Ficha técnica

Título: La hija del sepulturero | Autor: Joyce Carol Oates| Editorial: Alfaguara | Traductor: José Luis López Muñoz |Precio: 24.50 € | Páginas: 688 | Formato: Rústica 15 x 24  | Publicación: 24 de Septiembre de 2008 | Género: Novela | ISBN: 978-84-204-7423-6 | EAN: 9788420474236

La hija del sepulturero

EDITORIAL ALFAGUARA

En 1936, los Schwart, una familia de inmigrantes desesperada por escapar de la Alemania nazi, se instala en una pequeña ciudad de Estados Unidos. El padre, un profesor de instituto, es rebajado al único trabajo al que tiene acceso: sepulturero y vigilante de cementerio. Los prejuicios locales y la debilidad emocional de los Schwart suscitan una terrible tragedia familiar. Rebecca, la hija del sepulturero, comienza entonces su sorprendente peregrinación por la «América profunda», una odisea de riesgo erótico e intrépida imaginación que la obligará a reinventarse a sí misma.

Joyce Carol Oates ha creado una pieza magistral de realismo mítico y doméstico, excepcionalmente emotiva y provocadora: un testimonio íntimo de la resistencia del individuo. En esta novela prodigiosa la violencia actúa como un faro iluminando una cultura y una época.

                                                  Prólogo

       «En la vida animal a los débiles se los elimina pronto.»

       Lleva diez años muerto. Diez años enterrado con la cabeza destrozada. Diez años sin que nadie lo llore. Cualquiera pensaría que su hija, esposa ya y madre, se habría librado de él a estas alturas. ¡Como si no lo hubiera intentado, maldita sea! Lo detestaba. Sus ojos de color queroseno, su rostro de una tonalidad como de tomate hervido. Rebecca se mordía los labios hasta dejárselos en carne viva de puro odio. Donde era más vulnerable, en el trabajo. Le oía incluso en la cadena de montaje de Niagara Fiber Tubing, donde el ruido la adormecía hasta hacerla caer en trance. Le oía mientras le castañeteaban los dientes por las vibraciones de la cinta transportadora. Le oía mientras la boca le sabía a boñiga seca de vaca. ¡Hasta qué punto lo detestaba! Se agachaba incluso si se le ocurría que podía ser una trampa, una broma de mal gusto, uno de sus estúpidos colegas que le gritaba al oído. Como si se tratara de los dedos de algún tipo palpándole los pechos a través del mono o metiéndole la mano en la entrepierna y ella paralizada, incapaz de apartar su atención de los trozos de tubería sobre la cinta de caucho avanzando a saltos y siempre más deprisa de lo que se quiere. Las condenadas gafas protectoras empañadas y haciéndole daño en la cara. Con los ojos cerrados y respirando por la boca el nauseabundo aire polvoriento, aunque sabía de sobra que no debía hacerlo. Un instante de vergüenza, que abrasa el alma, qué más da vivir o morir, que se apoderaba de ella a veces en momentos de agotamiento o de pesar y entonces buscaba a tientas el objeto sobre la correa que en aquel instante carecía de nombre, de identidad, de propósito, arriesgándose a que la troqueladora le enganchara la mano y le aplastase la mitad de los dedos antes de que ella, agitando la cabeza, pudiera librarse de su padre, que le hablaba calmosamente, sabiendo que se le oiría por encima del traqueteo de la máquina. «Por lo tanto, Rebecca, has de ocultar tus debilidades.» El rostro de Jacob tan pegado al suyo como si fuesen conspiradores. No lo eran, no tenían nada en común. No se parecían ni por lo más remoto. Rebecca detestaba el olor agrio de su boca. La cara que era un tomate hervido y estallado. Había visto explotar aquel rostro, convertido en sangre, cartílago, cerebro. Se había limpiado los restos de los antebrazos desnudos. ¡Se había limpiado aquella cara de la suya, maldita sea! Se había sacado fragmentos de entre el pelo. Diez años atrás. Diez años y casi cuatro meses. Pero Rebecca no olvidaría nunca aquel día. Rebecca no era de su padre. Nunca había sido suya. Tampoco era de su madre. No se advertía parecido alguno entre ellas. Rebecca era ya una mujer de veintitrés años, algo que la asombraba: haber vivido tanto tiempo. Haber sobrevivido a su padre y a su madre. Ya no era una niña aterrorizada. Era la esposa de alguien que era un hombre de verdad y no un cobarde llorica y asesino; un hombre que le había dado un hijo: un hijo que él, su padre muerto, no vería nunca. Qué placer le proporcionaba aquello: que su padre no viera nunca a su nieto. Que no pudiera verter palabras venenosas en los oídos del niño. Pero, de todos modos, se acercaba a Rebecca. Sabía cuáles eran sus puntos débiles. Cuándo estaba agotada, cuándo el alma se le reducía al tamaño de una pasa. En aquel lugar estruendoso donde sus palabras habían adquirido un ritmo de máquina poderosa y una autoridad que la golpeaba una y otra vez hasta lograr una aturdida sumisión.

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