Ficha técnica

Título: La marca del editor | Autor: Roberto Calasso | Traducción: Edgardo Dobry | Editorial: Anagrama| Colección: Argumentos | ISBN: 978-84-339-6368-0 | Páginas: 176  | PVP: 16,90 euros 

La marca del editor

ANAGRAMA

En una época de aplanamiento de las categorías, de fácil acceso a una supuesta biblioteca universal digitalizada (en verdad, fragmentaria y caótica), el editor tiende a ser visto como un intermediario innecesario entre el escritor y el lector. Este breve volumen de Roberto Calasso viene a rebatir punto por punto ese y otros graves errores de los adalides de la inmediatez, la velocidad y el rendimiento monetario como categorías absolutas.

Apoyado en su excepcional situación, en el cruce entre el gran editor -dirige desde hace muchos años un sello italiano tan prestigioso como Adelphi, una referencia internacional- y el escritor de enorme cultura y agudeza crítica -por mencionar sólo sus últimos trabajos, ha escrito libros ya clásicos sobre Kafka, Baudelaire, Tiepolo y sobre la mitología hindú (todos ellos publicados por Anagrama)-, Calasso adopta una posición lúcida y comprometida, argumentada y avalada por su propia trayectoria. Al glosar la figura de los grandes editores europeos y estadounidenses del siglo XX, Calasso muestra la importancia decisiva que sellos como Gallimard, Einaudi, Suhrkamp o Farrar, Straus & Giroux han tenido en la formación de un criterio y un público lector, en el ordenamiento y la separación del grano de la paja en lo que a literatura se refiere.

Calasso argumenta su idea de «la edición como género literario»: un editor de la estirpe a la que él pertenece es un buscador de «libros únicos», es alguien que escribe, con los libros que publica, el mejor libro de todos: su catálogo, que es a la vez su autobiografía. Por eso, frente a la idea de quienes quieren manejar la edición como una industria cualquiera, este libro muestra, a la vez con finura y contundencia, la importancia del editor que defiende y cultiva su marca. Sin la cual todo se achata en una única categoría: la del entretenimiento fácil y el rápido olvido. No es un atractivo menor el recorrido que hace Calasso por su propia memoria, por las grandes personalidades con las que trató, no sólo del ámbito editorial, sino también, claro, del literario; en ese aspecto, es insuperable el retrato que traza aquí, por ejemplo, de Thomas Bernhard.

La marca del editor puede leerse como una continuación de Cien cartas a un desconocido, el libro con el que, a través de los textos de las contracubiertas escritas para los libros de Adelphi, Calasso inauguraba sus memorias como editor. La marca del editor completa el trazado de una trayectoria excepcional, el de una estirpe que ha formado nuestra sensibilidad y nuestra cultura, y que ahora más que nunca necesita nuestro reconocimiento.

LOS LIBROS ÚNICOS  

       Al principio se hablaba de libros únicos. Adelphi no tenía nombre todavía. Sólo existían unos datos seguros: la edición crítica de Nietzsche, que bastaba por sí sola para dar una orientación a todo el resto. Después, una colección de Clásicos, fundamentada en criterios no poco ambiciosos: hacer bien lo que antes se había hecho menos bien, y hacer por primera vez lo que antes había sido ignorado. Serían impresos por Mardersteig, como el de Nietzsche. Entonces nos parecía normal, casi obligado. Hoy sería inconcebible (costos decuplicados, etc.). Nos complacía que esos libros fueran confiados al último de los grandes impresores clásicos. Pero mucho más aún nos complacía que ese maestro de la tipografía hubiera trabajado durante largo tiempo con Kurt Wolff, el editor de Kafka.

      Para Bazlen, que tenía una velocidad mental como no he vuelto a encontrar, la edición crítica de Nietzsche era casi una obviedad necesaria. ¿Con qué otra cosa se hubiera podido empezar? En Italia dominaba todavía una cultura en la que el epíteto irracional implicaba la más severa condena. Y el decano de toda irracionalidad no podía ser otro que Nietzsche. Por otra parte, bajo la etiqueta de esa palabra inconveniente, inútil para el pensamiento, se encontraba de todo, incluida una importante parte de lo esencial. Una parte que, en buena medida, no había accedido aún a la edición en italiano, también, y sobre todo, debido a esa marca infamante.

     En literatura, lo irracional gustaba de enlazarse con lo decadente, otro término de reprobación sin apelativos. No sólo determinados autores sino incluso determinados géneros eran condenados por principio. A varias décadas de distancia eso puede resultar risible o causar incredulidad, pero quien tenga buena memoria recordará que lo fantástico en sí era considerado sospechoso y turbio.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]