Ficha técnica

Título: La isla de los condenados | Autor: Stig Dagerman  | Traducción: Carmen Montes  | Editorial: Sexto Piso| Colección: Narrativa Sexto Piso  |Año de publicación: marzo 2016 |  ISBN:  978-84-16677-02-3  | Páginas:256 | Formato: 15 x 23 | Precio: 22 euros   

La isla de los condenados

SEXTO PISO

Stig Dagerman es uno de los escritores suecos más fascinantes y enigmáticos del siglo xx. A pesar de haberse suicidado a la temprana edad de 31 años, este Rimbaud del Norte dejó una cantidad considerable de obras que, como todos los textos destinados a convertirse en clásicos contemporáneos, no hacen sino acrecentar su valía con el paso de los años. Escrita cuando el autor contaba con 23 años, esta novela oscura y surrealista plasma el drama de un mundo en el que la fraternidad se ha extinguido del corazón de los hombres. También es un tesoro oculto de la literatura europea que forzosamente habrá de deslumbrar a los lectores más exigentes.

Dagerman se erigió como una nueva y rutilante estrella literaria con la publicación de esta historia protagonizada por siete náufragos, angustiados ante la perspectiva de su inminente muerte en una isla desierta. La desolación del paisaje es geográfica y metafísica, y los descarnados e insomnes pensamientos de los personajes fluyen como aguas negras hacia el sumidero final. Con su estilo sombrío y devastador, Dagerman escribe una fábula opresiva y nihilista del fin de los tiempos (y del hombre), a través de la cual asoman muchas de las ansiedades y de los miedos de una Europa que ha sufrido el horror de la Segunda Guerra Mundial, y ha perdido, definitivamente, la inocencia. Sólo quedan la soledad y el más radical desamparo ante el vacío y el sinsentido de la existencia.

La isla de los condenados está considerada la obra maestra de Dagerman y ha sido comparada por J. M. G. Le Clézio con Los cantos de Maldoror de Lautréamont por su carácter iconoclasta y torrencial, no exento de un marcado humor autodestructivo.

«Sin lugar a dudas una de las novelas más inesperadas del siglo xx». J. M. G. Le Clézi 

 

LA SED DEL ALBA

Digamos que la ginebra, con una mezcla sutil de agua deshelada de un arroyuelo de montaña en caída vertical, con una pizca de hojas tempranas de acebo maceradas, cardamomo tostado sumergido en ácido gálico, bebida a toda prisa justo al alba, cuando la puerta del coche se cierra y aísla de la última risa, en fin…

       La mano derecha de Lucas Egmont se deslizaba en el sueño arrastrando un poco las yemas de los dedos por la arena áspera, encostrada por relucientes películas salinas. ¿Acarició una mejilla? Un gusano largo, blanco, pero con anillos articulares tan finos como el hilo, muy juntos y de un negro inescrutable, pareció emerger de pronto del chapoteo de aquellas ondas y, con impetuosidad aterradora, ascender retorciéndose por la ondulación tenue de la playa. ¿Existía de verdad o era sólo su miedo quien lo veía?

       Lucas Egmont yacía boca abajo con la pierna ilesa bien apretada contra el suelo, una posición fiable sólo en apariencia, ya que, muy poco después del atardecer, la arena empezaría a irradiar un frío afilado y agresivo que envolvería los miembros con una membrana inexorable, dura como una coraza, tanto más inflexible cuanto más cayera esta isla a través de la noche.

        Cayera, sí. ¿Acaso era él el único en notar que las noches ya no descendían desde un techo colocado en lo alto, o que el día no se insuflaba como un gas blanco en aquella envoltura negra? No, los cambios eran bruscos e imprevistos: velas que se encendían para dar una llama supuestamente digna de confianza, y luego el estrangulamiento repentino; aunque la mano que estrangula no se atisba siquiera. ¿Acaso era él el único en aquel planeta cadente, en aquella bola de piedra espolvoreada de arena que se precipitaba hacia el fondo del pozo del mundo? Estratos de aire atravesados de luz, con los ribetes verdes, estelas lila, llamas rojo intenso que cruzaban como el rayo y que clavaban cuñas cual colmillos de elefante hasta el centro mismo de nuestro núcleo tembloroso, que, camaleónicamente, cambiaba de color según los cambios de los pasajes. Bordes violáceos cuyo vínculo se veía brutalmente quebrado por una explosión de formaciones violentamente amarillas de alas de golondrina. Oscuridad extrema, el mismo aire, aunque el color en sí debía tener una consistencia capaz de frenar la velocidad de caída. La caída a través de la noche no era menos espantosa, pero se producía más lentamente, los enjambres de chispas que, en forma de estrellas, revoloteaban por la isla se elevaban despacio y podían observarse muy al fondo en una capa gris lechosa en la que se filtraban chorrillos diminutos como procedentes de una ubre gigantesca y escondida.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]