Ficha técnica

Título: La fiesta de la insignificancia | Autor: Milan Kundera | Traducción: Beatriz de Moura | Editorial: TusquetsPáginas: 144| Encuadernación: rústica con solapas | ISBN: 978-84-8383-928-7 | Precio: 14,90 euros

La fiesta de la insignificancia

TUSQUETS

El prestigioso autor de La insoportable levedad del ser vuelve al género novelístico con una desenfadada visión del mundo que recoge toda la esencia narrativa del autor. Los lectores esperaban con especial interés el regreso del gran escritor a este género, en el que Kundera
retoma temas clásicos en su obra como la maternidad, la sexualidad o el poder. Todo ello con un toque de humor.

Proyectar una luz sobre los problemas más serios y a la vez no pronunciar una sola frase seria, estar fascinado por la realidad del mundo contemporáneo y a la vez evitar todo realismo, así es La fiesta de la insignificancia.

Quien conozca los libros anteriores de Kundera sabe que no son en absoluto inesperadas en él las ganas de incorporar en una novela algo «no serio». En La inmortalidad, Goethe y Hemingway pasean juntos durante muchos capítulos, charlan y se lo pasan bien. Y en La lentitud, Vera, la esposa del autor, dice a su marido: «Tú me has dicho muchas veces que un día escribirías una novela en la que no habría ninguna palabra seria… Te lo advierto: ve con cuidado: tus enemigos acechan». Pero, en lugar de ir con cuidado, Kundera realiza por fin plenamente en esta novela su viejo sueño estético, que así puede verse como un sorprendente resumen de toda su obra. Menudo resumen. Menudo epílogo. Menuda risa inspirada en nuestra época, que es cómica porque ha perdido todo su sentido del humor. ¿Qué puede aún decirse? Nada. ¡Lean!

Ramón discute con Alain sobre la época de los ombligos 

Sí, era Ramón el que llamaba.

-Esta mañana la mujer de Calibán me ha llamado -le dijo a Alain-. Me ha hablado de vuestra juerga de anoche. Lo sé todo. Charles se ha ido a Tarbes. Su madre está agonizando.

-¡Dios mío! -exclamó Alain-. ¿Y Calibán? Cuando estuvo en mi casa se cayó de una silla.

-Me lo ha dicho ella. Y al parecer no ha sido poca cosa. Según ella, le cuesta caminar. Le duele. Ahora está durmiendo. Él quería ir con nosotros a ver la exposición de Chagall. No la verá. Yo tampoco, por otra parte. No soporto hacer colas. ¡Mira!

Hizo un gesto en dirección a la multitud que avanzaba lentamente hacia la entrada del museo.

-Tampoco es tan larga -dijo Alain.

-Quizá no sea tan larga, pero es repulsiva.

-¿Cuántas veces has llegado ya hasta aquí y te has vuelto a ir?

-Tres veces. De manera que, en realidad, ya no vengo aquí para ver a Chagall, sino para comprobar que de una semana a otra las colas son cada vez más largas, y por tanto el planeta está cada vez más poblado. ¡Míralos! ¿Crees realmente que, de repente, se han puesto todos a admirar a Chagall? Están dispuestos a ir a cualquier parte, a hacer lo que sea, tan sólo para matar el tiempo con el que no saben qué hacer. No conocen nada, de modo que se dejan llevar. Son magníficamente llevables. Perdóname, pero estoy de mal humor. Ayer bebí mucho. Decididamente bebí demasiado.

-Entonces, ¿qué quieres hacer?-¡Paseemos por el parque! Hace buen tiempo. Sí, sé que el domingo hay más gente. Pero no importa. ¡Mira qué sol!

Alain no protestó. En efecto, la atmósfera en el parque era apacible. Algunos corrían, otros paseaban, en el césped un círculo de personas hacía gestos extraños y lentos, otros comían helados, otros aún, al otro lado de unas alambradas, jugaban al tenis…

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