Ficha técnica

Título: La mirada de los Mahuad | Autora: Berta Vias Mahou | Editorial: Lumen  | Formato: tapa blanda con solapa | Páginas: 160 | Medidas: 150 X 230 mm | ISBN: 9788426403629 | Fecha: sept/2016 | Precio: 17,90 euros | Ebook: 8,99 euros

La mirada de los Mahuad

LUMEN

Los ojos azules, casi transparentes, de Rita, la madre, y su costumbre de segar la hierba del jardín con un vestido rojo muy ceñido y zapatos de tacón. Ojos como la tierra, recios, los de su padre Horacio, que llena el mundo con su sonrisa lenta y franca. Y la mirada inquietante de Elba, una niña que al principio vive con su familia en un pequeño pueblo alemán y luego en una oscura ciudad española. Elba, la protagonista de este libro, es en sí misma un misterio; la evocación de su vida, de su infancia, de su familia y del que fue su amor platónico, nos lo irá velando y desvelando poco a poco.

Solo los fines de semana y los veranos los ojos de Elba se llenan del verde del campo. Allí cada año aparece Jan, el chico de iris color avellana, siempre rodeado de libros y de cajas de pintura. Y un buen día, de pronto, nace algo hondo, que une estas seis piezas en una sola historia donde las miradas de Elba y Jan se persiguen y sus cuerpos casi se tocan en los recodos de un río, en los pasillos de un hospital, a las puertas de un campamento militar o en las calles de Roma.

Sueños, quizá imposturas, hilos delgados que recorren La mirada de los Mahuad y seducen al lector con las armas de la buena literatura.

Reseñas:
«Berta Vias Mahou sabe que en el fondo se trata de decir la verdad. Adoro su valentía y también la extraña lucidez de sus narraciones.»
Enrique Vila-Matas

«Un lenguaje que es un prodigio de contención y que viene impregnado de la nostalgia de un léxico desaparecido. […] Una escritora tan inteligente como dueña de su oficio.» Manuel Rodríguez Rivero, Babelia

«La escritura de Berta Vias Mahou es un prodigio de inteligencia y sensibilidad, propio de una gran narradora.» José María Guelbenzu, El País

 

La mirada de los Mahuad

La mayor parte de los viajeros que se acercaron a aquellas Hurdes, felizmente desaparecidas, suelen referirse a la antigua costumbre de legar en herencia una simple rama de árbol, prueba de que hasta el más mínimo cultivo representaba una titánica conquista… Una simple rama de árbol, repitió para sus adentros, cerrando el libro, y en su cerebro, junto a un muro de piedra, apareció un manzano que brillaba al sol. Y al pie el heredero, contemplando con avidez la rama y los frutos que algún día habrían de ser de su propiedad. Tienes la mirada de los Mahuad, oyó que le decía alguien. Y la silueta del hombre que admiraba el trozo de frutal se desvaneció, mientras la vieja bibliotecaria, de pie frente a su mesa, trataba de explicarse, acariciando las tapas duras de un cuaderno gris que descansaba sobre la superficie. Había conocido a algunos de sus parientes tiempo atrás y, al leer sus apellidos en la ficha, se había acercado para ver qué aspecto tenía. Sí, la misma mirada… Elba pensó en los ojos de su madre, de un azul transparente, unos ojos que a veces se volvían de hielo, con ese fulgor que, inasible, ilumina los glaciares desde la capa más profunda. Y en los de su tío. Desafiantes, aviesos, también azules.

Creía haber perdido para siempre aquella mirada torva, a veces escalofriante, de la que tan difícil resultaba saber si era de desafío o de pavor, la de los Mahuad o la de los Löwy, pero una vez más acababa de aflorar a la superficie, sin que ella se diera cuenta. El heredero al pie. La lucha titánica contra el medio. La extrema penuria de tanta gente. Miles y miles de personas por el mundo esperando siempre una oportunidad. Una oportunidad como la de la rama de un árbol. Con sus pocos frutos. Y sus ojos, con la rabia del corazón, se habían vuelto a enfurecer. Esos ojos que sin duda había heredado de su familia, pero que ella creía haber domeñado para siempre. Apenas había visto a su abuelo materno. No recordaba cómo eran los suyos. Pero más de una vez había descubierto los de su abuela materna convertidos en los de un ave rapaz. Los había heredado, sí, aunque pensaba que ya no miraban así. Nunca. Sin embargo, gracias a la empleada de la biblioteca, acababa de comprobar que aún a veces irradiaban odio. Ira. Indignación. ¿Y los de los otros abuelos? No. Ellos eran Ochotecos. Torrijos. Gentes nacidas allí donde los ojos son como la tierra, recios. Pedían y, sobre todo, daban perdón.

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