Ficha técnica

Título: La clase | Autor: François Bégaudeau  | Editorial: El Aleph Editores Colección: Modernos y Clásicos | Numero: 294 | Precio: 18   | Páginas: 232 | Formato: 14 x 21,5 cm.| Publicación: 27 de Noviembre de 2008 | Género: Novela | ISBN: 978-84-7669-838-9 | EAN: 9788476698389 

 

Premio France Culture-Télérama 2006 Película galardonada con la Palma de Oro en Cannes 2008.   

La clase

EL ALEPH EDITORES

François y los demás profesores se preparan para enfrentarse a un nuevo curso en un instituto de un barrio conflictivo de París. Llenos de buenas intenciones, deseosos de aportar la mejor educación a sus alumnos, se arman contra el desaliento. Pero las culturas y las actitudes se enfrentan en el aula, microcosmos de la Francia contemporánea. Por muy divertidos y estimulantes que sean los adolescentes, sus comportamientos pueden cortar de raíz el entusiasmo de un profesor que no cobra suficiente.

La tremenda franqueza de François sorprende a sus alumnos, pero su estricto sentido de la ética se tambalea cuando los jóvenes empiezan a no aceptar sus métodos.

«No decir nada, no embarcarse en el comentario, quedarse en la confluencia entre el saber y la ignorancia, entre la espada y la pared. Mostrar cómo es, de qué se trata, cómo funciona, cómo no funciona. Separar los discursos en hechos, las ideas en gestos. Simplemente documentar la cotidianidad laboral.»

«Un bello éxito. Un texto muy divertido, una sátira chirriante que juega sobre todos los registros de la comicidad: ensayo, situación, réplica. Una novela sutilmente política.» Télérama  

«A través de la virtud de las palabras, el autor recobra ese espacio de libertad del que carecemos y por el que escapamos. Al otro lado las paredes.» Le Nouvel Observateur

Veinticinco

Cuando llegó el día, al salir del metro me paré en el restaurante para no llegar antes de tiempo.

     El camarero uniformado que estaba detrás de la barra de cobre escuchaba a medias a un cuarentón con gafas que reseguía un artículo en diagonal.

     -Quince mil viejos menos, más sitio para los jóvenes.

     Los doscientos cincuenta metros restantes me llevarían dos minutos, así que esperé a las nueve menos uno para salir. A la altura del carnicero chino disminuí el paso para no alcanzar a Bastien y Luc que se daban un apretón de manos al final de la calle. Al doblar la esquina ya no pude evitarlos, bromeaban con un vigilante frente a la puerta grande con batientes de madera maciza abiertos sobre el vestíbulo.

     -Tenía la leve esperanza de que se hubiera quemado todo.

     -Nunca es demasiado tarde para poner una bomba, ya me dirás.

     Dejé atrás las risitas sarcásticas. Las obras del verano no habían terminado, unos obreros vestidos de azul pasaban del patio pavimentado al patio interior cargando vigas finas sobre los hombros para apoyarlas luego en vertical sobre uno de los muros del recinto.

     Habían pintado de azul la puerta de la sala. Gilles, que estaba apartado de los demás, daba vueltas contrariado alrededor de la mesa ovalada con un paquete de cigarrillos en la mano.

     -Hola.

     -Hola.

     Los recién llegados, que estaban sentados en los sofás grises del rincón salón, escuchaban a Danièle que se esforzaba por tranquilizarlos. Me hice un sitio en el círculo irregular apoyando una nalga sobre la mesa que aguantaba la máquina de café. Una de treinta años largos era la más locuaz.

     -De todos modos sabía que entrando intramuros me exponía a esto. Una de treinta años largos remató.

     -Intramuros, se dice pronto. Y por los pelos.

     Todos se callaron, esperaban a ver.

     Tiramos los vasos a la basura y nos dirigimos hacia el aula de estudio, donde el director dijo que esperaba que las vacaciones hayan ido bien. Los asistentes murmuraron un sí visiblemente mezclado con el disgusto por que se terminen, el director dijo pues claro, qué queréis. Luego se aclaró la voz para cambiar de registro.

     -Aunque la mitad de vosotros vuelva con nosotros este año, todos sabéis que hay colegios más tranquilos que el nuestro. Veréis que a los alumnos no les falta espontaneidad. Algunos incluso son extremadamente espontáneos.

     Dejó que los carraspeos realzaran el eufemismo antes de invitarnos a que nos presentásemos. Cada uno se levantó por turno y dijo de qué establecimiento venía o desde cuándo estaba aquí. Estábamos aquí desde hacía quince, diez, cinco, dos años, o veníamos de la periferia. Nos llamábamos Bastien, Chantal, Claude, Danièle, Élise, Gilles, François, Géraldine, Jacqueline, Jean-Philippe, Julien, Line, Luc, Léopold, Marie, Rachel, Sylvie, Valérie. Esperábamos nuestros horarios definitivos.

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