Ficha técnica

Título: La mujer en el umbral | Autor: Mauricio Bonnett | Editorial: Alfaguara Colombia | Páginas: 328 | Fecha publicación: 20/03/2006 | ISBN: 9587043952

La mujer en el umbral

EDITORIAL ALFAGUARA 

Rosa Tulia, una empleada del servicio como tantas otras, llega del campo a trabajar en la casa de una familia bogotana el 22 de agosto de 1968. Su aparición coincide con la primera visita que hiciera un Papa a América Latina, convirtiéndose para Diego, el hijo mayor y narrador principal de la novela, en una entidad tan sublime y misteriosa como lo fuera el mismo Pablo VI para el pueblo colombiano. 

 

Extracto del libro:

Rosa Tulia apareció en nuestras vidas el mismo día en que Pablo VI llegó a Bogotá. Lo recuerdo porque Sebastián, mi hermano menor, que tenía siete años y ya era un neurótico perdido, había decidido simular el viaje papal con meticuloso detalle. Por aquel entonces las cajas de cereal Kellogg’s traían un pequeño avión de plástico, y Sebastián había formado poco a poco una buena flotilla. Después de someter los diferentes modelos a un escrupuloso análisis, escogió el que más se asemejaba al avión papal y, con rigor casi autista, se dedicó a limpiarlo y pulirlo hasta que lo creyó digno de transportar a Su Santidad. Este proceso le tomó varios días. Cada mañana, al levantarse, visitaba el avión en el cajón del armario donde lo había guardado cubierto con una bayetilla y, tomándolo delicadamente de las puntas de las alas para no mancillarlo con sus dedos regordetes, lo examinaba en busca de impías partículas de polvo. El fulgor casi metálico que había adquirido el plástico parecía arrobarlo: en su mente la higiene y la santidad se habían hecho indisolubles, y esa neurótica alquimia le producía un intenso placer. ¡Ay, qué daño nos hicieron los curas del colegio! Cuando llegó el gran día, Sebastián se lavó las manos a conciencia sin que mi madre tuviera que decirle nada, y exactamente a la misma hora que el Papa salía de Roma, su avión, centelleante y purificado, despegaba de la mesa del comedor. Nada le importó que yo, irritado por el zumbido que producía al remedar el sonido de las turbinas, le advirtiera que el vuelo tomaría por lo menos quince horas. Todo lo contrario, lo épico de la tarea pareció atizar su furor místico y fortalecer su espíritu de sacrificio. El caso es que ese día Sebastián se la pasó recorriendo cada uno de los rincones de la casa con el avión de plástico en la mano. Y así fue como vi a Rosa Tulia por primera vez, parada en el vestíbulo como un planeta luminoso alrededor del cual orbitaba el loco de mi hermano. Nada en su rostro dulce o en sus maneras diáfanas dejaba entrever que la perseguía la tragedia.

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Rosa Tulia. Un nombre campesino, un nombre de sirvienta, como dirían las nefastas amigas de mi madre. Pero para mí era un nombre botánico, un nombre aromático, un nombre romano. La rosa tulia. Una flor de propiedades medicinales y sedantes. Una rosa narcótica. Sí. Rosa Tulia era una flor mítica de las Galias. Así la veo ahora, a través de la niebla de la memoria. Pero en el primer instante, parada en el recibidor, sonriendo levemente mientras Sebastián giraba a su alrededor, Rosa Tulia era una oportunidad. Mi madre, desesperada por conseguir ayuda doméstica, había roto uno de sus votos más sagrados: el de castidad. Pero no la castidad suya, sino la mía. Desde que tuve memoria las criadas que habían trabajado en la casa habían sido feas y, preferiblemente, viejas. Ahora había llegado Rosa Tulia. Ese acto desesperado era una invitación al pecado y un riesgo a mi virginidad. Y mi madre lo sabía. Para mí, como para tantos adolescentes de nuestra mezquina clase media, el servicio doméstico era la única ventana por la que se podía vislumbrar la luna negra del sexo. Las criadas llegaban a nuestras vidas desprovistas de pasado o de futuro, de lazos sanguíneos o de historia; existían en un perpetuo presente doméstico. El uniforme, blanco o azul, oloroso a leche y a mujer, sólo ayudaba a despersonalizarlas, a neutralizarlas, a desdibujarlas. Apenas los domingos, cuando se lo quitaban para salir de paseo, nos dábamos cuenta de que ellas también pertenecían al mundo: que tenían ropas de colores y zapatos de charol, y amigos y tías y hermanos y novios. Pero al poco rato se nos olvidaba. En una sociedad clasista y obtusa, las criadas eran tan sólo una parte más del mobiliario, y las amas de casa las comparaban como quien coteja neveras o aspiradoras. Para ellas la humanidad de las criadas era un mal necesario, un defecto en los engranajes de la máquina. Pero ahora, con casa nueva, mi madre no podía ponerse con remilgos. Necesitaba alguien joven, fuerte y sin ambiciones. Nada de cursos de costura ni clases de alfabetización. Por lo menos por el momento. Y Rosa Tulia era perfecta. No tenía anhelos de ningún tipo. Sólo quería un techo, y para conseguirlo estaba dispuesta a cualquier cosa. Además, no le gustaba salir los domingos.

