Ficha técnica

Título: La liebre de la Patagonia | Autor: Claude Lanzmann |  Traducción: Adolfo García OrtegaEditorial: Seix Barral | Colección: Biblioteca Formentor | Género: Memorias | ISBN: 978-84-322-2879-7 | Páginas: 528 | Formato:  13,3 x 23 cm. | Código: 10000439 | Encuadernación: Rústica con solapas |  PVP: 24,00 € | Publicación: 11 de Enero  2011

La liebre de la Patagonia

SEIX BARRAL

Claude Lanzmann ha vivido más de una vida. Partisano contra el nazismo a los diecisiete y profesor en el Berlín de la posguerra, en los años cincuenta se encuentra en el centro de la vida intelectual parisina: conquista la amistad de Sartre y se convierte en amante de Simone de Beauvoir.

Estas páginas relatan a ritmo de novela una historia personal que es el espejo de un siglo de revoluciones, unas memorias que siguen el flujo imprevisto de las emociones y de unos recuerdos tumultuosos y apasionados. Entre el mosaico de retratos y anécdotas hilarantes, conmovedoras, eróticas e intensas, destaca la misión de su vida: testimoniar el Holocausto en la obra de arte cinematográfica Shoah, a la que dedicó once años de su vida. 

«Cien vidas que viviera no me agotarían nunca.» Estas palabras resumen la intensidad de las experiencias de Claude Lanzmann, un hombre cuyos actos han sido siempre una negación de la resignación: miembro de la Resistencia con diecisiete años, amigo de Jean-Paul Sartre y amante de Simon de Beauvoir durante el esplendor de Saint-Germain- des-Prés y director de una de las mayores hazañas de la historia del cine, Shoah, un documental de más de nueve horas sobre el Holocausto al que dedicó once años.

De forma nada convencional, a ritmo de novela y al dictado de la memoria, Claude Lanzmann compone en estas páginas un himno a la vida tan tumultuoso como enérgico. Ésta es la historia de un hombre que ha buscado en todo momento la aventura existencial, que se ha comprometido profundamente con lo que creía justo y que ha hecho de sus días una lucha contra la crueldad.

Galardonado en Alemania con el prestigioso premio Welt-Literaturpreis, La liebre de la Patagonia ha sido aclamado como «un acontecimiento literario e histórico» (Le Monde) y Bernard-Henri Lévy lo ha califi cado de «obra maestra» (Le Point). La unanimidad de la crítica se ha visto respaldada por los lectores, que en Francia lo han situado en el número uno de las listas de los libros más vendidos durante meses y que esperan ya su publicación en toda Europa y Estados Unidos.

«Una obra de arte, esta vez literaria… Ha vivido cada instante como se escribe una novela o se rueda una película: totalmente, intensamente… Un verdadero acontecimiento, literario e histórico», Le Monde.

«Este libro es una obra maestra. Un texto a la vez picaresco y grave, divertido y trágico», Bernard-Henri Lévy, Le Point.

«Sin duda alguna, una de las obras maestras de la literatura mundial», Die Welt.

«Un gran libro», Joan de Sagarra, La Vanguardia.

«Este libro no es un compendio de recuerdos… Es una gran obra épica, desgarradora y entusiasta. La escritura baila, se estremece, tiembla y se disuelve con voluptuosidad. Tiene ese don que te cambia la vida», Le Point. 

