Ficha técnica

Título: La estación del sol | Autor: Shintaro Ishihara | Traducción:  Yoko Ogihara y Fernando Cordobés | Editorial: Gallo Nero | Colección: Narrativas | Dimensiones: 14 x 19 |ISBN: 978-84-941087-9-2 |Páginas: 208 | Precio: 18,00 euros

La estación del sol

GALLO NERO

Violentas y sensuales, las historias de La estación del sol componen un retrato de los adolescentes japoneses en los años cincuenta, inmortalizados en su afán de rebelión inconsciente contra los códigos morales del antiguo Japón.

Es una juventud que no busca una moralidad moderna y real que reemplace a la antigua, sino una antimoralidad hecha de sexo indiscriminado, brutalidad y placeres momentáneos; es la generación conocida como la Tribu del Sol.

Elogiada por Yukio Mishima, la obra se alzó en 1955 con el Premio Agutagawa, el galardón literario más prestigioso de Japón. El libro se convirtió en un best-seller, al que siguieron dos adaptaciones a la gran pantalla que consagraron a sus protagonistas como ídolos adolescentes.

La obra de Ishihara, surgida de las cenizas de la guerra, es una radiografía del boom posbélico que da cuenta de la inevitable caída de los valores tradicionales y del auge del materialismo en un mundo cada vez más acelerado. 

PÁGINAS DEL LIBRO

Los sentimientos que Tatsuya albergaba hacia Eiko eran parecidos a la fascinación que sentía por el boxeo. La joven le procuraba esa especie de placer entreverado de pasmos que solo conocen los boxeadores cuando están a punto de ser abatidos en una esquina del ring, cuando forcejean para defenderse de una serie del adversario.

     Tatsuya apreciaba el goce y la franca alegría que sentía en el momento de recuperar el vigor, cuando rectificaba sus pasos después de que le hubieran golpeado. Lo mismo sentía entre asaltos, en ese minuto de descanso y espera al sonido de la campana, cuando el entrenador le masajeaba los hombros susurrándole algunos consejos. En realidad no prestaba atención a sus palabras. En lugar de eso, sentado en la esquina opuesta del cuadrilátero, fulminaba a su adversario con una terrible mirada dominado por el impulso de abalanzarse contra él en el nuevo asalto, sin dejarse vencer por la impaciencia en ese instante en el que se dispone de algo de tiempo para tantear al enemigo. Solo entonces, Tatsuya se sentía de verdad él mismo. Satisfecho, esperaba ese placer que le hacía sonreír. Acechaba a su rival, que también aprovechaba para rumiar su plan de ataque. Esa buena predisposición suya en el momento crucial, le granjeó una reputación de combatiente excepcional. Pero los espectadores tomaban por intrepidez lo que en realidad era pura y simple emoción. Quizá por eso, Tatsuya no llegó a acostumbrarse de verdad al combate. A pesar de sus mañas, nunca llegó a tener la sangre fría, aunque al menos siempre fue un entusiasta del boxeo.

     Le gustaban todos los deportes, pero solo el boxeo le parecía rico en belleza y sensaciones. Su considerable estatura, su agilidad, le predisponían más al baloncesto. De hecho, formó parte de un club durante un año, pero era una molestia para el equipo. En los partidos se apoderaba de la pelota, driblaba, regateaba por toda la cancha y odiaba pasar.

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