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No sólo la casa era nueva. También lo era el barrio: Santa Bárbara Nueva. Novísima. Recién inventada. Las casas, bajas y grandes, se levantaban entre lotes vacíos donde pacían unas vacas melancólicas sin dueño visible. En las mañanas, cuando salíamos a tomar el bus del colegio, nos encontrábamos las tibias estelas de boñiga que habían dejado a su paso por las calles desiertas. Santa Bárbara era a un tiempo moderna y primitiva, próspera y tugurial. Más que un barrio, parecía un bosquejo: el borrador incompleto de una utopía burguesa. Las casas níveas y desodorizadas de los colonos pudientes alternaban con las chozas improvisadas de los celadores, y no era raro que, para disgusto de los adultos, los hijos de ambos bandos terminaran formando frágiles alianzas, particularmente durante las vacaciones del colegio. Sebastián, por supuesto, llevó los principios de convivencia de clase al extremo y se enamoró perdidamente -tan perdidamente como se puede enamorar un niño de su edad, por excéntrico que sea- de la hija del celador que cuidaba nuestra manzana. Era una niña preciosa, de piel oscura y ojos de gato, cuyo verdadero nombre ya no recuerdo; pero Sebastián, con su lógica inapelable y su incipiente dislexia, la bautizó con un nombre que resumía todos sus atributos visibles: Cocholatina. Un efecto secundario de los lotes y potreros vacíos era que en las casas pululaban unas brillantes moscas del tamaño de cucarrones. Mi madre, enloquecida por la invasión, le delegó a Sebastián la campaña contra los horribles bichos. Armado de un frasco de insecticida y de un matamoscas, el pequeño monstruo pudo dar rienda suelta a sus instintos homicidas, que eran enormes. Cambió el matamoscas por un periódico enrollado que poco a poco se fue cubriendo de una sangre roja y viva que parecía de animal grande. Pero lo más alarmante era observarlo mientras degustaba la lenta y ruidosa muerte de las moscas que habían recibido la vaporosa caricia del insecticida. Un día lo encontré torturando a un moscardón que había capturado vivo: lo había ensartado con un alfiler y observaba fascinado sus infructuosos esfuerzos de levantar el vuelo. Mi madre, espantada, no tuvo más remedio que decomisarle el insecticida y el matamoscas. En un principio Sebastián se resistió a someter sus armas, enfurecido de no poder continuar sus tareas homicidas. Pero el anuncio del viaje del Papa, con su promesa de ritual y pompa, pronto le hizo olvidarse de su voluntad guerrera.

