Ficha técnica

Título: La legitimación de la Edad Moderna |  Autor: Hans Blumenberg |  Presentación: Jorge Herralde |  Editorial: Pre-Textos | |Precio: 49  € | Páginas: 606 | Colección: Ensayo  | Género: Ensayo | Ref.: 944 | ISBN: 978-84-8191-900-4    

La legitimación de la Edad Moderna

PRE-TEXTOS

Bajo el planteamiento más amplio en torno a la legitimidad las partes de este libro analizan todo el complejo de temas relacionados con la constitución de la Edad Moderna, apoyándose en una crítica de ese concepto fundamental que es la secularización, mediante el cual la autocomprensión de la modernidad quería tanto liberarse como también cerciorarse de sus vinculaciones retrógradas: ¿cuáles son las condiciones necesarias para que se produzca el desprendimiento de una época respecto a la realidad que la ha precedido? En este caso, en la relación entre la Edad Media y la Edad Moderna, la pregunta sería sobre el proceso de autoafirmación del hombre frente al absolutismo teológico (las dos primeras partes, sobre la Secularización y la Autoafirmación humana). Proceso en el que se da una visión detallada del cambio de valoración que va experimentando la curiosidad en el plano teorético y científico. El marco para ello es extraordinariamente amplio, yendo desde la Antigüedad hasta el psicoanálisis, desde Sócrates hasta Feuerbach y Freud (éste sería el tema de la tercera parte, El proceso de la curiosidad teórica). La última parte del libro intentaría ahondar de nuevo en la lógica del cambio de época desde una doble perspectiva: el punto de vista sobre el mundo y el hombre de Nicolás de Cusa y de Giordano Bruno, la preocupación por lo que estaba en trance de desaparición y el triunfo de lo que ya despuntaba despliegan sus diferencias fundamentales sobre un fondo de cuestiones metafísicas que siguen siendo comunes (Aspectos de un umbral de épocas).

El conjunto de la obra trataría de captar la Edad Moderna que se estaba formando a partir de los impulsos procedentes del hundimiento de la Edad Media y que desembocaron en una concepción totalmente contrapuesta a sus expectativas. Un tema obligado de la obra es el de la relación entre la razón y la historia. Después de que la Ilustración europea se haya visto repetidamente sorprendida y perpleja por el fracaso de sus esfuerzos, presuntamente definitivos, en vez de refugiarse en romanticismos, de tono apacible o bronco, tendría que emprender el análisis de sus propios presupuestos, los manifiestos y los ocultos, es decir, hacer una verdadera ilustración sobre la Ilustración. Desde Kant sabemos muy bien -volviéndolo a olvidar cada vez- que la crítica de la razón no sólo es y será siempre una crítica mediante la razón, sino una crítica ejercida sobre la propia razón.

I

ESTADO DEL CONCEPTO

   El significado de la expresión «secularización» parece directo y fácil de abordar. Todo el mundo conoce esa denominación, como constatación, como reproche, como corroboración de un largo proceso en el que tiene lugar la paulatina desaparición de vínculos religiosos, de posturas transcendentes, de esperanzas en el más allá, de actos de culto y de una serie de giros lingüísticos fuertemente acuñados tanto en la vida pública como privada. Ni siquiera necesita uno atenerse a los datos -accesibles, sobre todo, por vía empírica y estadística- de pertenencias e influencias institucionales, a los cuales corresponde un grado mayor de inercia que a su base de motivación en el mundo de la vida. Antaño se contaban entre los giros corrientes el de lamentarse de que el mundo cada vez se mundanizaba más (en vez de hacerse menos mundano), mientras que hoy día lo común es hacer valer que la Edad Moderna es una época de mundanización, siendo, en consecuencia, su Estado un Estado secular.

   No podríamos tomar de forma tan natural las fórmulas de la secularización si no nos encontráramos aún dentro del horizonte donde sigue operando ese proceso. Describiríamos algo para nosotros sencillamente no existente si no estuviéramos en condiciones de seguir entendiendo todavía aquello que le precedió: qué significaba en otro tiempo la esperanza de salvación y en el más allá, la transcendencia, el Juicio de Dios, el acto de abandonar el mundo o de caer en el mismo, elementos, todos ellos, de aquella desmundanización que debe estar implícita como situación de partida si se ha de hablar de una secularización. Que haya menos bienes sagrados y más bienes profanos es una constatación de índole cuantitativa, a la que podrían añadirse otras muchas diferencias en la descripción de esa desaparición. Su estadio final consistiría en que ya no quede resto alguno de aquellos elementos antes mentados, pero entonces tampoco podríamos entender ya qué es lo que quiere decir la expresión «secularización». En este sentido descriptivo se puede sacar a colación, como consecuencia de la secularización, cualquier cosa y atribuirle determinadas pérdidas, como cuando se dice, por ejemplo, que la crisis de toda autoridad es un fenómeno o un resultado de la secularización. Faltaría algo que antes debió de estar ahí. Con ello, apenas se explica la pérdida, sino que lo único que se hace es integrarla en un inmenso y fatal inventario de desapariciones.

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