Ficha técnica

Título: La forma de las ruinas | Autor: Juan Gabriel Vásquez | Editorial: ALFAGUARA | Colección: Hispánica | Medidas: 155 X 240 mm| Formato: Tapa blando con solapa | Páginas: 560 | ISBN: 9788420419497 | Fecha publicación: enero/2016 | Precio: 18.90 euros | Ebook: 11,99 euros

La forma de las ruinas

ALFAGUARA

En el año 2014, Carlos Carballo es arrestado por intentar robar de un museo el traje de paño de Jorge Eliécer Gaitán, líder político asesinado en Bogotá en 1948. Carballo es un hombre atormentado que busca señales para desentrañar los misterios de un pasado que lo obsesiona. Pero nadie, ni siquiera sus amigos más cercanos, sospecha las razones profundas de su obsesión.

¿Qué conecta los asesinatos de Jorge Eliécer Gaitán, cuya muerte partió en dos la historia de Colombia, y de John F. Kennedy? ¿De qué forma puede un crimen ocurrido en 1914, el del senador liberal colombiano Rafael Uribe Uribe, marcar la vida de un hombre en el siglo XXI? Para Carballo todo está conectado, y las coincidencias no existen. Tras un encuentro fortuito con este hombre misterioso, el escritor Juan Gabriel Vásquez se ve obligado a internarse en los secretos de una vida ajena, al tiempo que se enfrenta a los momentos más oscuros del pasado colombiano.

Una lectura compulsiva, tan bella y honda como apasionante, y una indagación magistral en las verdades inciertas de un país que no acaba de conocerse.

La crítica ha dicho sobre el autor y su obra…

«Una de las voces más originales de la nueva literatura latinoamericana.» Mario Vargas Llosa

«[Los informantes es] un magnífico y aterrador estudio sobre cómo el pasado puede invadir el presente, y una fascinante revelación de un rincón poco conocido del teatro de la guerra nazi.» John Banville

«[Historia secreta de Costaguana es] un libro vívido, contundente, magistral.» Alberto Manguel, The Guardian

«Esta novela [El ruido de las cosas al caer] es el objeto verbal mejor logrado que he leído en toda la literatura colombiana de los últimos tiempos.» Héctor Abad Faciolince, El espectador

«Uno sale de esta novela [Las reputaciones] simplemente aturdido por la gran lección de literatura impartida por el autor.» Étienne de Montety, Le Figaro

I. El hombre que hablaba de fechas infaustas

La última vez que lo vi, Carlos Carballo estaba subiendo laboriosamente a una furgoneta policial, las manos esposadas detrás de la espalda y la cabeza hundida entre los hombros, mientras una leyenda en lo bajo de la pantalla informaba de las razones de su arresto: haber intentado robar el traje de paño de un político asesinado. Fue una imagen fugaz, capturada por casualidad en uno de los noticieros de la noche, después del acoso vocinglero de las propagandas y poco antes de las noticias deportivas, y recuerdo haber pensado que miles de televidentes compartían conmigo ese momento, pero que sólo yo hubiera podido decir sin mentira que no estaba sorprendido. El lugar era la antigua casa de Jorge Eliécer Gaitán, ahora convertida en museo, adonde llegan cada año ejércitos de visitantes para entrar en contacto breve y vicario con el crimen político más célebre de la historia colombiana. El traje de paño era el que Gaitán llevaba el 9 de abril de 1948, el día en que Juan Roa Sierra, un joven de vagas simpatías nazis, que había coqueteado con sectas rosacruces y solía conversar con la Virgen María, lo esperó a la salida de su oficina y le disparó cuatro tiros a pocos pasos de distancia, en medio de la calle concurrida y a plena luz del mediodía bogotano. Las balas dejaron orificios en el saco y en el chaleco, y la gente que lo sabe visita el museo sólo para ver esos oscuros círculos de vacío.

Carlos Carballo, hubiera podido pensarse, era uno de aquellos visitantes.

