Ficha técnica

Título: La gran guerra (1914-1918) | Autor: Peter Hart | Traducción: Joan Rabasseda y Teófilo de Lozoya | Editorial: Crítica | Colección: Memoria Crítica |Formato: 15,5 x 23 cm. | Presentación: Tapa dura con sobrecubierta | Páginas: 598 | ISBN: 978-84-9892-684-2 | Precio: 34,90 euros | Ebook: 14,99 euros

La gran guerra (1914-1918)

CRÍTICA

«La Gran Guerra -escribe Peter Hart, investigador del Imperial War Museum de Londres- fue el acontecimiento más importante del siglo XX». Fue la primera guerra que abarcó el mundo entero: millones de hombres murieron en combates en los que por primera vez se usaban aeroplanos, tanques, submarinos o gases asfixiantes. Cayeron imperios, surgieron nuevas naciones y nuevas ideologías; el mundo entero cambió.

Hart, autor de una serie de libros de investigación sobre las grandes batallas de la guerra, considerados por los especialistas entre los mejores en su género, ha realizado ahora la primera historia militar completa de la guerra en todos sus aspectos y en todos sus frentes. Una tarea que se ha basado en las colecciones de documentos y manuscritos que conserva el Imperial War Museum, fundado en 1917 para reunir toda la documentación acerca del conflicto; pero a la que Hart ha aportado además su conocimiento de los planes, las personalidades y las ideas de los hombres que dirigieron los combates.

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Camino de la guerra

Cualquiera que haya mirado a los ojos a un soldado moribundo en el campo de batalla se lo pensará dos veces antes de empezar una guerra.

Otto von Bismarck, canciller de Alemania.

Alemania estuvo en el corazón de la Gran Guerra. Se empiece por donde se empiece a examinar las causas de aquella terrible conflagración, los ojos se dirigirán sin equivocarse hacia el imperio alemán y el papel crucial que desempenó en el conflicto. Este imperio fue una creación del siglo xix, una federación de estados germanos, amalgamados y luego dominados por el reino de Prusia. El brazo ejecutor de este proceso durante su período crucial iniciado en 1862 había sido el canciller Otto von Bismarck, que se había revelado como un timonel de extraordinaria astucia a través de unas aguas sumamente agitadas. Aprovechando la fractura temporal del equilibrio de poder entre Rusia, Francia, Turquía y Gran Bretana tras la guerra de Crimea de 1854-1856, Prusia había provocado, combatido y ganado la guerra austro-prusiana en 1866, poniendo así fin a cualquier posibilidad de una unificación de estados alemanes bajo la influencia austríaca. A continuación estalló la guerra franco-prusiana de 1870- 1871, que acabó en una humillante derrota de los franceses, dejando una Alemania unificada como la potencia dominante en Europa, momento cruelmente simbolizado en 1871 en Versalles con la coronación del káiser Guillermo I como emperador alemán. Bismarck se dedicó a partir de entonces a evitar la guerra y a mantener el aislamiento internacional de Francia. Esta política alcanzó su momento de máximo apogeo en 1873 con la creación de la Liga de los Tres Emperadores por parte de Austria-Hungría, Rusia y Alemania. Esta alianza tan inestable por su propia naturaleza no tardó en romperse cuando surgieron serias discrepancias entre dos de los imperios, el de los Habsburgo y el de los Romanov, por las actividades de Rusia en los Balcanes, región que los austríacos consideraban que se encontraba dentro de su esfera de influencia. Aunque la unión de las tres potencias revivió en 1881, la cuestión de los Balcanes siguió creando tensiones, y al final se rompió la alianza en 1887. Mientras tanto, Bismarck se había asegurado en 1879 la Alianza Dual con Austria-Hungría, acuerdo defensivo que preveía el apoyo mutuo entre los dos imperios si uno de ellos era atacado por Rusia, o una neutralidad benevolente si la agresión se producía por parte de otra potencia europea (que en aquellos momentos significaba claramente Francia). Este pacto se vio ampliado cuando se sumó a él la Italia recién unificada para formar la Triple Alianza en 1882. Como precaución, en 1887 Bismarck también firmó el tratado de Reaseguro con Rusia, en virtud del cual el imperio del zar y el alemán garantizaban su neutralidad si uno de ellos era atacado por una tercera potencia, siempre y cuando el primero no atacara Austria-Hungría. Sus razones para tejer semejante red de tratados se ponen de manifiesto en un discurso profético pronunciado en el Reichstag en 1888 durante una de las crisis de los Balcanes:

