Ficha técnica

Título: La noche, las luces | Autor: Clemens MeyerTraducción: Ernesto Calabuig |  Editorial: Menoscuarto Ediciones | Colección: Reloj de Arena, 49 | Género: Relatos | ISBN: 978-84-96675-45-2 | Páginas: 288 | Formato:  14 x 21 cm. | PVP: 18,00 € | Publicación: Abril de 2011 | PREMIO FERIA DEL LIBRO DE LEIPZIG

La noche, las luces

MENOS CUARTO

Magistral y cautivadora, sabia y compasiva, poderosa y conmovedora… Éstos son los adjetivos que la prensa alemana ha dedicado a la escritura de Clemens Meyer, uno de los autores más valiosos de la joven literatura germana. Buena prueba de su solidez narrativa es esta colección de quince relatos La noche, las luces-, distinguida con el Premio de la Feria del Libro de Leipzig en 2008. La profesora Ina Hartwig, miembro del jurado, destacó su elegancia lingüística y dijo que «es un libro que retrata las esperanzas humanas pintadas en un fondo de radical imposibilidad de cumplirse».

 

La pequeña muerte  

     «Que te vaya bien», dice ella y coge su bolso de encima de la cama. Hago un gesto de asentimiento y ella se marcha.

     La oigo en el vestíbulo del apartamento, allí no tengo ninguna luz, y le lleva unos instantes encontrar la puerta. Me vuelvo hacia la pared, pero ella cierra la puerta de la vivienda con mucho cuidado. Su partida, la despedida, la mano que en vano se desliza por el hombro y el brazo, el quedarse tumbado. Y los sueños. La pequeña muerte. No, la muerte viene después, cuando te quedas solo y no viene nadie más.

     Escucho pasar un tren urbano sobre el puente. Giro la cabeza y veo las luces de los vagones de dos pisos a través de la persiana. El tren va despacio y lo oigo todavía un ratito una vez que las luces han desaparecido hace tiempo. Trasteo detrás de mí, revolviendo encima de la mesa, buscando el cigarrillo que dejo allí cada vez. Ya hace algún tiempo que dejé de fumar, pero se trata, en cada ocasión, de ese único cigarrillo. Siempre subo antes a ver al desdentado que vive arriba del todo, un tipo delgado como un fideo que comparte piso con una gorda.

     «El cigarrillo», masculla él y ríe con gesto burlón. Siempre me llama «Christian», aunque yo no me llamo así, y miro la última colilla marrón que asoma en su boca. Aguardo siempre junto a la puerta, él se da la vuelta y camina por el pasillo hasta el dormitorio. Desde allí le oigo trajinar y luego la gorda mira desde la puerta de la alcoba. Ella lleva una especie de camisón y sus pechos le caen sobre la tripa. Sonríe y tengo miedo de que salga del todo de la habitación. Pero el desdentado grita cualquier cosa y la hace desaparecer. El cuchitril huele bastante a aguardiente y, cuando el desdentado se presenta de nuevo ante mí sujetando el pitillo entre sus manos flacas, apesta también como quien no para de tragar alcohol. Apenas le entiendo cuando dice algo. Y esto no es sólo porque casi todos sus dientes hayan desaparecido. Algunas veces me imagino que la gorda le da mascada la comida.

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