Ficha técnica

Título: La muerte de la bien amada |Autor: Marc Bernard |Traducción: Regina López Muñoz | Editorial: errata naturae | Colección: El Pasaje de los Panoramas |Páginas: 144 |ISBN: 978-84-15217-76-3 |  Precio: 14,50 euros

La muerte de la bien amada

ERRATA NATURAE

«Dos veces, y por mi culpa, estuve cerca de perderla. La conocí en el Louvre, ante la Venus de Milo, una mañana del otoño de 1938. Al mismo tiempo que ella rondaba la escultura, yo la rondaba a ella».

Hay que decirlo desde el primer momento: este libro es excepcional. Fue escrito en estado de gracia y desgracia a la vez. Desde el momento en que supieron que Else, la mujer del autor y narrador, iba a morir pronto, comenzó de verdad, para ella y para su marido, un nuevo y extraño periodo de felicidad. Fue la cima de su amor, el momento en el que se amaron mejor y en el que revivieron todo lo que su encuentro les había aportado a lo largo de la vida.

Gracias a esta narración -que obtuvo un gran éxito de crítica y público en Francia- descubrimos, además, la excepcional personalidad de Else Bernard. Siendo una joven judía, tuvo que huir de su país, Austria, para escapar del Holocausto, y se instaló en París durante algún tiempo. Tenía previsto partir hacia América, pero un día se encontró en el Museo del Louvre con aquel a quien no abandonaría ya. Comenzó así la historia, hoy mítica, que albergan estas páginas de Marc Bernard: su calidad humana y su eco son consecuencia de la gravedad de la temática, pero también, y sobre todo, del tono -a la vez apasionado y reflexivo, sugerente y preciso- con el que evoca la figura de su memorable esposa.

PÁGINAS DEL LIBRO

Dos veces, y por mi culpa, estuve cerca de perderla. La conocí en el Louvre, ante la Venus de Milo, una mañana del otoño de 1938. Al mismo tiempo que ella rondaba la escultura, yo la rondaba a ella. Me percaté de inmediato de que era extranjera; todo la delataba: el sombrero de terciopelo violeta, la estrecha cintura bien ceñida por el abrigo mientras que las caderas se desplegaban con voluptuosidad, y una suerte de prodigalidad en toda ella. Más adelante comprendí que no era forastera únicamente en apariencia.

     Nos mirábamos sin dejar de dar vueltas. Nunca antes había abordado a una desconocida divisada por azar en la calle o en otro lugar público; sin embargo, me acerqué sin pensármelo. Ignoraba, como es natural, que fuese ella, pero algo dentro de mí lo sabía ya; por eso la observaba con tanto interés, con tanta curiosidad, como si presintiese que atesoraba lo que ninguna otra mujer me había dado todavía. 

     Y así, mientras yo charlaba y ella respondía amable y educada, nos dirigimos a la salida y le tendí la mano. «Hasta otra». «Hasta otra». Con mucha erre, y una voz, un acento, que me fascinaban. Hasta otra; es decir, adiós, puesto que nos despedíamos sin saber quiénes éramos, sin intercambiar nuestras señas.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]