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Mi madre guió a Rosa Tulia a través de la cocina y del patio de ropas hasta el cuarto de servicio -una mazmorra oscura y asfixiante, como todos los cuartos del servicio, que parecía pertenecer a otra casa-. Estaba amoblado con un catre más bien endeble, una diminuta mesa de noche coronada por una lámpara vacilante, un ropero incrustado en la pared y un baño de muñecas que demostraba que el arquitecto no había leído jamás en su vida un manual de ergonomía. Cagar allí era como cagar en un ataúd. Pero a Rosa Tulia pareció gustarle. Dejó su maltrecha tula en el suelo y se sentó satisfecha sobre la cama que mi madre había tendido esa mañana como un gesto de bienvenida. Diez minutos más tarde ya estaba trabajando. Su primera tarea fue ir al patio trasero a rescatar a Sebastián, que en su furor místico, se había empecinado en volar el avión papal en medio de un aguacero torrencial. Siguiendo las instrucciones de mi madre, Rosa Tulia le quitó las ropas empapadas y lo llevó al baño para que se diera una ducha caliente. Pero lo que mi madre omitió decirle era que Sebastián despreciaba de un modo agresivo la higiene personal. Así como podía brillar durante días su avión pontificio, también era capaz de pasar una semana sin tocar el agua. Y a veces la pasaba, porque mi madre, cansada de que cada intento de baño se convirtiera en una batalla campal, muchas veces lo dejaba ir al colegio sin ducharse. Si por Sebastián hubiera sido, su piel sería ahora una coraza calcárea. Quitarle la ropa fue relativamente fácil, a pesar de que Sebastián se había obstinado en no soltar el avión durante la operación porque, según su laberíntica lógica animista, hacerlo podía ocasionar una catástrofe con la verdadera nave papal. Pero cuando el loco se dio cuenta de que la intención de la muchacha era meterlo a la ducha, su protesta no se hizo esperar. Yo estaba sentado en el estudio tratando de escuchar algo de música cuando empezaron los alaridos. Sebastián, a través de los años, había codificado sus reacciones ante los terrores del baño. El primer paso era un forcejeo casi silencioso en el que su cuerpo se volvía escurridizo, gelatinoso, casi invertebrado, como si estuviera embadurnado de pies a cabeza con sebo de ganso. Cuando se agotaba de tanta contorsión, cambiaba de táctica. Se adhería como una rémora a una de las paredes del baño y lanzaba unos chillidos cuyo significado sólo era comprensible para aquellos iniciados en los misterios de su aseo: «Ente… ente… ía… ía… Ente… ía». Estas silábicas entonaciones hacían referencia a lo inadecuado de la temperatura y eran emitidas en un rítmico y preciso staccatto, a niveles ultrasónicos que espantaban a los perros vecinos y generaban un coro de aullidos que daban a la escena un toque siniestro. Su intención era irritar de tal manera al contrincante, que éste prefiriera abandonar su empeño. Mi única contribución al ritual era sugerir en voz alta que lo mataran; un remedio que, dada las circunstancias, me parecía no sólo apropiado, sino justo y estéticamente satisfactorio.

