Ficha técnica

Título: La mucama de Omicunlé | Autora: Rita Indiana | Editorial: PeriféricaColección: Largo Recorrido | ISBN: 978-84-16291-08-3 | Precio: 17,00 euros

La mucama de Omicunlé

PERIFÉRICA

Esta apabullante novela, que supone la consagración de Rita Indiana como narradora, tiene tantas capas de lectura y tantos giros fascinantes que rehúye toda síntesis, todo encorsetamiento. Es más, sólo cabe una invitación entusiasta a la lectura por parte de los editores.

Aunque para los que prefieran algunas claves, he aquí un resumen: la historia arranca en el apartamento de la santera y asesora del Presidente dominicano Esther Escudero, llamada también Omicunlé desde que, en un rito afrocubano, se convirtiese en servidora de la diosa del mar Yemayá. Su joven mucama, Alcide Figueroa, a la que Esther ha apartado de la prostitución gracias a la colaboración de otro personaje fundamental, Eric Vitier, está a punto de vivir una historia de pasados, presentes y futuros vertiginosa y, por momentos, aparentemente imposible más allá del relato.

Las deidades afroantillanas que habitan el mar Caribe, la música tradicional y la música electrónica, el sexo en todas sus formas (incluso el cambio de sexo), los bucaneros del siglo XVII o los grabados de Goya son otros de los cimientos sobre los que se alza este texto lleno de intrigas y deseos, lleno de aristas y de falsas certezas. Lleno también de tramas y subtramas; de esos intereses políticos, es decir, públicos, que suelen pasar por muchas novelas del presente de un modo inane. Pocas ficciones hay que nos hablen del arte contemporáneo con tanta precisión como La mucama de Omicunlé, pocas también que nos hablen así sobre la contaminación de los mares y océanos; por citar dos de los asuntos que Indiana aborda aquí. Pero en todo momento con una sutileza que rehúye el adoctrinamiento o el cinismo postmodernos para nunca alejarse de lo que es simple y puramente necesidad y vida.

Ya lo decíamos al principio: apabullante. 

«Las novelas de Rita Indiana son intrépidas fusiones narrativas.» Rafael Miranda Bello, Excelsior  

«Una novela a la que le sobran méritos para entrar al Olimpo sabroso del grotesco caribeño, al lado de obras memorables como El Palacio de las Blanquísimas Mofetas , de Reinaldo Arenas, o La guaracha del Macho Camacho, del puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, que se deja sentir como uno de los Orishas tutelares en este libro. Lo justo, sin embargo, sería ampliar el círculo al resto de América Latina para incluir a Andrés Caicedo, Manuel Puig, Luis Britto García o Copi, autores con los que Papi comparte procedimientos, técnicas y sensibilidades. Una voz poderosa, melódica y versátil que pone en marcha una especie de fenomenología des-subjetivada de la experiencia del consumo en una sociedad marcada por la bonanza narco de finales de los ochenta y principios de los noventa, en desreguladoras el neoliberalismo más cutre que se aplicaron en la región» (Juan Sebastián Cárdenas, Quimera).

«Rita Indiana construye en Papi un edificio narrativo con la cadencia del merengue y la mirada de un niña solitaria que podría ser un cruce entre Cien años de soledad y Misery, y que acaba siendo una novela pop, ya que homenajea la cultura popular, pero no sólo la latinoamericana sino también la norteamericana» (Laura Fernández, El Mundo).

En 2013, Periférica publicó la última novela de Rita Indiana hasta hoy, Nombres y animales: «Un personaje femenino muy bien sostenido por esa mirada adolescente donde el hastío y el asombro, la exaltación y la tristeza, la sensualidad y el pasmo se suceden en una danza cuyo ritmo nunca afloja» (Rodrigo Pinto, El País).

«La escritura de Rita Indiana es tan difícil de clasificar como arduo sería describir una puesta de sol sin estar autorizados a utilizar más colores que el blanco y el negro. El centro de la coralidad novelada de Nombres y animales lo ocupa una adolescente cuyos padres se han marchado a pasar el verano a Europa; adolescente que, al tiempo que va llenando una libreta en busca de un nombre al que responda un gato callejero que pretende acoger, da sus primeros pasos en la vía de dirección única de la educación sentimental» (María Teresa Lezcano, Sur).

Olokun  

El timbre del apartamento de Esther Escudero ha sido programado para sonar como una ola. Acilde, su mucama, afanada con las primeras labores del día, escucha cómo alguien allá abajo, en el portón del edificio, hunde el botón hasta el fondo y hace que el sonido se repita, restándole veracidad al efecto playero que produce cuando se retira el dedo tras oprimirlo una sola vez. Juntando meñique y pulgar, Acilde activa en su ojo la cámara de seguridad que da a la calle y ve a uno de los muchos haitianos que cruzan la frontera para huir de la cuarentena declarada en la otra mitad de la isla.

     Al reconocer el virus en el negro, el dispositivo de seguridad de la torre lanza un chorro de gas letal e informa a su vez al resto de los vecinos, que evitarán la entrada al edificio hasta que los recolectores automáticos, que patrullan calles y avenidas, recojan el cuerpo y lo desintegren. Acilde es pera a que el hombre deje de moverse para desconectarse y reanudar la limpieza de los ventanales que, curtidos a diario por un hollín pegajoso, sueltan su grasa gracias al Windex. Al retirar el líquido brillavidrios con el trapo ve, en la acera de enfrente, cómo un recolector caza a otro ilegal, una mujer que intenta protegerse detrás de un contenedor de basura sin éxito. El aparato la recoge con su brazo mecánico y la deposita en su cámara central con la diligencia de un niño glotón que se lleva a la boca caramelos sucios del suelo. Unas cuadras más arriba, otros dos recolectores trabajan sin descanso; a esa distancia Acilde no distingue a los hombres que persiguen y los aparatos amarillos parecen bulldozers en una construcción.

     Toca su muñeca izquierda con el pulgar derecho para activar el PriceSpy. La aplicación le muestra la marca y el precio de los robots en su campo visual. Zhengli es la marca, el significado de la palabra en inglés, To clean up, aparece debajo, junto a noticias e imágenes. Los recolectores chinos fueron donados por la potencia comunista «para aliviar en algo las terribles pruebas por las que pasan las islas del Caribe tras el desastre del 19 de marzo».

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