Ficha técnica

Título: La inconcebible aventura del hombre que fue otro | Autora:  Manou Fuentes | Editorial: MalpasoFormato: Tapa dura | Dimensiones: 14x21cm | Páginas: 288 | ISBN 97884-1599-672-9 | Precio 18,50 euros

La inconcebible aventura del hombre que fue otro

MALPASO

La inconcebible aventura del hombre que fue otro, novela que supuso el espléndido debut de Manou Fuentes como escritora. Antes trabajaba en medicina y sólo escribía en trozos de papel que con suerte llegaban al rincón de un cajón, hasta que un día se puso a escribir esta divertida a la vez que profunda historia, «una especie de thriller metafísico o existencial», comenta la autora. Su protagonista, un antihéroe que se ve abocado a una sofocante aventura, interrumpe y desacelera la narración lineal con preguntas sobre el significado de la vida y sus anteriores hábitos de autómata.

Édouard Pojulebe es un caballero contable, solitario y no del todo infeliz que se administra una vida litúrgica donde ningún azar perturba el sosiego de lo previsible. Sólo destaca por su extravagante normalidad y por ese apellido inaudito que tantos disgustos le causó durante la infancia. Es verdad que su existencia resulta a veces algo monótona, pero la fortuna quiere que el tedio salte hecho añicos cierto día cuando un individuo se derrumba en la calle sobre su espalda. El desconocido intenta decirle algo antes de que la ambulancia lo traslade a una cama hospitalaria. ¡Menudo soponcio! Nuestro hombre decide entonces investigar los pormenores del asombro y descubre que el interfecto posee también el calamitoso nombre que lo atormenta.

La coincidencia onomástica y la muerte de su tocayo en circunstancias oscuras desencadenan una avalancha de acontecimientos ciertamente incómodos para la mesura de nuestro héroe, que se ve empujado a una fuga nada discreta y, lo que es aún más grave, a reinventar su propia persona, tarea heroica donde las haya. Porque no es fácil ser otro. Esta novela penetra en el túnel de la identidad con una dinámica mezcla de humor y perspicacia reflexiva que hará las delicias de los lectores. Al final, por cierto, se ve la luz. 

1

Todo se marchita para alejarse del peligro,
conservar lo que tenemos e ir tirando en paz.

Chateaubriand

La única singularidad que Édouard Pojulebe podía reivindicar en el transcurso de su existencia era el apellido que le había tocado. Excepto por este detalle, cuya importancia veremos a continuación, nada lo empujaba a salir de la banalidad. Un físico inocuo, una conducta discreta y el deseo de pasar inadvertido habían trazado de antemano su destino.

Durante sus primeros años escolares aún se pasaba lista en voz alta. Pojulebe había vivido muchas veces aquella experiencia y conocía bien la risa contagiosa que desencadenaba la simple lectura de su apellido: «Audibert… presente, Brettignier… presente, Chabrier… presente…». Cuando la lista llegaba a la letra pe, la pesadilla se hacía realidad una vez más: «Paturet… presente, Pelletier… presente… Pojulebe…». En cuanto se pronunciaba aquel nombre se desencadenaba la hilaridad en el aula. Los niños se volvían dándose codazos: «¿Pojulebe? ¿Quién es? ¿Quién es…?». Lo buscaban con la mirada y se partían de risa, lloraban de risa, hasta que el maestro, cansado del alboroto, ejercía su autoridad y, alzando la voz, mandaba callar a sus alumnos. Pojulebe nunca había entendido cuál era la gracia de su apellido. Lo que sí sabía era que aquel nombre se le había pegado a la piel y había grabado en su alma una herida de la que no se atrevía a hablar. Ni en la escuela, donde por supuesto evitaba el asunto, ni tampoco en su casa, donde nadie parecía afectado por llevar un apellido tan cómico que hacía carcajear al resto del mundo. No quería ofender a su padre (de quien había heredado el ingrato legado) ni entristecer a su madre (que nunca había mostrado molestia alguna al respecto): Édouard había cargado la pesada losa en silencio.

Con el paso de los años, y a pesar de este espinoso asunto, Pojulebe había ido ganando seguridad. Sus notas escolares reflejaban que era un chico aplicado e inteligente, con una cierta tendencia a la reflexión. Sus profesores de literatura mencionaban sus aptitudes para el análisis y la síntesis de textos, elogiaban la corrección de sus exposiciones, e incluso leían en voz alta algunos párrafos de sus escritos. Aun así, estas pequeñas hazañas no incitaban a Pojulebe a fanfarronear. Los otros, que no dejaban pasar la más mínima ocasión de burlarse de él, deberían haberlo tomado como ejemplo.

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