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Tal vez éste sea un momento oportuno para ahondar un poco en el carácter peculiar de Sebastián. Cuando me propuse escribir esta crónica, su personalidad se me convirtió -injustamente- en un problema. Siempre he detestado los «niños prodigio» que proliferan en películas y libros, esas criaturas inverosímiles poseedoras de un ingenio epigramático digno de Oscar Wilde. Tenía miedo de que Sebastián apareciera así: falso, prefabricado, literario, porque a pesar de su comportamiento extravagante, Sebastián no era una caricatura. Pero me di cuenta de que si quería ser fiel a los hechos, tenía que describir a Sebastián tal y como era. Al fin de cuentas su naturaleza a la vez obsesiva y carismática fue quizá la que desencadenó, de una manera que ni él ni yo pudimos entender en aquel entonces, el capítulo final de la tragedia. Sebastián era un niño solitario, como también lo había sido yo. Pero su soledad era la de un ermitaño, forjada a pulso y con convicción. Sebastián, tal vez de manera inconsciente, se había propuesto ahuyentar cualquier amigo potencial, y en especial a los insípidos primos que mi madre trataba de forzar en nuestras vidas a toda costa. Había en él un saludable y precoz escepticismo con respecto a la naturaleza humana. Pero no era fácil ser solitario. Un año antes de que nos mudáramos a la nueva casa, Sebastián había estado tratando de convencer a mis padres, sin éxito, de que le compraran un perro. Mi madre a duras penas daba abasto tratando de controlar nuestro desorden, y la llegada de un perro cagón e inquieto era la último que necesitaba. Cuando Sebastián se dio cuenta de que el animal nunca iba a llegar, decidió fabricar uno de Estralandia, una versión subdesarrollada y algo rudimentaria del Lego. Sebastián desplegó en la construcción del perro la misma energía que habría de concentrar después en la limpieza del avión de Pablo VI. El Estralandia, al menos en aquel entonces, sólo venía en blanco y rojo, y sus piezas, por definición, ignoraban las formas orgánicas: era un juego diseñado para crear arquitectos, no para remediar carencias afectivas. Por consiguiente, había que tener un gran poder de abstracción para ver en el artefacto creado por Sebastián el más mínimo parecido a un espécimen canino. Pero para él, el perro era real; tal vez no muy ágil, pero definitivamente real. El problema era que para los demás era un estorbo. Siempre estaba en el camino, ya fuera en el comedor, en la sala o en la cocina. Hasta que un día mi madre, habiéndose tropezado con él una vez más de lo que consideraba tolerable, lo tiró lejos… con mortales consecuencias. El can fue decapitado de manera instantánea y el resto de su anatomía quedó regada por el suelo como piezas de un fúnebre caleidoscopio. Ésa fue una de las pocas veces en que me enfrenté a uno de mis padres. En ese acto de súbita irritación creí percibir una injusticia profunda y, sobre todo, indigna de una madre. Al verme tan conmocionado, el dolor de Sebastián, hasta ese momento suspendido en un nudo de silencio, estalló como el tabique de una represa. Corrió hacia la ruina con desgarrados y sin duda genuinos bramidos de plañidera, y se recostó sobre la amputada cabeza hasta quedarse dormido. Para Sebastián, el perro estaba muerto. Nunca quiso que lo rehiciéramos. Reconstruirlo habría sido admitir el simulacro, aceptar que el perro era un artificio. Prefirió abandonar para siempre la idea de tener una mascota. Visto con la perspectiva que dan los años, es obvio que el comportamiento de Sebastián tenía un componente psicótico. No todos los niños pueden decir que han descubierto la muerte y el duelo al habérseles roto un juguete. Pero yo lo encuentro fascinante. Había ya algo de artista en Sebastián, algo que le permitía percibir una grieta en la fábrica del mundo a través de la cual la realidad aparecía ordenada y luminosa. Pero esa hendija también nos dejaba ver a nosotros, desde el otro lado, unos síntomas inquietantes. Recuerdo que cuando Sebastián tenía cuatro o cinco años a veces decía oír voces en su cabeza. Quizá fuera una de las múltiples fiebres que lo atormentaron en la infancia, pero los murmullos se volvieron tan frecuentes que mi madre terminó dándoles nombre propio. Cada vez que Sebastián aludía a sus alucinaciones sonoras, ella decía con un tono terminante: «Es el tun-tun. En un rato se le pasa». Tan convincentes eran sus palabras, que con el tiempo las voces desaparecieron. Mi madre había encontrado el remedio casero para curar la esquizofrenia.