 

CAPÍTULO I  

     Puede que la guillotina -más ampliamente la pena capital y los diferentes modos de administración de la muerte- haya sido el asunto central de mi vida. Y esto fue así desde muy temprano. Yo debía de tener apenas doce años. El recuerdo de aquella sala de cine de la rue Legendre, en el distrito XVII de París, con sus butacas rojas y sus lustres dorados, permanece en mí asombrosamente vivo. Una criada había aprovechado la ausencia de mis padres para llevarme allí. La película que daban aquel día era L’Affaire du courrier de Lyon, con Pierre Blanchar y Dita Parlo. Nunca he sabido ni he tratado de saber el nombre del director, pero no cabe duda de que era muy eficaz, ya que algunas escenas me quedaron grabadas para siempre: el ataque de la diligencia del correo de Lyon en un oscuro bosque, el proceso de Lesurques, condenado a muerte siendo inocente, el cadalso alzado en medio de una gran plaza, blanca en mi memoria, la cuchilla que cae. En aquella época, como durante la Revolución, se guillotinaba en público. Durante muchos meses, a eso de la medianoche, me despertaba presa de espantosos terrores; mi padre tenía que levantarse, venir hasta mi habitación, acariciarme la frente y el cabello sudorosos de angustia, hablarme y calmarme. No es que me cortaran la cabeza, es que también ocurría que me guillotinaban «a lo largo», si se puede decir así, en el sentido en que los carniceros dicen «serrar de cabo a rabo», o eso de «hombres 40 – caballos (a lo largo) 8», llamativo letrero clavado en las puertas de los vagones de mercancías que, en 1914, sirvieron para llevar a hombres y bestias al frente y, a partir de 1941, a los judíos a las lejanas cámaras de su último suplicio. Se me troceaba en tajadas, planas como rebanadas, de un hombro a otro, empezando por la coronilla. La violencia de estas pesadillas era tal que de adolescente, e incluso de adulto, temiendo resucitarlas, me volvía o cerraba supersticiosamente los ojos cada vez que en un texto de historia, ya fuese un libro o un periódico, se representaba la guillotina. No estoy seguro de no hacerlo todavía hoy. En 1938 -tenía yo trece años-, el arresto y la confesión del asesino alemán Eugen Weidmann tuvieron a toda Francia en vilo. Me sé desde entonces, sin tener ninguna necesidad de refrescar mi memoria, el nombre de algunas de sus víctimas (las mataba fríamente para robar y no dejar testigos): la bailarina Jean de Koven, un tal Roger Leblond, otros que enterraba en las frondas de Fontaineblau o en los bosques de un lugar nunca mejor llamado que Fausses-Reposes [Mal Reposo]. Los noticieros cinematográficos de la época mostraban con gran lujo de detalles a los investigadores excavando entre los matorrales y exhumando los cuerpos. Weidmann fue condenado a muerte y guillotinado delante de la puerta de la prisión de Versailles en el curso del verano que precedió a la guerra. Hay fotos célebres de aquella decapitación. Mucho tiempo después me propuse mirarlas y lo hice con detenimiento. Fue la última ejecución pública en Francia. Desde entonces el cadalso -hasta 1981, año en que, por iniciativa de François Mitterrand y de Robert Badinter, fue abolida la pena de muerte- sería erigido en los patios de las cárceles. Pero a los trece años, Weidmann, Lanzmann, la terminación idéntica de su apellido y del mío me hacía presagiar un destino funesto. Nada, por otra parte, a la hora en que escribo estas líneas y ya a una edad en principio avanzada, me garantiza en absoluto contra ese final: la pena de muerte siempre puede volver a restablecerse, basta con un cambio de mayorías, con un solo voto, con un miedo atroz. Además, está lejos de ser abolida en muchas partes del mundo, viajar por ahí es peligroso. Recuerdo haber hablado con Jean Genet de mi antiguo y obsesivo temor a morir en el patíbulo (a colación de la dedicatoria de Notre- Dame-des-Fleurs a un guillotinado de veinte años: «Sin Maurice Pilorge, cuya muerte no ha dejado nunca de envenenar mi vida…», y también a colación de Weidmann, ya que el libro comienza con su mismo apellido: «Weidmann os apareció en la edición de las cinco, con la cabeza envuelta en cintas blancas, religiosa y como de aviador herido…»). Él me respondió secamente: «Todavía es posible.» Tenía razón. Me di perfecta cuenta de que yo no le era muy querido.

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