Bulgaria, ese pequeno país entre el Danubio y los Balcanes, dista mucho de ser un objeto de la debida importancia… por el que hundir Europa, desde los Pirineos hasta Moscú, y desde el mar del Norte hasta Palermo, en una guerra cuya razón ningún hombre logra comprender. Al final de la contienda apenas sabríamos por qué habíamos luchado.

Canciller Otto von Bismarck

Pero la ascensión al trono del káiser Guillermo II ese mismo ano precipitó la caída de Bismarck. El nuevo emperador tenía para Alemania unas ambiciones muy distintas, relacionadas con la posibilidad de nuevas anexiones territoriales y de desempenar un papel primordial en el mundo, mientras que Bismarck se había concentrado en un asunto mucho más mundano, a saber, conseguir unos niveles de seguridad que ya se había sido alcanzado. Guillermo II soportaba cada vez menos la precavida política exterior y las conservadoras políticas sociales de su casi octogenario canciller, hasta que por fin decidió «despedir al timonel» en 1890.

Ni que decir tiene que Alemania contaba con diversas fuerzas inherentes a su naturaleza. Su unificación había coincidido con un auge impresionante en el campo de la industrialización que, a comienzos del siglo xx, había convertido una economía predominantemente agrícola en una gran potencia industrial europea. La producción de carbón, hierro y acero – pilar esencial de cualquier nación moderna- se había disparado. Pero Alemania también tenía un excelente sistema educativo que había permitido la alfabetización de casi toda su población. Este hecho dio lugar a una corriente constante de expertos en todo tipo de materias imaginables, así como a una comunidad científica, literaria y artística excepcionalmente viva. Alemania también podía ser considerada uno de los grandes centros de pensamiento progresista. Pero desde las entranas del estado su ejército permanecía al acecho. Dicho ejército era fruto de la fusión de las fuerzas armadas de los estados de Prusia, Baviera, Baden y Sajonia llevada a cabo con celeridad por oficiales del estado mayor altamente cualificados que inculcaban a sus unidades una doctrina militar común y se aseguraban de que recibieran un adiestramiento del más alto nivel. Uno de sus pilares era el sistema del servicio militar obligatorio, en virtud del cual alrededor del 60 % de los jóvenes eran llamados a filas al cumplir los veinte anos y recibían un adiestramiento exhaustivo durante dos anos (tres en el caso de la artillería y la caballería) antes de reincorporarse a la vida civil. Luego seguían recibiendo un entrenamiento anual con una unidad de reserva hasta los veintisiete anos, tras lo cual pasaban a una segunda unidad de reserva (la Landwehr), en la que permanecían hasta los treinta y nueve, cuando eran por último transferidos a la reserva terciaria (la Landsturm). Solo a los cuarenta y cinco anos quedaban por completo exentos de obligaciones militares con el estado. Este sistema creaba un arsenal humano de reservas perfectamente adiestradas que podían ser llamadas a filas con suma rapidez en caso de guerra, permitiendo una expansión masiva del tamano del ejército. El ejército alemán no podía ser considerado la expresión defensiva de una nación deseosa de asegurar sus fronteras. Antes bien, constituía una clara amenaza, que obligaba a la mayoría de los estados-nación de Europa a aumentar su poderío militar mediante sistemas similares de reclutamiento forzoso.

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