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Pero dejamos a Rosa Tulia abandonada en el baño a merced de Sebastián. Mi madre tuvo que ir a rescatarla y la encontró paralizada al lado de la tina observando con asombro como Sebastián, sin soltar en ningún momento el avión, aullaba como un perro hidrófobo. Rosa Tulia no tenía las armas con las cuales enfrentar semejante asalto sonoro. Mi madre la despertó de su hechizo y entre las dos lograron meterlo bajo la ducha, pero con tan mala fortuna que en medio de la refriega Rosa Tulia confundió una botella de aceite Johnson’s con la del champú y la vació sin vacilar sobre el cabello de Sebastián. Una semana de enjuagues fue necesaria para erradicar la grasa. El primer día Sebastián parecía una diminuta versión de Carlos Gardel, pero a medida que el aceite desaparecía, la situación, lejos de mejorar, se iba deteriorando: el oleaginoso brillo inicial dio paso a una opacidad mugrienta y lúgubre que atraía el polvo y los insectos. Las fundas tenían que cambiarse todos los días y la almohada misma, como el paño de la Verónica, quedó marcada para siempre con la silueta de Sebastián. La hidrofobia de mi hermano no hacía fácil la extracción de la grasa, y mi madre me reclutó para que les ayudara en los diarios combates de aseo. En un comienzo lo hice a regañadientes, pero cuando empecé a notar que Rosa Tulia se mojaba tanto como Sebastián, mi contribución se hizo devota y voluntaria. El forcejeo me permitía dar discretas miradas a su escote y, aunque el uniforme se interponía entre ella y mi deseo, la simple intuición de un seno me producía un delicioso vértigo. Hoy en día lo que más me llama la atención de esas odiseas acuáticas es la serenidad con la que Rosa Tulia las enfrentaba. No era raro verla sonriendo como si el vil espectáculo presentado por Sebastián la llenara de una secreta ternura. Y ternura es lo que sentía. Una ternura dúctil y embriagante que ayudó poco a poco a domesticar al monstruo y con la que finalmente logró enamorarlo del agua. Rosa Tulia le aseguró a mi madre que si la dejaba bañarse con Sebastián, le curaría su fobia. Y cómo no iba a ser así. En sus manos, yo me habría entregado al agua como quien se entrega al sueño y no habría vacilado, si me lo hubiera pedido, en ahogarme por ella. Mi madre era una mujer buena y justa, pero cargaba sobre sus hombros, como tanta gente de su generación, los más arraigados prejuicios de clase. Sin embargo, en aras de la paz de espíritu, decidió abandonar todos los preceptos ancestrales y darle a Rosa Tulia una oportunidad. Eso sí, la enfundó en el vestido de baño más pudibundo que encontró, no fuera a ser que su niño, enfrentado con esta aparición semidesnuda, descubriera demasiado pronto los acezantes misterios de la carne. Yo ya los había descubierto. Hacía mucho tiempo. Pero los redescubrí con los baños de Sebastián y Rosa Tulia. Mi madre había establecido a su alrededor un estricto ritual de pudor. Rosa Tulia entraba al baño con el vestido de baño oculto bajo su uniforme virginal y salía con él en la mano, húmedo y flácido, como un amante exhausto. Durante el baño, mi madre patrullaba el área pretendiendo indiferencia, pero en realidad alerta como un murciélago a mis más leves movimientos. De vez en cuando me llegaba una que otra palabra truncada, o el destello de una risa, y no tenía más remedio que meterme a otro baño y dedicarme a ese vicio que, según el padre Nicéforo y sus manuales de medicina victoriana, podía robarme la vista. Pero no me importaba. La imagen de Rosa Tulia, húmeda y desnuda, quedaría marcada para siempre en mi retina muerta. Y con eso me bastaba para vivir feliz mi larga vida de ciego.

