédito hipotecario Freddie Mac y Fannie Mae, la crisis de crédito gestada a fuego lento y alimentada por las suprime entró finalmente en erupción con el colapso del cuarto mayor banco de inversión americano. La bancarrota de Lehman Brothers desencadenaba el mayor crack bancario desde 1929 y sumía al mundo occidental en su más profunda crisis desde los años treinta.

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