Esto ocurría el segundo miércoles de abril del año 2014. Al parecer, Carballo había llegado al museo a eso de las once de la mañana, y durante varias horas se le vio dando vueltas por la casa como un feligrés en trance, o de pie con la cabeza ladeada frente a los libros de Derecho Penal, o viendo el documental cuyos fotogramas de tranvías en llamas y gente iracunda con el machete en alto se presentan y se vuelven a presentar a lo largo del día. Esperó la partida de los últimos estudiantes de uniforme para subir al segundo piso, donde una vitrina guarda a la vista de todos el traje que llevaba Gaitán el día de su asesinato, y entonces comenzó a reventar el vidrio grueso a golpes de manopla. Alcanzó a poner la mano sobre el hombro del saco azul medianoche, pero no tuvo tiempo de nada más: el vigilante del segundo piso, alertado por el estallido, le apuntaba con su pistola. Carballo se dio cuenta entonces de que se había cortado con los vidrios rotos de la vitrina, y comenzó a lamerse los nudillos como un perro de la calle. Pero no parecía demasiado preocupado. En televisión, una jovencita de camisa blanca y falda escocesa lo resumió así: «Era como si lo hubieran agarrado pintando en la pared».

Todos los periódicos de la mañana siguiente hicieron referencia al robo frustrado. Todos se sorprendieron, con su hipócrita sorpresa, de que el mito de Gaitán siguiera despertando estas pasiones sesenta y seis años después de los hechos, y algunos compararon por enésima vez el asesinato de Gaitán con el de Kennedy, del cual se había cumplido medio siglo el año anterior sin que su poder de fascinación hubiera disminuido en lo más mínimo. Todos recordaron, por si hiciera falta, las consecuencias imprevisibles del asesinato: la ciudad incendiada por las protestas populares, los francotiradores apostados en las azoteas que disparaban sin orden ni criterio, el país en guerra de los años siguientes. La misma información se repetía por todas partes, con más o menos matices y más o menos melodrama y acompañada de más o menos imágenes, incluidas aquellas en que la turba furiosa, que acaba de linchar al asesino, arrastra su cuerpo semidesnudo por la calzada de la carrera séptima, en dirección al Palacio Presidencial; pero en ningún medio pude encontrar una especulación, por gratuita que fuera, sobre las verdaderas razones por las que un hombre que no está loco decide irrumpir en una casa protegida y llevarse por la fuerza la ropa agujereada de un muerto célebre. Nadie se hizo esa pregunta, y nuestra memoria mediática fue olvidando poco a poco a Carlos Carballo. Ahogados por las violencias de todos los días, que no dan tiempo ni para sentir desánimo, los colombianos dejaron que aquel hombre inofensivo se fuera diluyendo como una sombra en la tarde. Nadie volvió a pensar en él.

Es su historia, en parte, lo que quiero contar. No puedo decir que lo haya conocido, pero tuve con él un grado de intimidad que sólo consiguen quienes han tratado de engañarse. Sin embargo, para emprender este relato (que preveo a la vez prolijo e insuficiente) debo hablar primero del hombre que nos presentó, pues lo que me ocurrió después sólo tiene sentido si refiero las circunstancias en que llegó a mi vida Francisco Benavides. Ayer, caminando por los lugares del centro bogotano donde ocurrieron algunos de los hechos que voy a explorar en este informe, tratando de confirmar una vez más que nada se me ha escapado en su dolorosa reconstrucción, me descubrí preguntándome en voz alta cómo he llegado a saber estas cosas sin las cuales tal vez estaría mejor: cómo he llegado a pasar tanto tiempo pensando en estos muertos, viviendo con ellos, hablando con ellos, escuchando sus lamentos y lamentándome, a mi turno, de no poder hacer nada para aliviar su sufrimiento. Y me maravilló que todo hubiera comenzado con ciertas palabras ligeras, las que ligeramente pronunció el doctor Benavides para invitarme a su casa. En ese instante creí que aceptaba por no hurtarle mi tiempo a quien me había dedicado el suyo en un momento difícil, de manera que la visita sería un mero compromiso, una de tantas intrascendencias en que se nos va la vida. No podía saber cuánto me equivocaba, pues lo ocurrido aquella noche puso a andar una maquinaria de espanto que sólo se detendría con este libro: este libro escrito como expiación de crímenes que, aunque no he cometido, he acabado por heredar.

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