Ficha técnica

Título: La dichosa importancia de la belleza |Autora: Amanda Filipacchi | Editorial: Turner | Colección: El Cuarto de las Maravillas | Encuadernación: Rústica con solapas | Dimensiones: 15 x 23 | Páginas: 264 | ISBN: 978-84-16142-18-7 | Precio:19,90 euros

La dichosa importancia de la belleza

TURNER

En el centro de Nueva York un grupo de amigas luchan contra los ideales de belleza impuestos por la sociedad. Barb es demasiado hermosa y teme que nadie sepa ver más allá. Lily, por el contrario, intenta desesperadamente atraer al hombre que la ha rechazado, sin ser deforme, es sencillamente horrorosa, de una «fealdad inoperable», pero compone una música que la hace parecer muy bella. Mientras tanto, un asesino anda suelto. Un cuento de hadas contemporáneo que se mueve entre el género policiaco y la farsa surrealista.

Esto, claro, no es una novela realista: es una novela sobre nuestro tiempo, como si Lubitsch dirigiera un episodio de Friends. O como si Wes Anderson adaptara Diez negritos al cine. Porque aquí también hay un asesino suelto. Y un muerto que sigue enviando cartas. De eso va el libro, de eso y de la amistad, el suicidio y los porteros de edificios.

Amanda Filipacchi fue operada de estrabismo cuando tenía seis años, y sabe que la belleza depende del ojo que la mira. Sin embargo, y aunque La dichosa importancia de la belleza se ceba en la vanidad y en nuestra actual obsesión por el físico, Filipacchi nunca plantea lugares comunes; al contrario, escribe contra ellos.

La belleza tiene poder. Ahí está la tragedia.

DRA. MIRIAM LEVY (psicóloga clínica)

Estoy esperando la llegada de mi nueva paciente sin sospechar que en menos de una hora se revelará como la más interesante que he tenido jamás.

Se llama Barb Colby. Cuando hablamos por teléfono me dijo que tenía veintiséis años, pero a la mujer que entra en mi consulta con paso vacilante yo no le echaría menos de cuarenta. Tiene bastante sobrepeso, es alta, lleva gafas y tiene el pelo gris y encrespado. Sin embargo, al observar su cara con más atención advierto que no tiene arrugas. Tal vez no me haya mentido sobre su edad.

Se sienta.

-¿En qué puedo ayudarla? -le pregunto.

-Mi madre quiere que haga terapia, es su último deseo.

-Vaya, cuánto lo lamento. ¿Su madre se está muriendo? -Lo anoto en el cuaderno.

-No, disfruta de una salud espléndida, afortunadamente.Hace tiempo que me lo pidió. Quiso que el deseo se lo concediera de regalo de cumpleaños, pero entonces yo no le hice caso.

Tacho lo que he anotado.

-¿Por qué quiere su madre que haga terapia?

-Porque mi visión le disgusta.

-¿Su visión de… la vida? -sugiero, procurando no soltar una segunda impertinencia.

-Podría ser, pero yo me refiero a la visión de mi cuerpo. A mi aspecto.

-Ah. ¿Y ella cree que lo mejor es abordar el asunto psicológicamente?

-Sí.

-¿En vez de apuntándose a un gimnasio o con un cambio de look, por ejemplo? -pregunto para confirmar.

-Exacto.

-¿Y qué es lo que no le gusta de su aspecto? -La respuesta parece evidente, pero más vale no volver a dar nada por sentado.

-No le gustan ni mi pelo ni mi gordura ni mi ropa ni mis gafas.

Voy tomando notas en el cuaderno mientras habla. Asiento con la cabeza.

-Entiendo -digo-. Me alegro de que su madre la haya convencido de que busque ayuda. Creo que yo podré ayudarla. En la consulta trato a muchas mujeres con la autoestima baja. Creen que no son atractivas, pero el modo en que la sociedad actual…

-Yo no me considero poco atractiva -dice ella.

-Muy bien. Fantástico. De todos modos, eso no es algo en lo que las mujeres reparen de forma consciente. Así que me gustaría que estuviera abierta a la posibilidad de que tal vez, en el fondo, se sienta usted poco atractiva sin ser consciente de ello. Y si ése fuera el caso, podría llegar a creer que tratar de mejorar su aspecto no tiene ningún sentido.

-Sí, pero no. No me considero poco atractiva. Y a nivel inconsciente tampoco.

Sonrío.

-Tratándose del inconsciente, eso no puede saberlo.

-Sus comentarios están totalmente influidos por el hecho de que usted sí me considera poco atractiva -me responde-. Si le pareciera guapa no daría a entender que inconscientemente me veo fea.

-No hace falta que se ponga a la defensiva. Y, de todos modos, lo que yo piense no importa. Lo que importa es lo que piensa usted. Quiero ayudarla a verse guapa.

-Yo ya me veo guapa.

-Me alegro. Y me gustaría conseguir que, pasito a pasito, fuera usted trabajando su aspecto cada vez más, si eso es lo que quiere.

-Yo ya trabajo muchísimo mi aspecto.

-Supongo que su madre no pensará lo mismo, ¿me equivoco? Por eso está usted aquí.

-Sí, piensa lo mismo que yo. Lo que quiere es que lo trabaje menos.

-¿Menos? ¿En qué sentido le gustaría que trabajara menos su aspecto?

¿Podría ponerme un ejemplo?

Se queda callada.

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