Ficha técnica

 Título: La piel de la frontera | Autor: Francesc Serés | Traducción: Nicole D’Amonville Alegría | Editorial: Acantilado | Colección: El Acantilado, 323 | Encuadernación: Rústica cosida | Formato: 13 x 21 cm | Páginas: 336 | ISBN: 978-84-16011-81-0 | Precio: 22 euros

 

La piel de la frontera

ACANTILADO

Los viejos caminos del Bajo Cinca y del Segrià se han perdido y han dado paso a nuevas sendas que continúan por Europa y África y llegan hasta Rumanía y Ucrania, hasta Mali, Senegal, Camerún, China y la India.

En los últimos cuarenta años los ríos han cambiado su cauce y se han recortado las sierras. Los árboles llegan de California y los hombres, de todas partes; y las direcciones y las distancias son tan diferentes que ya no sirven ni los mapas ni los relatos de antaño.

En La piel de la frontera cabe todo el mundo: de dentro y de fuera, hombres con la cabeza alta y hombres cabizbajos, hombres que llegan para quedarse y hombres que querrían quedarse pero no acaban de llegar nunca, y todos ellos cuentan cómo ha cambiado un mundo que no saben con certeza si sigue siendo suyo.

«Una oda y una elegía dividida en relatos caleidoscópicos sobre la intemperie física, social y privada. Un gran libro». Ernesto Ayala-Dip, El País

«Un libro de una gran ambición que hay que leer lentamente y en profundidad». Sam Abrams, El Mundo

 

LA PEQUEÑA HISTORIA E LAS HISTORIAS SIN HISTORIA (2005)

La casa sobresale por encima de las terrazas y él me espera sentado en una mecedora, en el porche de la fachada principal. Se ha puesto a solano, a resguardo del cierzo incómodo que sopla hoy. El coche levanta una nube de polvo que el viento se encarga de exagerar.

Cuando entro en el camino de la finca, se levanta para ir a atar a los perros. Ha tenido perros toda la vida, pero en los últimos años sólo le quedaba Quina, la perra vieja que le acompaña a todas partes. Vuelve a tener perros, hoy cuento cuatro. Se los lleva hasta el vallado de las casetas, no debe de querer que vuelva a quedarme dentro del coche. El otro día no me dejaron bajar. Cuando paso junto a la reja pienso que menos mal que es alta, los saltos intimidan. No paran de ladrar, mientras Quina, impasible, se restriega contra los tobillos de Juli, que tiene que ir con cuidado de no tropezar.

-Quina y yo, la misma facha-me dice.

La granja que hay junto a la casa vuelve a estar llena después de las vacas locas, ahora la lleva un chico del pueblo que se la ha alquilado. Hace cinco años que Juli está jubilado Yo ya lo tengo todo hecho, estoy en paz con todo y con todo el mundo, no , es una de las frases que repite para justificar que no trabaja. Que ya no trabaja lo dice cada vez que sale en la conversación algún tipo de trabajo, cualquier cosa que esté relacionada con el campo. Es el reflejo del undécimo mandamiento, desde Sudanell hasta Zaidín: nunca dejarás de trabajar. El primero y el tercero también se transforman: santificarás el trabajo y lo amarás por encima la piel de la frontera de todas las cosas. Juli los repite como si el trabajo hubiese sido la condición ineludible que debería haber legitimado , me dice mientras me señala los terneros dentro de la cerca, bajo el cobertizo de la granja, con la conciencia tranquila de la jubilación y los ojos bajos y resignados de Quina.

En el porche, una cafetera de aluminio enorme y ennegrecida por el uso.

-He hecho café.

-Ah…

En vez de café la cafetera hace infusiones, un café americano larguísimo que Juli bebe todo el día.

Es muy bueno, el mejor que se ha hecho nunca. Cada . ¿Quieres un poco de leche?

-¿A Quina también le das café?

-Pobre Quina, mírala… Ya ha hecho todo lo que teníaque hacer. Empiezan a caérsele los dientes, al borrico viejo, mucha carga y mal aparejo. 

 

 

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