Ficha técnica

Título: La ley del menor | Autor: Ian McEwan | Traducción: Jaime Zulaika | Editorial:  Anagrama | Colección: Panorama de narrativas | Páginas: 216 | ISBN 978-84-339-7935-3 |  Precio: 17,90 euros | Ebook: 11,99 euros

La ley del menor

ANAGRAMA

IanMcEwan compone, con un oficio que extrae su fuerza de no llamar nunca la atención sobre sí mismo, una pieza de cámara tan depurada y económica como repleta de conflictos y volúmenes; una novela grácil y armoniosa, clásica en el mejor sentido de la palabra, que juega su partida en el terreno genuino de la escritura más indagadora: el de los dilemas éticos y las responsabilidades morales; el de las preguntas difíciles de responder pero imposibles de soslayar.

La ley del menor habla del lugar donde justicia y fe se encuentran y se repelen; de las decisiones y sus consecuencias sobre nosotros y los demás; de la búsqueda de sentido, de asideros, y de lo que sucede cuando éstos se nos escapan de las manos: lo hace con la seguridad tranquila de un maestro en la plenitud quintaesenciada de sus facultades.

Acostumbrada a evaluar las vidas de los demás en sus encrucijadas más complejas, Fiona Maye se encuentra de golpe con que su propia existencia no arroja el saldo que desearía: su irreprochable trayectoria como jueza del Tribunal Superior especializada en derecho de familia ha ido arrinconando la idea de formar una propia, y su marido, Jack, acaba de pedirle educadamente que le permita tener, al borde de la sesentena, una primera y última aventura: una de nombre Melanie. Y al mismo tiempo que Jack se va de casa, incapaz de obtener la imposible aprobación que demandaba, a Fiona le encargan el caso de Adam Henry. Que es anormalmente maduro, y encendidamente sensible, y exhibe una belleza a juego con su mente, tan afilada como ingenua, tan preclara como romántica; pero que está, también, enfermo de leucemia. Y que, asumiendo las consecuencias últimas de la fe en que sus padres, testigos de Jehová, lo han criado, ha resuelto rechazar la transfusión que le salvaría la vida. Pero Adam aún no ha cumplido los dieciocho, y su futuro no está en sus manos, sino en las del tribunal que Fiona preside. Y Fiona lo visita en el hospital, y habla con él de poesía, y canta mientras el violín de Adam suena; luego vuelve al juzgado y decide, de acuerdo con la Ley del Menor.

«Un McEwan veloz y cautivador, que pide ser leído de una sola sentada. Hay pocos escritores con ese dominio de la prosa. La ley del menor está compuesta con tanta habilidad y ejecutada con tanta fluidez que es un placer de principio a fin» (David Sexton, London Evening Standard).

«Está entre las mejores y más conseguidas novelas de McEwan. Es difícil de entender cómo logra combinar tantos temas» (NealAscherson, The New York Review of Books).

«Alternativamente tierna, sorprendente y conmovedora. El lector no puede hacer otra cosa que ir pasando las páginas. Pulida y equilibrada» (Anthony Quinn, The Mail on Sunday).

«Con su mezcla de sabiduría arcana, intensidad emocional y, especialmente, su interés por los giros siempre misteriosos del corazón, La ley del menor es otra entrega notable de uno de los mejores escritores vivos» (Ron Charles, The Washington Post).

 

1

Londres. Una semana después de iniciado el Trinity Term.(1) Clima implacable de junio. Fiona Maye, magistrada del Tribunal Superior de Justicia, tumbada de espaldas una noche de domingo en un diván de su domicilio, miraba por encima de sus pies, enfundados en unas medias, hacia el fondo de la habitación, hacia unas estanterías empotradas, parcialmente visibles junto a la chimenea y, a un costado, al lado de una ventana alta, a una litografía de Renoir de una bañista, comprada treinta años antes por cincuenta libras. Probablemente falsa. Debajo, en el centro de una mesa redonda de nogal, un jarrón azul. No recordaba de dónde lo había sacado. Ni cuándo fue la última vez que lo llenó de flores. La chimenea llevaba un año sin encenderse. Gotas de lluvia ennegrecidas caían con un sonido de tictac en la rejilla a intervalos irregulares, sobre un papel de periódico hecho una bola. Una alfombra de Bujará cubría los anchos tablones encerados del suelo. En el borde de la visión periférica, un piano de media cola con fotos de familia enmarcadas en plata sobre el brillo del mueble, de un negro muy oscuro. En el suelo, junto al diván, al alcance de su mano, el borrador de una sentencia. Y Fiona, tumbada de espaldas, deseaba que todas aquellas hojas estuviesen en el fondo del mar.

Tenía en la mano su segundo whisky escocés con agua.  Estaba temblorosa, todavía reponiéndose de un mal momento con su marido. Rara vez bebía, pero el Talisker con agua del grifo era un bálsamo, y pensó que quizá cruzaría la habitación hasta el aparador en busca de un tercero. Menos whisky y más agua, porque al día siguiente trabajaba en la audiencia y ahora estaba de guardia, disponible para cualquier exigencia repentina, aunque estuviera tendida para recuperarse. Él había declarado algo horrible y le había impuesto una carga intolerable. Por primera vez en años ella había gritado, y un débil eco resonaba todavía en sus oídos. «¡Idiota! ¡Puto idiota!» No había jurado en voz alta desde sus visitas a Newcastle, cuando era una despreocupada adolescente, aunque se le colaba una palabrota en el pensamiento alguna vez en que oía un testimonio exculpatorio o una improcedente exposición jurídica.

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(1). En el ámbito judicial británico, uno de los cuatro periodos de los tribunales, que va del 22 de mayo al 12 de junio. (N. del T.)

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