Ficha técnica

Título: La felicidad de los pececillos. Cartas desde las antípodas | Autor: Simon Leys |  Traducción: José Ramón Monreal |  Editorial: Acantilado  | Colección: El Acantilado, 218 | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-92649-88-4 | Páginas: 144 | Formato:  13 x 21 cm. | Encuadernación: Rústica cosida  |  PVP: 15,00 € | Publicación: 4 de Febrero 2011

La felicidad de los pececillos

ACANTILADO

Simon Leys es una singular voz libre, empeñado en desenmascarar lugares comunes, distorsiones morales y ciegos apriorismos. Autor de una docena de libros, en especial sobre arte y cultura chinas, pero también sobre literatura, el mar y la navegación, escribe regularmente para diversas publicaciones, entre las que destacan La Quinzaine Littéraire y el New York Review of Books. Sus paseos literarios, sus reflexiones sobre el arte y sus crónicas de diversa y variopinta consideración que hoy presentamos en lengua española dan siempre cuenta de una afilada inteligencia y una no menos inextinguible curiosidad en las que, en palabras de Jean-François Revel, «la ciencia y la clarividencia se mezclan maravillosamente con la indignación y la sátira».

En La felicidad de los pececillos –donde se reúnen todas las crónicas que Simon Leys publicó entre 2005 y 2006 en Le Magazine Littéraire, además de otras más antiguas aparecidas en otras revistas–, el escritor belga practica el arte de la depuración: en la brevedad de su propuesta reside la fuerza. Tomando como punto de partida sus lecturas, Leys reflexiona y desarrolla temas que constituyen auténticas lecciones de inteligencia y clarividencia. Artistas de todos los tiempos (Joseph Conrad, Jean Paul Sartre, Marcel Proust, etc.) son convocados en sus páginas, dando forma a valiosas anécdotas que en ocasiones resultan más atractivas que muchos estudios históricos. La necesidad que el ser humano tiene de la literatura, el duro combate contra la pedantería, el elogio de la pereza, el síndrome de la página en blanco, la vulgaridad del éxito, la ley del tabaco, y los escritores y su relación con el dinero, son algunas de las crónicas que se incluyen en este delicioso volumen.

«La felicidad de los pececillos es puro ingenio». Félix de Azúa, El Boomeran(g)

«Admiro la claridad de estilo de Simon Leys, que es el resultado de un pensamiento disciplinado y liviano». Czesław Miłosz

«Paseos literarios, reflexiones sobre arte y crónicas de nuestro tiempo, estos ensayos de Simon Leys nos ofrecen, una vez más, páginas incomparables, en las que la ciencia y la clarividencia se mezclan maravillosamente con la indignación y la sátira». Jean-François Revel

«Siempre es un placer leer a Simon Leys, admirar su curiosidad, su cultura, su libertad de espíritu. Disfrutar de su compañía es de lo más agradable en estos tiempos turbulentos». Josyane Savigneau, Le Monde

 

LA FELICIDAD
DE LOS PECECILLOS
EL SABER DESDE LO ALTO DEL PUENTE 

Samuel Butler compara la vida a un solo de violín que tenemos que interpretar en público mientras aprendemos la técnica del instrumento a medida que ejecutamos la pieza. Una buena descripción, y aplicable también a la muerte: Edmund Knox (antiguo redactor de Punch), agonizando de un cáncer, observaba graciosamente: «Lo malo de estas cosas es lo poco acostumbrados que estamos a ellas».

   La vida nos somete a unos tests en los que hemos de improvisar respuestas instantáneas. Pero el talento de la réplica no es dado a todo el mundo: unas veces respondemos algo que no tiene nada que ver, otras nos quedamos mudos; y tenía razón Valéry al asimilar la totalidad de la literatura a una vasta «venganza del esprit de l’escalier».

   Hace tiempo, cuando se produjo un trivial incidente cuyo pleno significado no se me reveló hasta que hubo pasado, no dije esta boca es mía, pero su recuerdo aún me abrasa. Fue con ocasión de un simposio de historiadores organizado por una respetable universidad. Un viejo profesor extranjero, invitado especial, acababa de hablar de la pintura de paisaje de los Song cuando un joven universitario local se adueñó de la tribuna y se lanzó a una larga y apasionada denuncia de la ponencia de su erudito predecesor en el uso de la palabra. No se puede decir que su diatriba fuese muy original, pues rebosaba de todos los lugares comunes de la corriente maoísta, entonces en boga. Apoyado por una entusiasta claque de admiradores autóctonos, el tribuno revolucionario nos explicó que había que estar ciego por culpa de todos los prejuicios del elitismo burgués para admirar la pintura china antigua, obra de explotadores y de parásitos, mientras que el verdadero arte de China-que los mandarines académicos se obstinaban en ignorar-era producido por las masas populares de campesinos, obreros y soldados. En pocas palabras, el latiguillo habitual en la época, totalmente olvidado hoy. La violencia de este ataque sorprendió al viejo profesor, hombre frágil y refinado, pero permaneció en silencio. No quedaba, por lo demás, tiempo ya para el debate, y el presidente levantó precipitadamente la sesión.

   Entre la concurrencia, formada en su mayor parte por gente educada y cortés, se había dejado sentir una incomodidad muy real; pero, en general, cuando a unas personas decentes se las enfrenta a una indecencia masiva, procuran aparentar por todos los medios que no pasa nada.

   De hecho, lo más chocante del caso no fueron las banales vociferaciones del joven energúmeno, sino el silencio que guardamos todos nosotros. De repente comprendí la verdad de la frase de Hugo: «Todo sabio es un poco cadáver». Esa reunión académica olía a chamusquina.

   Aun desaprobando las malas maneras de su ardoroso colega, la mayoría de aquellos universitarios consideraba en el fondo que, en un debate intelectual, toda opinión es respetable; nadie parecía comprender que lo que se acababa de oír no era una opinión entre otras, sino una constatación de la defunción de la idea misma de universidad. En efecto, lo que el joven ideólogo había proclamado-sin provocar la menor refutación-era lo ilegítimo de los juicios de valor; pero si la verdad no es más que un prejuicio de clase, toda la empresa universitaria queda reducida a una farsa absurda. ¿Cómo se podría estudiar, por ejemplo, la literatura y las artes sin referirse a la noción de calidad literaria y artística? Sin esta referencia, los dibujos animados de Superman y los folletines sentimentales de Barbara Cartland constituirían un tema de estudio tan válido como las obras de Shakespeare y de Miguel Ángel. Es ésta, por lo demás, la conclusión ampliamente adoptada hoy por la universidad.

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