Ficha técnica

Título: La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty | Autor: William Makepeace Thackeray |Traducción: Ángeles de los Santos | Editorial: Periférica | ISBN: 978-84-92865-94-9 | | Colección: Largo recorrido | Páginas: 256 | Precio: 17,90 euros

La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty

PERIFÉRICA

He aquí la divertida y también «educativa» historia del joven Samuel Titmarsh, heredero de un famoso diamante y empleado en una compañía de seguros londinense. Prepárense para sonreír cada poco, pero también para soportar el peso de lo que solemos llamar «verdades como puños»: esta novela está tan llena de humor como de certezas sobre el género humano y sus ambiciones. La singular tía Hoggarty, el fiel amigo Gus Hoskins, el ambicioso empresario Brough y un sinfín de personajes más desfilan por estas trepidantes páginas cuyo eco llega, y muy vivo, hasta el presente.

«Cuando aparecí en el pueblo mi tía Hoggarty me regaló un alfiler con un diamante; mejor dicho, un guardapelo grande y anticuado. En medio del broche se veía a su esposo vestido de uniforme. Alrededor había trece mechones de pelo, pertenecientes a la docena larga de hermanas que el viejo caballero tenía. Y como todos estos ricitos compartían el color rojizo brillante de la familia, el retrato del señor Hoggarty parecía una gruesa loncha de ternera roja rodeada por trece zanahorias. Las zanahorias estaban colocadas en un plato de esmalte azul y parecía que la colección de pelos en cuestión iba a salir despedida del diamante. Mi tía, no hace falta que lo diga, era rica. Y yo pensaba que tenía tantas posibilidades de convertirme en su heredero como cualquier otro. Con frecuencia tuve que tomar el té con ella, aunque había Cierta Persona en el pueblo con quien me habría gustado pasear por los campos de heno en aquellas doradas tardes de verano.»

Un gran clásico del siglo XIX firmado por el autor de otras dos obras míticas: La feria de las vanidades y Barry Lyndon. 

CAPÍTULO I

DONDE SE HABLA DE NUESTRO PUEBLO
Y DEL PRIMER VISTAZO AL DIAMANTE

Cuando aparecí en el pueblo por segundo año mi tía Hoggarty me regaló un alfiler con un diamante; mejor dicho, no era un alfiler en ese momento, sino un guardapelo grande y anticuado, fabricado en Dublín en el año 1795, que el difunto señor Hoggarty solía lucir en los bailes de lord Lieutenant y otras ocasiones. Lo llevó, según contaba, en la batalla de Vinegar Hill, cuando gracias a su trenza pudo conservar la cabeza. Pero esto es irrelevante.

     En medio del broche se veía a Hoggarty con el uniforme escarlata del cuerpo de Fencibles al que pertenecía. Alrededor había trece mechones de pelo, pertenecientes a la docena larga de hermanas que el viejo caballero tenía. Y como todos estos ricitos compartían el color rojizo brillante de la familia, el retrato de Hoggarty parecía, para una mirada imaginativa, una gruesa loncha de ternera roja  rodeada por trece zanahorias. Las zanahorias estaban colocadas en un plato de esmalte azul y parecía que la colección de pelos en cuestión iba a salir despedida del Gran diamante Hoggarty (como lo llamábamos en la familia).

     Mi tía, no hace falta que lo diga, era rica. Y yo pensaba que tenía tantas posibilidades de convertirme en su heredero como cualquier otro. Durante el mes de vacaciones mi tía se mostró especialmente contenta conmigo. Con frecuencia tuve que tomar el té con ella (aunque había Cierta Persona en el pueblo con quien me habría gustado pasear por los campos de heno en aquellas tardes doradas de verano). Cada vez que tomaba aquel té negro suyo, ella me prometía que haría algo bueno por mí cuando volviera al pueblo, pero no: tan sólo tres o cuatro veces me invitó a cenar temprano y a jugar al whist o al cribbage después.

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