Ficha técnica

Título: La dama y los laureles Autor:  Leonard Merrick  | Posfacio: William Dean Howells  | Ilustración: Hollie Chastain | Traductor: Julia Osuna Aguilar | Editorial:  Ardicia  | Páginas: 104 | ISBN: 978-84-942916-1-6 | Precio: 14,50 euros

La dama y los laureles

ARDICIA

William Childers, recién licenciado en Oxford y poeta en ciernes, es enviado por su madre a Sudáfrica, donde esta espera que su tío Somerset pueda hacer carrera de él en los campos de diamantes. Pero las escasas aptitudes comerciales del muchacho harán que termine ocupando un puesto de escribiente en el soporífero juzgado del poblado de Du Toit’s Pan, donde los días transcurren monótonamente. Sin embargo, su abúlica existencia dará un giro radical cuando, durante una gira por el país, la archifamosa actriz Rosa Duchêne se cruce en su camino, cambiando su vida para siempre.

En La dama y los laureles (1908), historia de tintes autobiográficos que sería llevada al cine por Cecil B. DeMille en 1921 y que, diez años más tarde, conocería una nueva versión de la mano de Berthold Viertel, Leonard Merrick narra de manera exquisita una tierna y agridulce historia sobre los equívocos del amor, las ironías del destino y las múltiples caras de la verdad. 

«Merrick no es un seguidor de la novela al uso, sino que asume todas sus libertades como creador.» Herbert George Wells

«No hay nadie que posea el arte de contar mejor una historia, ese don que consiste en hacer que nos estemos siempre preguntando qué sucederá en la página siguiente.» James Matthew Barrie

«Merrick siempre ha mantenido la difícil y desinteresada lucha por el arte de la escritura entre las distracciones vulgares e insulsas de nuestra civilización comercial.» Gilbert Keith Chesterton 

I

Cuando a Willy Childers lo mandaron a Sudáfrica, lo enviaron al último país sobre la faz del orbe habitado en el que habría podido encajar. Ciertamente, es cuestionable que hubiese triunfado en la vida en cualquier otro sitio, pero allí estaba tan fuera de lugar que clamaba al Cielo. Al menos en París, una vez aprendido el idioma, se habría sentido en casa; o en un contexto londinense más afín a su persona habría acabado adaptándose con el tiempo. Pero en los campos de diamantes, un joven con aspiraciones de poeta, que además ya escribía versos, era una incongruencia que se resistía a cualquier comparación.

     En su descargo, hay que decir que era consciente de que su presencia en aquel lugar resultaba absurda y merecía las burlas que propiciaba; por eso, aborrecía los «campos» con un odio más profundo que ningún otro miembro de su sudorosa población. Además, no pudo llegar al punto de cambiar su naturaleza para volverse raudo y emprendedor, ni ganas que tenía. No ponía reparos a su idiosincrasia, sino a lo que lo rodeaba. «Los pagarés y las acciones eran para él rimas afortunadas» y estaba seguro de que sus «metros melodiosos» acabarían procurándole la gloria. Habría preferido que lo dejaran en paz, con una buena pila de papel para escribir, antes que hacer el trabajo de cualquier corredor de bolsa.

     Y como corredor de bolsa empezó. Su tío, Blake Somerset, era el encargado de la compañía de minas Fortunatus, con sede en Bultfontein. Cuando Willy regresó de Oxford, Somerset escribió a la quinta de su hermana en Dulwich diciéndole que al muchacho «se le habían acabado todas esas boberías de la dichosa universidad, y más le valía meterse en faena para intentar ganarse la vida».

     Hay que admitir que Willy no había causado precisamente sensación en la facultad, ni tampoco demostraba habilidades particulares para ninguna profesión reconocida. Con todo y con esto, la sugerencia de ir a Sudáfrica le pareció de lo más descabellada. Había coqueteado vagamente con la idea de recibirse como abogado y conseguir un gabinete agradable donde poder escribir poemas todo el día sin que nadie lo molestara. Pero no había contado con su madre, ni con la fe de esta en el juicio de su hermano.

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