Ficha técnica

Título: La mente participativa | Autor:  Henryk Skolimowski | Traducción: Juan Arnau  |  Editorial: AtalantaColección: Memoria mundi 104  Encuadernación: Cartoné | Páginas: 488 | Dimensiones: 14 x 22 cm | ISBN: 978-84-945231-6-8 | Precio: 29,00 euros  |  Fecha:  2016 |

La mente participativa

ATALANTA

¿Qué papel juega la mente en la construcción de la realidad? ¿Existe una verdad absoluta y verificable, o bien, como apuntó Kant y la física cuántica parece constatar, las verdades dependen de las percepciones, la sensibilidad y las facultades cognitivas de la mente humana? La tesis principal de Henryk Skolimowski, profesor emérito de la Universidad de Michigan y experto en ecofilosofía y epistemología evolutiva, es que el mundo no es únicamente una suma de objetos inertes y materia objetivable, sino una red sutil de relaciones complejas y participativas en la que nosotros, espectadores y actores, jugamos un papel crucial. Nuestra mente no es pasiva. Reconocer esta condición creativa, así como la dimensión holística y espiritual del cosmos, es el fundamento del modelo evolutivo y transformativo que plantea este libro, y que pensadores como Heráclito, Bateson, William James o Bergson ya habían esbozado con anterioridad.

A partir de un lúcido y elocuente análisis histórico de nuestras sucesivas concepciones de la realidad, incluida la de la propia ciencia moderna, Skolimowski postula un nuevo paradigma que busca dar respuesta a la crisis de valores que asola la civilización occidental en el siglo XXI. Su idea de un universo participativo recupera aspectos esenciales del conocimiento como la empatía y la aceptación del misterio del cosmos, inherente al orden natural de las cosas, al tiempo que ofrece una vía de salida al nihilismo contemporáneo y reclama la esperanza como elemento irrenunciable de la condición humana, no sólo como parte de nuestra estructura ontológica sino de la cultura mental que nos sostiene cada día. 

 

PRÓLOGO

     Las viejas narrativas se derrumbaron y todavía no ha emergido una nueva. La ciencia explica muchas cosas, pero no nos da una visión del mundo completa y coherente que contribuya a dar sentido a nuestras vidas. La ciencia del siglo XX presuponía que somos el mero resultado de combinaciones accidentales de átomos en un universo sin sentido. Algo que, intuitivamente, casi todos sabemos que es falso. Lo sabemos intuitivamente y lo vamos corroborando a medida que emerge un nuevo paradigma científico, holístico y posmaterialista. Pero este nuevo paradigma todavía no ha generado una nueva narrativa suficientemente completa, capaz de orientarnos acerca de quiénes somos y qué hacemos aquí, en el mundo. Porque esa tarea no corresponde a la ciencia, sino a la filosofía.

      Pero la filosofía contemporánea parece que se ha resignado a la ausencia de visión global y de sentido. Buena parte de la filosofía del último medio siglo ha sido un chapotear en la ciénaga del nihilismo. Un tumbarse en el desierto del absurdo para acabar engrosando sus arenas. Parecería que, después de Nietzsche, toda filosofía camina hacia allí. ¿Toda? No. Como los irreductibles galos de Astérix, sigue habiendo filósofos, de Albert Schweitzer hace un siglo a Hubert Dreyfus en nuestros días, convencidos de que una de las mayores necesidades del mundo contemporáneo, si no la mayor, es que emerja una nueva visión del mundo que nos aporte una narrativa coherente y plena de significado. Pero una cosa es diagnosticar una carencia y otra, mucho más ardua, trabajar para sanarla. Y aquí es, precisamente, donde la trayectoria de Henryk Skolimowski destella como un repentino relámpago en la oscuridad.

     La voluntad radicalmente innovadora de Skolimowski queda patente en una reciente miniautobiografía, que arranca así:

     Tuve la desdicha de nacer en la mediocre Polonia en el período de entreguerras (1930). Luego hube de padecer las hondas y flechas [slings and arrows, hamletianamente] de la ocupación alemana y de la dominación comunista.

     Debería haber quedado sepultado en mi mocedad por la polvareda de la historia. Pero de algún modo sobreviví e hice de la necesidad virtud. Admiré las Vidas de Plutarco e intenté seguir el camino de la elevada dignidad.

     Habiendo recibido el impacto de las hondas, no me amedrentó desafiar los dogmas incuestionados de la filosofía y de la ética. Mis horizontes son hoy estrellas distantes, y mi guía, la Luz que las rodea. 

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