Ficha técnica

Título: La selva | Autor: Louis Bromfield | Traducción de: María Virginia Martínez Costa de Abaria |  Editorial: Ediciones del viento |  Colección:  Viento del Oeste nº 17 |  Páginas: 276 | Formato: 12 x 17 cm.  Rústica | Género:  Novela | Precio: 12 € | Fecha de publicación: Octubre 2008 |  ISBN: 978-84-96964-30-3

La selva

EDICIONES DEL VIENTO

En Ediciones del Viento seguimos empeñados en rescatar de su injusto olvido las obras de Louis Bromfield. En La selva se refleja el dominio de Bromfield sobre el mundo agrícola y su gran capacidad de entender y reflejar los sentimientos de las personas que lo habitan. Pero el autor, además, conoce muy  bien el mundo de las grandes ciudades y de la política y el efecto que éste puede tener en algunas personas. Es además, una novela de aprendizaje, de paso de la adolescencia a la madurez, en la que Bromfield nos lleva a recordar nuestra niñez y a crecer de nuevo, como lo hace el narrador.

Primera parte

Oí que el viejo Virgil decía:

  -Henry se ha traído a casa una pajarita.

  Mi abuelo le preguntó:

  -¿De dónde?

  Y el viejo Virgil respondió:

  -De la Exposición Universal. Siempre he dicho que los muchachos de campo no sacan nada bueno de andar por esos sitios.

  Lo que acababa de oír no significaba nada para mí, y apenas si produjo alguna impresión en mi cerebro. Seguí jugando con Prince, que corría sin parar detrás de los palos que yo le tiraba, y luego saltaba y me ponía las patas sobre los hombros. Pesaba yo poco más que el viejo perro pastor, y cada vez que en su alboroto se me echaba encima, no faltaba mucho para que me tirase al suelo; pero no importaba, porque los dos nos comprendíamos perfectamente. El perro había sido mío desde antes de cumplir yo los dos años cuando me lo trajo el padre de Henry, y era un cachorrillo suave, redondo y lanudo. Prince tenía ya doce años, pero aún estaba fuerte y lleno de vida. Me hacía reír cada vez que me lamía la cara, y era tal el ruido que hacíamos entre él y yo con mis risas y sus ladridos, que mi abuelo, volviéndose, dijo secamente:

  -¡Basta, Ronnie! No me dejáis oír siquiera lo que pienso. Vete a jugar junto al arroyo.

  Y por el timbre de su voz y la forma en que hablaba comprendí que estaba irritado o preocupado. Era un hombre muy pacífico, pero cuando estaba enfadado o algo le preocupaba, solía saltar contra quien tenía más cerca, aunque no hubiese causado el problema. Era como si los nervios y el cerebro, normalmente apacibles y controlados, se tensaran repentinamente hasta el punto de estallar. En ocasiones reaccionaba así al irritarse o impacientarse con la estupidez y la intolerancia ajenas, y con frecuencia no lo hacía contra el objeto de su impaciencia, sino contra alguna persona querida que no tenía nada que ver con su enfado.

  Así que Prince y yo lo dejamos hablando con el viejo y corrimos cuesta abajo por entre la hierba, por delante de la Casa Grande, hasta llegar al terreno bajo, junto al arroyo, donde la menta y otras plantas aromáticas crecían con tal profusión que, al correr, mis pies quedaban presos en ellas, obligándome a acortar la marcha y convertir en paseo mi desenfrenada carrera.

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