Ficha técnica

Título: La musa oscura | Autor: Armin Öhri | Traducción: Paula Aguiriano Aizpurua  | Editorial: Impedimenta  | Formato: 13 x 20 cm. |  Presentación: Rústica | Fecha: 2016 | Páginas: 288 | ISBN: 978-84-16542-37-6 | Precio: 21,95 euros  |  Premio European Union Prize for Literature 2014

La musa oscura

IMPEDIMENTA

Una magistral kriminalroman por la que su autor se hizo merecedor del European Union Prize for Literature, primera entrega de la que está destinada a convertirse en una de las sagas policíacas de nuestra época.

En el Berlín de 1865 una mujer es asesinada de manera brutal. Julius Bentheim, un joven estudiante de Derecho que, gracias a su talento como dibujante, gana algo de dinero realizando bocetos de escenas de crímenes, colabora con la investigación. Todos los indicios apuntan a la culpabilidad del excéntrico profesor de filosofía Botho Goltz, empezando por su propia confesión de los hechos. Sin embargo, cuando el presunto asesino es finalmente llevado ante la justicia, hará gala de una astucia tan maquiavélica -no hay arma homicida, no hay móvil y la policía incluso ha hecho desaparecer sin saberlo algunas de las pruebas- que acabaremos preguntándonos si Goltz pagará por su sórdido crimen o si conseguirá justificar ante todos su inocencia. Es esta una soberbia novela de detectives en la que escuchamos ecos del mejor Balzac, de Dickens, de Zola, y que crea una suerte de espejo en el que se refleja lo más oscuro del Berlín decimonónico y de la condición humana. 

«Armin Öhri podría ser el gran descubrimiento de la literatura detectivesca de este siglo. » Neues Deutschland 

 

CAPÍTULO UNO

     El día de su asesinato empezó para Lene Kulm de la forma habitual. Aquel 12 de julio de 1865 durmió hasta las once y después se encaminó hacia el matadero, donde hasta bien entrada la tarde se encargaba de recoger los huesos y los tendones inservibles de los cerdos y las vacas sacrificados y los tiraba a enormes cubas de hierro. El trabajo era desagradable y estaba mal pagado, pero nadie le disputaba el puesto y necesitaba el dinero para pagar el alquiler. Lene era joven, no hacía mucho que había cumplido los veinte años. Su físico no estaba tan estropeado como cabría esperar por su modo de vida, y gracias a su rostro ovalado y a sus ojos verdes oscuros casi se la podía considerar guapa.

     Recogió mecánicamente los restos que los matarifes habían dejado tirados y limpió la rejilla metálica del suelo con agua. Alrededor de los desagües se formaron charcos rojos. Algunos de sus compañeros le dirigieron un par de palabras, pero Lene se limitó a asentir, ausente. La sangre animal que se escurría por la alcantarilla hizo que le vinieran a la cabeza las peleas de las dos últimas noches. Como siempre que tenía la regla, su novio la insultaba, le pegaba y la humillaba. Pensó con tristeza en la noche que le esperaba: una vez se pusiera el sol intentaría conseguir un par de clientes.

    Era natural que durante la menstruación su segunda fuente de ingresos mermara. Sin embargo, siempre encontraba clientes poco escrupulosos. Ese día tomó una cena fría en un tugurio atestado de humo. Después de pagar, buscó el retrete para refrescarse. La antesala era estrecha y ni siquiera había un espejo sobre el lavabo. Lene se llevó la mano al bolsillo izquierdo de la falda y sacó un espejito, una borla y una polvera barata. Se maquilló profusamente y se abrió los botones superiores de la blusa. Con movimientos torpes, tironeó de su camisa interior hasta que el canalillo entre sus pechos fue claramente visible. También movió los hombros, primero hacia la derecha y después hacia la izquierda, y se aseguró de que se le vieran las aureolas pero que los propios pezones solo se intuyeran.

     Se inclinó hacia delante para convencerse de que la zona del vientre seguiría cubierta en caso de que la camisa interior se le moviera. Nadie debía ver los hematomas, que no harían más que ahuyentar a los clientes. Gregor, su novio, normalmente le pegaba de manera que las marcas no se notaran. El carácter ingenuo e insustancial de ella le hacía amarlo incluso por esa deferencia.

      Lene Kulm se miró en el espejo. Asintió de forma imperceptible al considerar que su aspecto cumpliría su objetivo aquella noche.

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