Ficha técnica

Título: La escucha oblicua. Una invitación a John Cage | Autor: Carmen Pardo | Editorial: Sexto Piso | Colección: Ensayo Sexto Piso | ISBN: 978-84-15601-66-1 | Páginas: 200 | Precio: 20 euros

La escucha oblicua

SEXTO PISO

En La escucha oblicua. Una invitación a John Cage, la filósofa y escritora Carmen Pardo aborda de manera magistral la obra de ese enigma viviente que fue John Cage. Sin embargo, no se trata de una mera biografía musical, sino de un lúcido esfuerzo por situar a Cage como uno de los grandes genios de la música contemporánea, alguien que revolucionó la manera de concebir y escuchar música, y que no dudó en prestarse a experimentos como meterse en una cámara aislada en la Universidad de Harvard para demostrar que ni en las condiciones más extremas existe el silencio total, pues la vida implica necesariamente el ruido. Cage quería desautomatizar nuestra percepción reduccionista y narrativa de la composición, y liberar así al sonido de todas sus representaciones, de todos los acuerdos con un sentido previo. Sabía que había que dejar de pensar para, al fin, poder escuchar.

La escucha oblicua. Una invitación a John Cage trasciende con creces el ámbito estrictamente musical, pues rastrea las relaciones de Cage con otros artistas (como el coreógrafo Merce Cunningham o el director de teatro Robert Wilson) y otras disciplinas (desde su inclinación por el budismo zen como alumno de D. T. Suzuki hasta sus aproximaciones al Finnegans Wake joyceano) y el modo en que estos intereses y conexiones confluyeron para formar parte de su filosofía y obra musical. La autora se centra sobre todo en explorar los límites de un canon que Cage quiso expandir con la intención de abarcar como música toda una gama de sonidos, incluido el silencio. Nuevos paisajes sonoros que antes de John Cage hubiera sido un sacrilegio considerar como parte del arte musical.

I. EN LOS SILENCIOS DEL PENSAMIENTO: UN V IAJE A TRAVÉS DE L A REPRESENTACIÓN Y EL SENTIDO

Trazos de una vida Hay tal vez voces que marcan una época, voces que son audibles en medio del murmullo que pretende articular el tiempo. Hay tal vez voces que permiten entonar el propio tiempo desvelando las tensiones que conducen a unos modos determinados de obrar y contar. Si existieran tales voces, en el siglo xx destacaría sin duda la voz de John Cage. Pero ¿quién fue John Cage?, ¿un músico?, ¿un pensador?, ¿un pintor?, ¿un micólogo? Ninguna de estas acotaciones por sí misma podría ofrecer el entramado que acordó el tono de esa voz, y es que no parece legítimo hacer entrar en estos límites a alguien que con su pensamiento y sus acciones indicó el modo de escapar a toda voluntad de categorización. El micólogo que ganó el concurso de la rai pinta la serie 17 Drawings by Thoreau y compone 4’33», también escribe obras como Silence, y todo en continuidad, como es lo propio de la vida. Por ello, la única definición posible es tan sólo la que él mismo, jugando con su apellido, ofreció a un periodista: «Salid de la jaula, poco importa en la que se esté». La voz de Cage sería entonces aquella que en su resonar quiere quebrar los muros que delimitan un espacio, cualquier espacio, para mostrar que esos muros se construyen con ideas, con valores, con prejuicios. Unos muros que contribuyen a fragmentar la experiencia y a reconducirla haciéndola recorrer los cauces del pensamiento. Y de entre esos muros, serán los que limitan el ámbito musical los que tensarán aquí el oído. Se seguirá el hilo de esa voz que quiere atravesar el pensamiento para dejar ser al sonido. La voz de un músico que decidió prestar su oído al sonido, a todos los sonidos que laten en el silencio.

John Cage, nacido en 1912 en Los Ángeles e hijo de un inventor, descubrió de nuevo la música, al tiempo que daba cuenta del grado de invención que supone toda música. Estudió piano con su tía Phoebe James y con Fannie Charles Dillon. A los doce años conducía un programa de radio para los scouts de América. Su trabajo consistía en contactar con scouts que tocaran algún instrumento o que explicaran sus experiencias. El programa se mantuvo durante dos años.

Estudia arte con Josep Pijoan, quien en 1930, y ya en París, lo pone en contacto con el arquitecto Ernö Goldfinger para que lo instruya en la arquitectura moderna, aunque éste le propone dibujar columnas griegas. Después de una estancia de seis meses en París y de viajar por Europa y el Norte de África, se instala en Mallorca, donde por primera vez se dedica a la composición musical y a la pintura. Sus primeras composiciones son piezas breves en las que aplica un sistema matemático inspirado en las estructuras de las obras de Johann Sebastian Bach. De esta época no ha quedado ningún fruto.

De vuelta a los Estados Unidos, en 1931, conoce a Richard Buhlig, quien lo anima a seguir componiendo. En 1933 muestra a Henry Cowell sus composiciones realizadas con la serie de veinticinco tonos que había ideado y éste lo prepara para que posteriormente comience clases con Schoenberg, a quien encontrará en 1934. De su época con Schoenberg es conocida la opinión que el compositor austríaco tiene de su alumno: según él, Cage no posee ningún sentido de la armonía; no es un músico, es un inventor. Y, ciertamente, Cage se revelará como el inventor de una armonía nueva.

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