Ficha técnica

Título: La jungla polaca | Autor: Ryszard Kapuscinski | Editorial: Anagrama | Precio: 15 € | Páginas: 208 | Publicación: 18 de Septiembre de 2008 | Género: Viajes | ISBN: 978-84-339-2581-7

La jungla polaca

EDITORIAL ANAGRAMA

Las andanzas de Kapuscinski, reportero del semanario Polityka por la Polonia profunda «con más pena que gloria, de aldea en aldea, de villorrio en villorrio, en un carro de adrales o un autobús desvencijado» (Viajes con Heródoto) fructificarían en 1962 con la publicación de su primer libro, La jungla polaca escrito entre las décadas cincuenta y sesenta del siglo XX, entre viaje y viaje africano. Así escribió en La guerra del fútbol: «Volví a Varsovia. Debía preparar una nota relatando lo que había visto en el Congo. Describí la lucha, el desmoronamiento, la derrota. Al hacerse pública, recibí una convocatoria para comparecer ante un camarada del Ministerio de Asuntos Exteriores. «¿Qué demonios ha escrito? -me espetó, indignado- ¡Llamar anarquía a la revolución! (…) Lo lamento -me dijo el camarada dando por terminada nuestra conversación-, pero usted no sirve para hacer de corresponsal en el extranjero, porque no entiende los procesos marxista-leninistas que se desarrollan en aquellas partes del mundo.» «De acuerdo -me mostré conforme-, aquí también tendré de qué escribir.»»

En efecto, temas no faltaban y el ambiente literario era favorable a los reportajes, que se habían convertido en asignatura obligatoria para las plumas más destacadas del país. En medio de la profusión de la que en Polonia se llamó «literatura de los hechos», el delgado volumen de un debutante, apenas treintañero, enseguida suscitó el interés del público y de la crítica, que destacó la manera novedosa, sumamente original, de concebir el reportaje, convertido en literatura con mayúsculas.

«Kapuscinski encuentra a sus héroes entre los habitantes de aldeas de mala muerte, entre personas de profesio­nes poco corrientes y aquellas cuyas vidas -también poco corrientes- están marcadas por la complejidad de la época en la que les ha tocado vivir» (Zycie literackie).

EL RAPTO DE ELZBIETA

     -Hermana -pregunté-, ¿por qué ha hecho esto?

     Estábamos de rodillas en la nieve, con un cielo plomizo encima y una reja de hierro entre ella y yo. A través de aquella reja veía los ojos de la monja, grandes, castaños y con fiebre en las pupilas. Callada, mantenía la vista apartada a un lado. Las personas que apartan la vista suelen tener algo que decir, pero el miedo les atenaza la garganta. Sólo al cabo de unos momentos me llegó su voz:

     -¿Qué me trae usted?

     Y yo no llevaba nada. Ni más palabras, ni objeto alguno. Para verla, había viajado en tren, atravesado el bosque hundido en la nieve hasta las rodillas, golpeado con insistencia la puerta del monasterio y cuando por fin me hallaba ante la alta reja, tan sólo tenía una pregunta, que además ya había hecho y que, sin provocar resonancia alguna, había sido celosamente guardada en los rígidos pliegues del hábito.

     Por eso contesté:

     -A decir verdad, no sé. Quizá tan sólo el grito de dolor de su madre.

     Aquel grito despertaba a toda la aldea en plena noche. Las mujeres, despidiendo el calor de los edredones de plumón, del sueño y del amor, se levantaban de sus camas de un salto para correr hacia las ventanas. Pero no se veía más que la oscuridad. Por eso decían a sus maridos: «Ve, hombre, ve a mirar qué pasa.» Los hombres metían los pies en las cañas de sus botas de goma y salían fuera. Caminaban medio dormidos palpando la oscuridad con las manos, como si el grito fuese algo que se pudiera asir y cerrar en un puño como una gavilla de centeno y aplastarlo con la rodilla contra el suelo. Finalmente, junto a la capilla de la Virgen, encontraban a una mujer alta y muy flaca, cubierta por un abrigo viejo. La mujer tosía. Tenía el pecho hundido y los brazos colocados de tal manera como si esperase acoger a un ser querido. Pero no llevaba en ellos la vida de nadie, sino su propia muerte. Llevaba la tuberculosis. Los campesinos le decían: «¿A santo de qué pega esos aullidos en mitad de la noche? Váyase a dormir»; y, tranquilizados porque no se trataba de un asesinato, ni de un robo, ni de un incendio, sino de un simple dolor, de una desesperación ajena además, no la suya propia, regresaban al calor de los edredones, del sueño y de los cuerpos de las mujeres.

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