Ficha técnica

Título: La invención necesaria. Ensayos, cartas, poemas | Autor: William Carlos Williams | Traducción, prólogo y notas: Juan Antonio Montiel  | Edición: Ignacio Echevarría Editorial : UDP | Páginas: 314 | ISBN:  978-956-314-225-9 | Fecha de publicación: 2013

La invención necesaria

UDP

«La invención es la madre del arte», escribía William Carlos Williams en 1954. Y añadía: «Debemos inventar nuevas formas que suplanten a las que están gastadas». Poco antes, en 1948, en una carta dirigida a Jean Starr Untermeyer, Williams subrayaba la obligación que tenían los poetas como ella de «inventar una nueva prosodia basada en el mundo actual y válida para nosotros». Ésa era, según él, «la invención necesaria», algo que en aquellos días entrañaba el imperioso deber, por parte de los poetas que vivían y escribían en Estados Unidos, de adueñarse de su propia lengua, que para Williams hacía mucho que ya no era el inglés, sino lo que él llamaba, con provocadora insistencia, el «idioma estadounidense»: «un idioma nuevo e inesperado» cuyo desarrollo iba a depender «de quienes, como Whitman, han apostado por sus congéneres y por el orgullo de una raza emergente, la suya propia».

Reuniendo ensayos, charlas, poemas y cartas escritos en el transcurso de medio siglo, este volumen, apasionadamente armado y presentado por Juan Antonio Montiel, propone un acercamiento múltiple y cabal a la obra decisiva de William Carlos Williams, muy insuficientemente divulgada en lengua castellana, a pesar de los paralelismos que cabe establecer entre algunas de sus direcciones y las que determinaron el surgimiento en Latinoamérica de la antipoesía (conviene recordar que Williams tradujo algunos poemas de Nicanor Parra).

Profeta en su propia tierra, Williams no cesa aquí de proclamar el advenimiento de una nueva poesía adaptada a la medida, al ritmo, a la fluidez del habla común, liberada de las cargas de una tradición en la que ya no le cabe reconocerse. Lo hace con talante fundacional y abiertamente polémico, señalando estentóreamente enemigos y aliados de su causa, configurando el mapa de un nuevo continente poético al que apunta esa «otra» vanguardia en la que él mismo milita con riesgo y con ardor, y en la que cobran un destacado relieve la figura precursora de Poe y la nueva lengua ensayada por autores como Ezra Pound, Marianne Moore o E. E. Cummings.

 

PRÓLOGO

Fragmentos de un idioma nuevo

JUAN ANTONIO MONTIEL

Empezaré dando un pequeño rodeo. Antes de hablar de William Carlos Williams, me gustaría recordar un libro que el poeta y crítico literario Karl Shapiro publicó en 1965, y que lleva el sorprendente título de En defensa de la ignorancia. Aquel título no era un mero exabrupto, sino una toma de posición frente a un conflicto fundamental que el tiempo ha hecho cada vez menos evidente. Hoy en día, a los ojos de muchos, la vanguardia poética aparece con frecuencia como un movimiento más o menos homogéneo, caracterizado, si no por una general confianza en el futuro, sí por una especie de común huida hacia delante. No fue así, desde luego. Antes que otras muchas cosas, las vanguardias poéticas constituyeron un amplio espectro de especulaciones sobre la esencia de la modernidad, política y estéticamente diversas; incluso podría decirse que cada vanguardia postuló una modernidad distinta, y después reaccionó frente a ella. Algunos poetas se mostraron confiados en la tecnología como insignia del futuro. Otros, que partían de un decepcionante diagnóstico del estado del mundo, se entregaron a una intensa recapitulación de la tradición y del pasado: para ellos, la modernidad era un territorio devastado que sólo la tradición, una vez reconvertida y expurgada, podía recuperar para la vida humana. Hubo también quienes apostaron por una especie de reivindicación del presente, entendido como un ámbito desconocido y sin embargo abierto a la experiencia poética. Desde este punto de vista, la poesía se erigía en una vía de conocimiento del mundo a partir de la experiencia del poeta, no de su memoria o de su ambición, y ese conocimiento existencial, a su vez, venía a ser el único punto de partida válido para toda transformación ulterior.

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