Ficha técnica

Título: La ley de la ferocidad | Autor: Pablo Ramos | Editorial: Malpaso | Formato: Tapa dura | Tamaño: 14x21cm | Páginas: 320 | ISBN: 978-84-15996-62-0 | Precio: 19,50 euros | Ebook: 8,99 euros

La ley de la ferocidad

MALPASO

Pablo Ramos vuelve a la carga con su álter ego, Gabriel. El chico arrabalero de El origen de la tristeza (Malpaso, 2014) es ahora un hombre, aparentemente triunfador pero en realidad desgraciado, marcado por una infancia dura. Regresa al territorio de su pasado tras recibir la noticia de la muerte de su padre. Lo espera un velorio de dos días con sus noches, el reencuentro con su familia, con sus exmujeres, y también una serie de terribles cuentas pendientes con un padre inaccesible. El retorno también es una recaída en el alcohol, la cocaína y el sexo ciego; en todo aquello que había provocado su marcha. La redención llegará a través de la escritura, que acabará por purificarlo a golpes, con ferocidad. 

Pablo Ramos se aventura en un tema que recorre la literatura desde Hamlet hasta La invención de la soledad de Paul Auster o Patrimonio de Philip Roth, la densa y decisiva sombra del padre en la existencia del hijo. El suyo es un acercamiento a pecho descubierto, sin reservas, exponiéndose a todos los riesgos.

UNO 

La noticia

Hace casi cinco años, la mañana de julio en que mi padre amaneció muerto, Buenos Aires parecía haberse perdido bajo la neblina. El teléfono suena a eso de las nueve y yo, que no acostumbraba levantarme antes de las once, lo dejo sonar hasta el cansancio. Me levanto, me pongo una camisa y salgo a la terraza baja. Frío que quema en la planta de los pies. Subo hasta la terraza alta. Cuatro escalones hechos en acero perforado. Hechos por mi padre. La bruma es tan espesa que no puedo verlos y voy al tanteo, hundido en esa nube que se extiende como vapor. Las voces de unas personas que conversan, las bocinas de los autos, una sirena. Parece un accidente en la avenida San Martín. Me trepo al techo del cuarto que mi padre construyó para mis hijos (sobre la terraza, a continuación del lavadero, siguiendo esa costumbre laberíntica que tenía de solucionar los problemas de espacio en las viviendas) y miro hacia la calle: La Paternal es un pantano imposible.

Las copas peladas de los plátanos sobre el bloque gris de la niebla. Las voces y los susurros que se alejan por donde debe estar la vereda. Más bocinas y sirenas. El grito de alguien que llama a alguien. El silencio de ese alguien que no responde. Bajo de las dos terrazas para volver a la cama y si en vez de bajar hace cinco años bajara en el ahora en que escribo, no encontraría ni las cortinas, ni los muebles, ni el orden y la limpieza que encuentro ese día. Tan sólo una Fender enchufada a un equipo con las válvulas hirviendo, algunos libros, pocos muebles y, en el estudio, una máquina de escribir bajo un desborde de páginas escritas. Y si en vez de ser aquel hoy fuera entonces este mañana, yo sería un hombre distinto de ése que se despierta minutos antes de la noticia. Sería un hombre que intenta aplastar a pura palabra el descomunal malestar que lo consume. Un hombre que golpea en una máquina de escribir para no seguir dándose botellazos en la cabeza, un hombre que ha dejado a su paso más daños que un huracán. Un hombre que decide empezar de cero.

Cinco años separan al hombre que voy a ser del hombre que soy ahora en el pasado, pero sin embargo los dos ya convergen en una mixtura inestable. Una unión de partes que no llega a ser la esencia de un nuevo todo. El hombre que lo vive no es el hombre que lo escribe, pero va a comenzar a transformarse en él cuando decida escribir. Y va a terminar de transformarse en él cuando acabe de escribir. Por el hecho de escribir. Yo soy el hombre que escribe. Pero aún no lo sabía. Y aquella mañana de niebla y de muerte bajo de la terraza y me caliento los pies en la estufa eléctrica. El teléfono vuelve a sonar y sonar, de la misma manera y con los mismos intervalos de tiempo. Entro en la habitación y atiendo. La voz de mi madre, serena, más cerca de la confusión que de la tristeza, me da la noticia.

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