Ficha técnica

Título: La primera familia. Extorsión, venganza, muerte y el nacimiento de la mafia americana. | Autor: Mike Dash |  Traducción: Francisco J. Ramos Mena |    Editorial: Debate Género: Ensayo | ISBN: 9788483068687 | Rango edad: Adultos | Páginas: 510 | Formato: Tapa dura con sobrecubierta  |  PVP: 24,90 € | Publicación: 19 de marzo de 2010

La primera familia

DEBATE

Esta es la historia de los criminales más violentos y eficaces de la historia de los Estados Unidos y de cómo consiguieron abandonar las aguas sicilianas para establecerse con éxito en América. Pero al mismo tiempo es la historia de una familia: la primera familia del crimen organizado en Nueva York, un extenso y unido clan de extorsionadores y asesinos que abandonaron su hogar en el legendario corazón de la Mafia, Corleone, para convertirse en los padrinos fundadores del nuevo mundo. Mucho antes de Los Soprano, de El Padrino, o de las cinco familias que han dominado el crimen organizado en Estados Unidos durante medio siglo, mucho antes que ellos, llegaron Giuseppe Morello, y su camarilla de sangrientos hermanos.

Una exhaustiva investigación nunca antes realizada sobre los orígenes de la mafia estadounidense, tantas veces retratada en cine y televisión. Por primera vez, un libro se nutre de archivos estadounidenses e italianos casi desconocidos, de documentos desclasificados de los servicios secretos, de los archivos policiales y judiciales neoyorkinos, y de entrevistas con los últimos supervivientes de la familia Morello-Terranova para contarnos el nacimiento de Little Italy y sus clanes mafiosos.

«Un libro excelente de un historiador británico cuya capacidad para la investigación parece ilimitada. Dash se ha sumergido en toneladas de material para emerger con una obra de historia popular -escrita con una prosa vívida y lúcida, una fuerte trama narrativa y riqueza de anécdotas, algunas de ellas sangrientas-, con lo que probablemente sea el trabajo definitivo sobre la materia en los años venideros.» Washington Post

 

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El misterio del barril  

La sala parecía una tumba. Era húmeda, de techo bajo, sin ventanas, y en aquella descarnada noche neoyorquina resultaba tan fría e inhóspita como la mirada de un policía.

     Fuera, en Prince Street, en el corazón de Little Italy, una fina llovizna caía en diagonal formando charcos entre los montones de basura en descomposición esparcidos a ambos lados de la calle y volviendo peligrosos y resbaladizos los adoquines. Dentro, bajo un cartel publicitario en el que se anunciaba cerveza rubia, una anodina taberna barata para obreros se extendía por las entrañas de un lóbrego edificio. A aquella hora tardía -eran más de las tres de la madrugada del 14 de abril de 1903-, la taberna estaba cerrada a cal y canto y en silencio. Pero entre las sombras, en un extremo del bar, había una puerta de madera sin pulir que estaba entornada. Y en la habitación que había tras aquella puerta, Benedetto Madonia estaba sentado ingiriendo la que sería su última cena.

     El lugar se anunciaba como un restaurante de espaguetis, pero en realidad no era más que una casa de comidas de lo más sencilla. Una vieja estufa achaparrada en una esquina, vomitando humo. Mohosas ristras de ajos colgadas de las paredes, cuyo olor se mezclaba con el de las verduras hirviendo. El resto de aditamentos consistían en varias mesas bajas y toscas, un puñado de sillas viejas y un fregadero de hierro oxidado que sobresalía de un rincón de la sala. Las lámparas de gas desprendían una luz de color mostaza, y sobre el desnudo entarimado se había esparcido serrín de cedro, el cual, al final de una ajetreada jornada, se había coagulado formando una espesa mezcla de esputo, pieles de cebolla y colillas de cigarros negros italianos.

     Madonia escarbaba hambriento en un estofado de alubias, remolacha y patatas, una saludable comida campesina de su provincia natal de Palermo. Era un hombre de complexión fuerte y estatura media, apuesto para los gustos de la época, con la frente despejada, ojos color castaño y una espesa mata de cabellos también castaños. Un gran bigote, cuidadosamente encerado para rematarlo en punta, contrarrestaba la prominente forma de su nariz romana. Vestía mejor que la mayoría de los trabajadores: llevaba traje, cuello alto, corbata y zapatos con buenas suelas; todo ello signo de cierta prosperidad. Sin embargo, la manera exacta como ganaba su dinero apenas resultaba evidente. Cuando se le preguntaba, Madonia decía que era cantero. Pero hasta el observador menos atento podía ver que aquel no era un hombre acostumbrado al trabajo manual. Su cuerpo, de cuarenta y tres años de edad, había empezado a encorvarse, y sus suaves manos -que exhibían una esmerada manicura- no mostraban rastro alguno de los callos propios de un artesano.

     Al cabo de un rato, el solitario comensal, ya saciado, empujó su cuenco a un lado y miró al otro extremo de la sala, donde un puñado de compañeros holgazaneaban apoyados en la pared. Como él hablaban en siciliano -un dialecto tan rico en términos derivados del español, el griego y el árabe que apenas resultaba inteligible incluso para otros italianos-, y también como él, las joyas y la ropa que llevaban no se correspondían en absoluto con sus supuestas profesiones: peón, granjero, planchador… Sin embargo, lo que sí resultaba evidente era que Madonia era un extraño allí. Por más que todos los del restaurante fueran inmigrantes, los demás se habían vuelto neoyorquinos, y ahora se sentían absolutamente como en su casa en las bulliciosas calles de la colonia italiana. Madonia, en cambio, acababa de llegar a Manhattan hacía solo una semana, y no conocía la ciudad. Encontraba desconcertante que necesitara una escolta para recorrer Little Italy.2 Y lo que era aún peor: se sentía cada vez más alarmado por el modo en que aquellos hombres a los que apenas conocía murmuraban en voz baja y hablaban entre sí de una forma tan críptica que él era incapaz de captar el significado de sus palabras. 

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