Ficha técnica

Título: La cripta de invierno |  Autora: Anne Michaels | Traducción: Eva Cruz  | Editorial: Alfaguara | Colección: Literaturas |  Páginas: 360 | Fecha de publicación:  17 de Febrero 2010 | Género: Novela | Precio: 18.50 € | ISBN: 978-84-204-0541-4 |  EAN: 978-84-204-0541-49788420405414

La cripta de invierno

EDITORIAL ALFAGUARA

Nos convertimos en nosotros mismos cuando algo nos es concedido o cuando algo nos es arrebatado.

Egipto, 1964. El gran templo de Abu Simbel ha de ser rescatado de la crecida de las aguas causada por la nueva presa de Asuán. Bloque a bloque será desmantelado para luego resucitar en un terreno a mayor altura. Dirigiendo este proyecto está Avery Escher, un joven ingeniero que acaba de llegar con su esposa.

Por la noche, al acostarse en su casa flotante sobre el Nilo, Jean y Avery se trasladan al pasado Avery a su niñez en Inglaterra durante la segunda guerra mundial, y Jean a su infancia en Canadá, cuando viajaba por la orilla del río St Lawrence con su padre.

Entretejiendo los grandes momentos históricos con la callada intimidad de las vidas humanas, La cripta de invierno reflexiona sobre lo que somos capaces de salvaguardar de la violencia de la vida.

 

PRINCIPIO DEL LIBRO

        Generadores iluminaban el templo. Una escena de espantosa devastación. Cuerpos que yacían expuestos, miembros esparcidos formando ángulos horrendos. Todos los reyes decapitados, cada cuello privilegiado segado por pequeñas hachas de filo diamantino, torsos orgullosos desmembrados por motosierras, perforadoras y cizallas. Anchas frentes de piedra sujetas por barras de acero y un mortero elaborado a partir de resina epoxi. Avery miraba a los hombres desaparecer hacia el interior del pliegue de una real oreja, o perder un zapato en una nariz soberana, o quedarse dormidos a la sombra de un mohín imperial.

        Los obreros trabajaban ocho horas, dividiendo la jornada en tres turnos. Por la noche, Avery se sentaba en la cubierta de la casa flotante y volvía a calcular cuánto crecía la tensión en la roca que iba quedando; reevaluaba lo acertado que había sido cada corte, las zonas de fragilidad y las nuevas fuerzas de presión que se creaban a medida que, tonelada a tonelada, el templo iba desapareciendo.

        Incluso en su cama sobre el río veía cabezas cortadas, criados sin brazos ni piernas, amontonados y pulcramente numerados bajo los focos, esperando transporte. Mil cuarenta y dos bloques de piedra arenosa, la más pequeña de las cuales pesaba veinte toneladas. Aquel milagroso techo de piedra, donde los pájaros volaban entre las estrellas, yacía desmantelado, a cielo abierto, bajo estrellas verdaderas; la oscuridad verdadera que había más allá de los focos resultaba tan intensa que parecía deshacerse como papel mojado. Los obreros habían atacado primero la piedra de alrededor, cien mil metros cúbicos cuidadosamente parcelados, etiquetados y trasladados con grúas neumáticas. Y pronto habrían de acometer la construcción de colinas artificiales.

        Para liberarse del ruido de la maquinaria, con la cabeza contra el casco del barco, el oído de Avery buscaba el sonido del fluir del río bajo su cama. Imaginaba, aferrado al viento oscuro, el aliento regular de los sopladores de vidrio de la ciudad, a una distancia de quinientos kilómetros, los gritos de los aguadores y de los vendedores de refrescos, los chillidos del martín pescador penetrando el oleaje de antiguas palmeras, e imaginaba también cada sonido evaporándose en el viento del desierto, de donde nunca terminaba de borrarse.

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