Ficha técnica

Título: La cultura de la cursilería. Mal gusto, clase y kitsch en la España moderna | Autora: Noël Valis | Editorial: A. Machado Libros | Colección: Pensamiento | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-7774-834-2 | Páginas: 385 | Formato:  16,5 x 24 cm. | Encuadernación: Rústica | PVP: 23,00 € | Publicación: 2010

La cultura de la cursilería

A. MACHADO LIBROS

Como lo kitsch, lo cursi evoca la idea del mal gusto, pero es un concepto con más implicaciones. La cursilería ha sido un fenómeno cultural muy difundido en la sociedad española desde el siglo XIX, el poder europeo más resistente a la modernización económica y social. Un país caracterizado por una nostalgia de la jerarquía social pareja al desarrollo de su nueva clase media.

En «La cultura de la cursilería», Noël Valis examina en profundidad los significados sociales de lo cursi en la España de los dos últimos siglos, asignándole un papel principal en el desarrollo de la cultura burguesa.

Con un amplio conocimiento de la literatura, las tradiciones populares y la cultura de las emergentes sociedades industriales, Valis ve en lo cursi la disparidad entre las viejas y las nuevas maneras de ser, la entrega incómoda y desasosegada de España a las fuerzas de la modernidad.

 

INTRODUCCIÓN

 

No hay cuestiones pequeñas; las que lo parecen son cuestiones
grandes no comprendidas.

Santiago RAMÓN Y CAJAL, Los tónicos de la voluntad 

 

¿CUÁNDO EMPIEZA un libro? Los principios de este libro se remontan a una fecha muy concreta, aunque en ese momento no fui consciente de ello: el 21 de enero de 1986. Acababa de llegar a Madrid dispuesta a trabajar en un proyecto que creía que iba a versar sobre la persistencia del romanticismo en la literatura moderna española. En el aeropuerto de Barajas me tiré exhausta en un taxi. Tenía la radio puesta, y por la voz solemne del locutor intuí que había pasado algo importante. «¿Qué ha pasado?», pregunté. «El alcalde ha muerto», me dijo el taxista. Era Enrique Tierno Galván, el alcalde más popular que había conocidoMadrid, aunque una elección peculiar para ese puesto: académico e intelectual, había fundado el clandestino Partido Socialista del Interior en 1967, quemás tarde se convertiría en el Partido Socialista Popular, que a su vez se incorporaría en 1976 al más poderoso Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Felipe González.

    Yo había conocido a Tierno Galván. Había sido profesor invitado en el Bryn Mawr College en 1969, donde dio un seminario sobre la filosofía de Ortega y Gasset. En aquel tiempo era un investigador errante, ya que Franco lo había expulsado de la Universidad de Salamanca por apoyar las protestas de los estudiantes. Yo era una estudiante en el segundo año de mi licenciatura, demasiado llena de mí misma como para sentirme debidamente impresionada por la presencia de Tierno. El ambiente político en los campus americanos era muy tenso a finales de los sesenta; recuerdo calurosos debates sobre Nixon y la Convención Democrática de Chicago en mi clase de poesía española. El choque ideológico que experimenté en el seminario de Tierno, dado nuestro completo desacuerdo sobre la relación de Ortega y Gasset con el fascismo, no fue menos intenso por ser muy teórico. Tierno, o «el viejo profesor», como se le llamaba cariñosamente, no cedió ni un palmo en su convicción de que Ortega y Gasset tenía tendencias fascistas. Tierno era discreto, casi sacerdotal en sus formas, pero duro como el acero en sus convicciones y argumentos, siempre elegantemente afinados y sutiles.

    Años después, en 1985, estuvimos de nuevo en contacto, y en términos mucho más amistosos. Le escribí preguntándole si estaría interesado en hablar en un simposio sobre Leopoldo Alas (Clarín). Sorprendentemente, dijo que sí. Pero no lo hizo. En ese momento se estaba muriendo, pero yo no lo sabía. Hubo algo extraño en el hecho de que llegara el día de su funeral. Siempre había sido admirable por su oposición al régimen de Franco, pero en ese momento yo sentía que mi respeto por él, que había crecido a lo largo de los años, había adquirido una intensidad que no podía explicarme del todo a mí misma.

    Descargué mi equipaje en la pensión y me lancé a la calle, uniéndome a los cientos de miles de personas que se reunieron para rendir homenaje a Tierno. La sinuosa procesión fúnebre, que según algunas fuentes se acercaba al medio millón de personas, tenía diez kilómetros de largo, y el silencio de esa inmensa multitud era casi absoluto. Cuando llegamos a la CalleMayor el carruaje fúnebre pasó lentamente ante nuestra vista (fig. 1). Tierno avanzaba con estilo. El carruaje, de diseño francés de finales del siglo XIX, iba tirado por seis caballos negros que, según supe después, había prestado la industria cinematográfica española. El coche mismo provenía del Museo de Carruajes Fúnebres de Barcelona2. Era de un rococó resplandeciente, de una aparienciamagníficamente falsa, y de una extravagancia que producía la extraña sensación de lo sentimentalmente incongruente, de lo obsoleto. Era, en una palabra, cursi3. Ni kitsch, ni camp, sino simplemente: cursi.

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    Esta palabra es difícil de definir, ya que todos los sinónimos que se dan normalmente para explicarla -«de mal gusto, vulgar», «rimbombante, chillón», o «falsamente refinado, afectado»-, se refieren solamente a sus síntomas, no a su condición, causa o contexto subyacentes. Tierno, sin embargo, lo habría entendido inmediatamente. Había escrito uno de los estudios clásicos sobre la cursilería en 1952. El coche fúnebre tirado por caballos es tradicional para la realeza y las personalidades de Estado, pero a Tierno Galván, comomarxista socialista (¡con tendencias libertarias!), no le impresionaba el rango. El historiado carruaje fúnebre es un signo de distinción, pero de un tipo obsoleto. Sin embargo, sospecho que a Tierno, que apreciaba, y en más de una ocasión expresó, un sentido de lo teatral, le hubiera gustado el ligero tufillo absurdo de la escena, que parecía sacada de una película, «de película», como los seis caballos cinematográficos que se usaron para tirar del carruaje. El mismo Tierno mantenía una postura muy ambivalente con respecto a la tradición. Sus escritos políticos eran con frecuencia crípticos y difíciles de descifrar, a causa del estilo casi barroco que adoptó para eludir la censura franquista. Como alcalde dictó bandos escritos en un castellano elegante, aunque irónico, del siglo XVII. Al mismo tiempo que modernizaba el transporte y reducía la contaminación, revivía fiestas callejeras populares y teatros de corrala en barrios obreros.

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