Ficha técnica

Título: La novela de la memoria |     Autor: J. M. Caballero Bonald | Editorial: Seix Barral | Colección: Los tres Mundos. Memorias |           Género: Memorias | ISBN: 978843221277-2 |          Páginas: 928 | PVP: 25,00 €

La novela de la memoria

EDITORIAL SEIX BARRAL

Esta edición reúne las memorias completas de José Manuel Caballero Bonald, previamente publicadas en Tiempo de guerras perdidas, volumen que comprende desde su nacimiento en 1926 hasta su llegada definitiva a Madrid, y La costumbre de vivir, que se inicia en 1954 con el nacimiento del rock y termina en 1975, año en que muere Franco.

El talento de narrador y el de poeta de este escritor inconmensurable se conjugan en estas páginas para relatar desde las anécdotas más personales hasta los acontecimientos que marcaron su época: los juegos de infancia en las azoteas jerezanas, los primeros amores y las lecturas que marcaron su vida, la guerra civil o los oscuros años de la dictadura. A ritmo de novela, Caballero Bonald revela los entresijos del mundo de las letras y la cultura de un periodo clave del siglo xx, y ofrece un lúcido y honesto retrato de sus protagonistas políticos y culturales.

«Las memorias vienen a ser la contrapartida de una crónica: son la fabulación de un mundo posible, basado en una serie de búsquedas selectivas -poéticas-, alentadas por la imaginación. La primera persona se fusiona de este modo con otras terceras personas para que, juntas, cuenten esa parte de la historia que los historiadores no cuentan», José Manuel Caballero Bonald. 

 

I

TIEMPO DE GUERRAS PERDIDAS

       1. SERIAS DIFICULTADES PARA MIRAR DE LEJOS

     Las fronteras de la infancia suelen coincidir con las del verano. Yo, al menos, nunca he logrado situarlas de otra manera en el territorio general de la memoria, como si lo más notable que me hubiese ocurrido cuando era niño permaneciera enmarcado en un campo estival o en una playa radiante de la Andalucía atlántica o en los tórridos atajos callejeros de Jeréz. Las otras imágenes infantiles, por muy copiosas que sean, perseveran en la evocación dentro de un relieve mucho más desvaído y una tonalidad mucho menos acusada, con lo que han terminado por adquirir cierta condición de subalternas. Incluso teniendo instintivamente a desplazarlas de ese núcleo de sensaciones imborrables que determinan la densidad del recuerdo. Supongo que esa hipótesis tampoco es ajena a la ambigüedad selectiva con que se coteja el pasado, y no me parece mal que sea así, sobre todo porque lo único que pretendo es compulsar la verosimilitud de ciertas memorias que han sobrevivido a su natural decrepitud. A lo mejor no se trata más que de una simple coartada de la imaginación, fijada ahora gratuitamente en el desorden retrospectivo de los veranos.

     En la casa de la jerezana calle Caballeros donde nací -o donde me llevaron de recién nacido- había una escalera que conducía directamente a una ciudad solar. Esta calle -que en alguna remota fantasía supuse asociada a mi apellido- enlaza la plaza del Arenal con la de la Cruz Vieja y es la vía ordinaria para transitar entre el centro urbano y el barrio de San Miguel. La escalera de que hablo subía hasta la azotea y desde allí se dominaba un deslumbrante paisaje de techumbres, plataformas y torretas asomadas a esa zona de Jerez que constituye el eje ideográfico de mi primera memoria. Si se admite que el lugar donde se descubre el mundo es ya para siempre el compendio simbólico del mundo, ese escenario sigue proporcionándome las testarudas secuencias de una profusa genealogía cultural. Siempre era allí verano y todo aparecía invadido por una luz cegadora, con el sol rebotando contra los paredones como un fogonazo contra unas sábanas. Apenas había tejados, sólo azoteas comunicadas entre sí por pretiles a distinta altura, los mismos que yo saltaba subrepticiamente para recorrer en misiones exploratorias aquella otra ciudad luminosa  y excitante, alzada sobre el prestigio arquitectónico de un Jerez todavía magnificado entre iglesias góticas, palacios barrocos y airosas casas populares. Ése fue el reino primario donde aún están almacenadas muchas de las provisiones infantiles de mi experiencia. Me imagino que se trata de una idea divagatoria, con escaso rigor deductivo, pero tampoco tengo por qué desdeñarla.

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