Ficha técnica

Título: La culpa fue de Baudelaire | Autor: Enrique López Viejo  | Editorial: El Desvelo  | Formato: 21 x 13,5 | Encuadernación: Rústica |Páginas: 208 | ISBN: 978-84-942688-3-0 | Precio: 18,00 euros 

La culpa fue de Baudelaire

EL DESVELO

La culpa fue de Baudelaire, de Enrique López Viejo, que estará a la venta en toda España el 1 de diciembre, retrata un momento clave de España, la Transición, de la mano de un ‘superviviente’ de aquellos tumultuosos años en que todo parecía estar por descubrir y experimentar. Hay numerosas publicaciones que retratan ese fascinante período pero pocas que lo hagan en primera persona, dado que muchos de sus protagonistas anónimos desaparecieron víctimas de las drogas o por otras razones. De este modo, las memorias de Enrique López Viejo narran desde el punto de vista de un joven un universo de estudios, mujeres, drogas, aciertos y desaciertos… y Baudelaire, a quien el autor atribuye su querencia por la ‘dolce far miente’, los ‘paraísos artificiales’ y el vértigo hacia el abismo que amenaza su propia existencia.

LA ERA CRISTIANA

La imagen del San Miguel venciendo al demonio estaba en la sala donde mi abuela y su hermana, ésta dos años mayor y soltera, tenían el piano, donde recibíamos las clases de solfeo que yo no soportaría. Se trataba de una talla dieciochesca del arcángel San Miguel levantando su espada para decapitar el demonio, un ángel polícromo que se elevaba sobre un pedestal de madera con basamento y plinto de mármol, en el rincón de la salita inmediato al piano, quedando la figura del diablo abatido justo a la altura del teclado, partituras y asiento. Un demonio cobrizo horrorizado ante la sobriedad justiciera del santo.

     Una talla de buen porte y medidas, que llevaba medio siglo junto al piano de pared situado en una abigarrada salita, donde pasaba algunos de mis mediodías y muchas tardes de la primera infancia, de esa primerísima infancia de la que no te acuerdas de casi nada, aunque de esto sí.

     El San Miguel era una imagen en madera policromada del barroco tardío, obra del padre de mi tatarabuelo, ambos doradores en la plena tradición castellana, oriundos de Galicia donde germinaron los mejores imagineros, hijos de sus bosques. Mi tatarabuelo, siendo abogado, doraba retablos, algunos importantes, y era el padre de mi bisabuela Laurentina, señora señorona que había regido el gineceo que fue nuestro hogar durante casi tres generaciones, una familia en la que la mayoría eran mujeres, y que residían en un inmenso caserón a la sombra misma de la catedral de la ciudad.

     Yo era un niño muy niño y me obligaban a estudiar solfeo y piano en casa de mis abuelas, asunto que no me gustaba nada. Parte de mi vida trascurría en aquel saloncito del piano con este San Miguel de compañero, y la imagen del diablo sufriendo. Mi encantadora tía-abuela trataba de introducirme en el mundo de la música pretendiendo el éxito que había tenido con mi hermana mayor, y no así con el resto de mis hermanos. Fue un intento vano, yo era un niño, aunque inquieto, muy vago. El solfeo me resultaba incomprensible, y el piano un esfuerzo excesivo para mis escasas energías, pues nací enfermo y siempre fui un niño débil y algo enclenque. No soportaba las clases de música por más que me llevaba muy bien con mi tía-abuela, que era todo cariño y ponía su mejor empeño en esta musical docencia.

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