Ficha técnica

Título: La encantadora de Florencia | Autor: Salman Rushdie | Traductor: Carlos Milla Soler | Editorial: Mondadori | Colección: Literatura Mondadori  | Publicación: 20 de febrero | ISBN: 978-84-39721-59-8 | EAN: 9788439721598 | Precio: 22,90 € | Páginas: 336 | Formato: Tapa dura |  Medidas: 140 x 240 mm

La encantadora de Florencia

MONDADORI

 

En su nueva novela, Salman Rushdie vuelve con la suntuosa mezcla de historia y fábula de Hijos de la medianoche para reconstruir el apasionante periodo histórico de luchas e imperios magníficos que finalmente dieron lugar a la India.

A finales del siglo XVI, un extranjero llega a la corte de Akbar el Grande, emperador del Imperio mogol, en la fastuosa ciudad de Fatehpur Sikri. Es el portador de un secreto que podría traerle la mayor de las fortunas o costarle la vida. Un secreto digno solo de los oídos del emperador: la historia de una mujer misteriosa, dueña de una belleza cautivadora y versada en las artes del encantamiento y la brujería, y de su viaje imposible a la lejana Florencia.

La encantadora de Florencia es la historia de una princesa olvidada, su doble, un emperador poderosísimo enamorado de una mujer imaginaria, guerreros seducidos al final de cada batalla, un extranjero y su secreto, elefantes que deciden el destino de los hombres, prostitutas arteras y una ciudad imposible.

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EN LA POSTRERA LUZ DEL DÍA,

EL LAGO RESPLANDECIENTE

En la postrera luz del día, el lago resplandeciente al pie de la ciudad-palacio parecía un mar de oro fundido. Un viajero que pasara por allí al ponerse el sol -ese viajero, que pasaba por allí, ahora, por el camino a orillas del lago- acaso creyera estar acercándose al trono de un monarca tan fabulosamente rico que podía permitirse verter parte de sus tesoros en una gigantesca hondonada para encandilar y sobrecoger a sus invitados. Y a pesar de su gran tamaño, el lago de oro debía de ser solo una gota extraída del mar de una fortuna mayor… ¡la imaginación del viajero no empezaba siquiera a abarcar la magnitud de ese océano madre! Y no había guardián alguno en la orilla del agua dorada. ¿Tan generoso era, pues, el rey que permitía a todos sus súbditos, y quizá incluso a los forasteros y visitantes como el propio viajero, extraer del lago esa merced líquida sin impedimento alguno? Ese sería ciertamente un príncipe entre los hombres, un verdadero Preste Juan, cuyo reino perdido de cantares y fábulas contenía prodigios imposibles. ¿Quizá (infería el viajero) la fuente de la eterna juventud se hallaba dentro de las murallas de la ciudad, o quizá incluso estaba a un paso de allí la legendaria puerta del Paraíso en la Tierra? Pero entonces el sol se escondió tras el horizonte, y el oro se sumergió bajo la superficie del agua y se perdió. Sirenas y serpientes lo guardarían hasta que despuntase el alba. Entretanto, el agua sería el único tesoro al alcance de la mano, dádiva que el viajero sediento aceptó agradecido.

El forastero viajaba en una carreta tirada por un buey, pero en lugar de ir sentado en los bastos almohadones del interior permanecía de pie como un dios, sujeto, tan campante, al adral de rejilla. La marcha de una carreta de dos ruedas distaba mucho de la estabilidad, sumándose a las veleidades del camino las sacudidas y el continuo zarandeo al ritmo de las pezuñas del animal. Un hombre de pie podía fácilmente caerse y partirse el cuello. Así y todo, el viajero iba de pie, en apariencia despreocupado y contento. Hacía ya rato que el carretero había desistido de darle voces, al principio tomando al forastero por necio: si quería morir en el camino, allá él; en este reino, nadie se compadecería. Con todo y con eso, el desdén del carretero no tardó en dar paso a una remisa admiración. Aquel hombre bien podía ser un necio, cabía decir incluso, si a eso fuéramos, que tenía la cara en exceso hermosa de un necio y, como un necio, vestía de manera poco apropiada -un ropón de cuero hecho de rombos multicolores, ¡con semejante calor!-, pero mantenía un equilibrio impecable, muy digno de verse. El buey avanzaba con paso cansino, las ruedas de la carreta tropezaban en baches y piedras, y aun así aquel hombre, allí de pie, apenas oscilaba y, de algún modo, conseguía lucir un porte airoso. Un necio airoso, pensó el carretero, o acaso no fuera necio en absoluto. Quizá fuera un hombre a quien tomar en cuenta. Si algún defecto tenía, era el de la ostentación, el de pretender no ser solo él mismo, sino también una interpretación de sí mismo, y, pensó el carretero, por estos pagos todo el mundo es un poco así, o sea que tal vez este hombre no nos sea tan ajeno después de todo. Cuando el pasajero mencionó su sed, el carretero, sin más ni más, fue a la orilla del lago a recoger agua en una vasija, una calabaza vaciada y barnizada, con la que dar de beber a aquel individuo, y se la acercó para que la cogiese, como si fuera un aristócrata merecedor del servicio.

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