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La relación de un hombre con su falo es, al menos durante la adolescencia, una relación de pareja. Es tormentosa, sedienta, incansable, fatal. Empieza con la sorpresa del descubrimiento, pero soslaya las múltiples zozobras de la conquista: el pene es en esencia una criatura promiscua y lujuriosa a la cual no hay que seducir. Y, además, su primer amor es siempre su propio dueño. Como con una amante nueva, la relación es apasionada. El uno no puede vivir sin el otro, y mientras esta pasión dura, el deseo es insaciable y vertiginoso: obnubila la mente, confunde los sentidos, roba el apetito e impide la concentración. Y como con una pareja nueva, el deseo de descubrir todas las posibilidades del placer se vuelve una obsesión: porque el onanismo, a pesar de su mala prensa, es multiforme y vario. «Hold infinity in the palm of your hand / and eternity in an hour», como dijo sin quererlo William Blake. Un púber dotado de imaginación puede vivir solo mucho tiempo. Yo tenía quince años y una imaginación prodigiosa. No había en la casa una rendija, oquedad o superficie que no hubiera violado, ni materia vegetal o animal que no me hubiese prestado su oscura hospitalidad. Cualquier estímulo externo, por inocente que pareciera, podía desencadenar incontrolables olas de lujuria. De alguna manera todos mis sentidos se habían sexualizado. Y nada puso en evidencia de manera más clara esa singular sinergia que mi encuentro con una enciclopedia de arte que llegó por aquel entonces a la casa. Las pinturas parecían afectarme de manera exclusivamente genital. Y no sólo los desnudos: también los paisajes, las alegorías religiosas, las naturalezas muertas. El estímulo estético, por alguna oscura alquimia, se había transustanciado en pura energía venérea. Claro que las pinturas eróticas, con su iconografía explícita, eran la mayor fuente de fascinación. Además, al contrario de las revistas pornográficas o de los catálogos de ropa interior, tenían la ventaja de que su poder erótico era «legal»: yo me podía sentar tranquilamente en la sala a mirar las reproducciones de grandes pinturas sin que mi madre se inmutara. Todo lo contrario: mi aparente curiosidad y amor por el arte de los grandes maestros la llenaba de un secreto orgullo. Y fue así como la Venus glacial de Botticelli, las flotantes diosas de Tintoretto, la Afrodita masturbante de Tiziano, las sinuosas odaliscas de Ingres y hasta las celulíticas Sabinas de Rubens se convirtieron en mis amantes secretas. Podía contemplar por largas horas el pezón que asomaba entre los dedos de Cupido cuando besaba con toda su lengua a la pálida Venus de Bronzino; y el descubrimiento de las dactilares mujeres de Klimt y Schiele me hizo pensar que quedaría ciego antes de llegar a los veinte. Mi amor por la pintura erótica cumplió también una función didáctica. El origen del mundo de Courbet me ofreció las mejores clases de anatomía que tuve en mi vida, y las múltiples versiones de Leda y el Cisne me revelaron la popularidad histórica de la zoofilia. Mis hormonas me llevaron incluso a oponerme al consenso crítico que condenaba a las ninfas depiladas y acuáticas de la pintura académica francesa del siglo XIX y exaltaba a las gorditas de algodón de Renoir. Sin embargo, fue una pintura anónima la que me reveló como ninguna otra los laberínticos misterios de la lascivia masculina: Gabrielle d’Estrées con una de sus hermanas. Dos róseas mujeres de facciones casi idénticas, suspendidas como cariátides en el proscenio artificial del baño, nos miran con solemnidad ritual. Una de ellas oprime el pezón de su hermana con un gesto delicado en el que se mezcla la delicia táctil con la exactitud mecánica. La otra, con un ademán similar, sostiene un anillo de compromiso, mientras al fondo, al lado de un hogar coronado por una pintura también erótica, una tercera mujer vestida de escarlata cose un manto blanco. Aun hoy en día me queda difícil determinar con exactitud por qué esta pintura, la menos realista de todas, me dejaba sin resuello. Su significado alegórico, por supuesto, me tenía sin cuidado. Lo que me atraía era algo más primitivo y atávico: la perversa habilidad del artista para fundir una blanda sensualidad con el hielo de la inteligencia. Lo anecdótico se unía con lo esotérico; lo racional con lo carnal; las efigies marmóreas con la tersas sombras de la piel; lo inhumano con lo sicalíptico. En ese espacio a la vez teatral e íntimo se representaba un juego dulcemente perverso. Una invitación a disfrutar de placeres arcanos. Un juego en el que la inteligencia, el ritual y el deseo se fundían, y en el que el espectador participaba activamente como voyeur autorizado. Fue mientras miraba esa pintura enigmática cuando supe que la relación de pareja con mi pene estaba exhausta. Era hora de que ambos buscáramos un común objeto de deseo. Yo quería participar del juego al que me invitaba Gabrielle d’Estrées desde su bañera perdida en el tiempo y cuyas reglas desconocidas parecían ofrecer la felicidad. Quizá Rosa Tulia podía hacerme acceder a él. Quizá Rosa Tulia me dejara asir su delicado pezón entre los dedos, como quien sostiene una convulsa mariposa.

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