Ficha técnica

Título: La última noche en Twisted River | Autor: John Irving |  Traducción: Carlos Milla Soler | Editorial: Tusquets | Colección: Andanzas CA 725| Género: Novela | ISBN: 978-84-8383-238-7 | Páginas: 660 | PVP: 26,00 € | Publicación: Mayo de 2010

La última noche en Twisted River

TUSQUETS EDITORES

Corre el año 1954. La vida en el aserradero de una explotación forestal al norte de New Hampshire no resulta fácil y las desgracias están a la orden del día. Una noche, Dominic Baciagalupo, el cocinero del aserradero, y su hijo Danny, de doce años, se ven obligados a abandonar apresuradamente el lugar cuando Danny, en un fatal accidente, mata a la novia de un alguacil llamado Carl. Dominic y Danny inician entonces una extenuante huida, pues Carl, en su afán de venganza, los perseguirá primero hasta Boston, luego hasta Vermont e Iowa, y finalmente hasta Canadá. En cada ciudad a la que lleguen, padre e hijo se verán obligados a adaptarse a las costumbres y personas del lugar, a inventarse una nueva identidad… Sin darnos tregua, peripecia tras peripecia, John Irving nos sumerge de lleno en la vida estadounidense durante las últimas cinco décadas del siglo xx.

Desde el trepidante arranque de la historia hasta el elegíaco capítulo final, La última noche en Twisted River, la duodécima novela de John Irving, posee la autenticidad histórica y la autoridad emocional de Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra y Oración por Owen, desplegados en un relato tan perturbador e impactante como El mundo según Garp, el primer éxito de ventas de Irving. 

Irving no tiene parangón con ningún otro escritor a la hora de crear personajes memorables. Ninguno es demasiado accesorio para no merecer la plena atención de Irving. Todo personaje menor está tan bien desarrollado como cualquiera de los principales, y la atención al detalle es su sello característico. Mirror

La precisión de la voz de Irving, la descarnada urgencia de su estilo, su astuta manera de entretejer magia y picardía, resuenan de tal modo en toda la novela que el lector apenas se da cuenta de hasta qué punto están presentes. Daily Express

Irving nos atrapa y, una y otra vez, obliga a sus lectores a plantearse vitales problemas sociales de un modo que recuerda a Dickens. The Guardian

La precisión de la voz de Irving, la descarnada urgencia de su estilo, su astuta manera de entretejer magia y picardía, resuenan de tal modo en toda la novela que el lector apenas se da cuenta de hasta qué punto están presentes. Daily Express

Se ha comparado a John Irving con Kurt Vonnegut y J.D. Salinger, pero acaso posea más inventiva que cualquiera de ellos. Irónico y conciso, esboza a sus personajes con una economía que surge de la sensibilidad por la palabra y el dominio del oficio. The Times

 

                                                                                                     Primera parte
                                                                                                    Coos County,
                                                                                                    New Hampshire, 1954 

1
Bajo los troncos 

     El joven canadiense, que tendría a lo sumo quince años, había vacilado más de la cuenta. Suspendido en el aire por un instante, dejó de mover los pies sobre los troncos que flotaban en el remanso situado por encima del recodo del río; antes de que alguien alcanzase a sujetar su mano extendida, ya se había hundido por completo. Uno de los madereros, más veterano, tendió el brazo hacia el largo cabello del joven: buscó a tientas con los dedos en el agua gélida, densa, casi tan espesa como un caldo a causa de los fragmentos de corteza desprendidos. De repente dos troncos chocaron con fuerza, atraparon el brazo del frustrado rescatador y le partieron la muñeca. La alfombra de maderos en movimiento se había cerrado por completo sobre el joven canadiense, que ya no volvió a salir a la superficie; no asomó nada de él sobre aquella agua marrón, ni tan siquiera una mano o una bota.

     En un atasco de troncos, tan pronto como se conseguía destrabar el madero clave, los gancheros tenían que moverse con rapidez y sin parar; si se detenían, aunque fuera sólo por uno o dos segundos, se veían lanzados a la impetuosa corriente. En el acarreo de una maderada, uno podía morir aplastado entre los troncos que avanzaban corriente abajo antes de ahogarse, pero ahogarse era lo más habitual.

     Desde la margen del río, donde el cocinero y su hijo de doce años oyeron los juramentos del maderero que se había partido la muñeca, saltó a la vista de inmediato que alguien se hallaba en una situación más apurada que el frustrado rescatador, quien, tras liberar su brazo herido, había recuperado el equilibrio sobre los troncos en movimiento. Los otros cuadrilleros, sin prestarle la menor atención, se dirigieron con pasos cortos y ligeros hacia la orilla, voceando el nombre del muchacho perdido. Los hombres hincaban sin cesar sus bicheros en los troncos flotantes para encauzarlos. Los gancheros buscaban, en su mayoría, el camino más seguro hacia la orilla; pero, a ojos del esperanzado hijo del cocinero, daba la impresión de que quizás intentaban abrir un espacio de anchura suficiente para que el joven canadiense saliera a la superficie. Cierto que en ese momento sólo había huecos intermitentes entre los maderos. Así de rápido desapareció el chico que se había presentado ante ellos como «Angel Pope, de Toronto».

     -¿Es Angel? -preguntó a su padre el niño de doce años.

     Quizás alguien hubiera podido confundir a este chico, por sus ojos de color castaño oscuro y su expresión extremadamente seria, con el hermano menor de Angel; pero en todo caso era inconfundible el parecido familiar entre el niño de doce años y su padre, un hombre siempre alerta. En el cocinero se advertía un halo de aprensión contenida, como si por norma esperase los desastres más imprevistos, y en la seriedad de su hijo se traslucía un reflejo de eso mismo; a decir verdad, el chico era el vivo retrato de su padre, tanto es así que varios de los leñadores habían manifestado su sorpresa por el hecho de que el hijo no caminase también con la acusada cojera del padre.

     El cocinero sabía de sobra que el joven canadiense era quien, en efecto, había caído bajo los troncos. Él mismo había advertido a los madereros que Angel estaba demasiado verde para trabajar con la cuadrilla delantera; el muchacho no debería haberse metido a intentar deshacer un atasco de troncos. Pero seguramente el chico tenía ganas de complacer, y tal vez en un primer momento los gancheros no habían reparado en su presencia.

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