Ficha técnica

Título: La ciudad dividida | Autor: Nicole Loraux  | Editorial: katz | La cité divisée. L’oubli dans la mémoire d’Athènes | Traducción: Sara Vassallo  | Colección: Serie conocimiento | Páginas:  281 | Precio: 23 € | Fecha de aparición:  Noviembre de 2008 | Formato: 15 x 23 cm. rústica | ISBN: 9788496859432

La ciudad dividida

KATZ EDITORES

¿Es el olvido un requisito de la reconciliación, es acaso necesario olvidar para formar una nación unida? Nuestra época da, al parecer, una respuesta contundente, haciendo de la memoria el antídoto del mal: «conocer la historia para no repetirla», se dice, y se imputa al olvido las nuevas manifestaciones de la maldad humana.

Sin embargo, en el año 403 antes de nuestra era el olvido fue la base de la estrategia ateniense orientada a restablecer la unidad de la ciudad. Atenas -ciudad política por excelencia, allí donde la política «fue inventada»- eligió el olvido al término de una guerra civil que permitió a los demócratas retomar el poder, e hizo jurar a los ciudadanos que «no recordarían los males del pasado», que nadie volvería sobre el pasado, ni recordaría a los muertos ni las violencias de la guerra.

Es ese momento y esa circunstancia lo que está en el centro de la interrogación de Nicole Loraux en esta obra: ¿es necesario olvidar para reconciliarse y formar una nación unida? ¿Cuál es el buen uso de la memoria? ¿Qué era lo que realmente querían olvidar los atenienses? ¿De qué modo este conflicto entre memoria y recuerdo es central en la democracia? Al decretar la necesidad del olvido, los atenienses, sugiere Loraux, no quisieron hacer tabla rasa sino, antes bien, lanzaron negativamente una invitación al recuerdo: los conflictos pasados, objeto de una especie de tabú, promovieron el vínculo entre los ciudadanos. ¿Se debe entonces fingir el olvido para hacer un buen uso de la memoria? Dicho de otro modo: ¿sería el tabú más eficaz que la conmemoración oficial?

Prefacio

Todo empezó con el discurso de Cleócrito conservado por Jenofonte en las Helénicas. Los demócratas atenienses acababan de triunfar sobre el ejército de los Treinta Tiranos. Algunos de los oligarcas más importantes -Critias, Cármides, oyentes de Sócrates transformados luego por Platón en epónimos de algunos diálogos- figuraban entre los muertos; un gran desaliento prevalecía, sin duda, entre la mayoría de las tropas de la «ciudad», hoplitas vencidos por una tropa abigarrada y equipada con armas improvisadas… En medio de la exaltación de la victoria, todo habría hecho presentir una revancha por parte de los demócratas, a quienes Trasíbulo, antes del combate, había recordado la «guerra» que los Treinta habían librado contra ellos y las exacciones de que habían sido víctimas. Sin embargo, he aquí que un ateniense, marcado con el sello místico de Eleusis, marchaba a la cabeza de las filas de los demócratas preguntando a un ejército de conciudadanos adversarios: «Ustedes que comparten con nosotros la ciudad, ¿por qué nos matan?». La pregunta misma -pregunta de demócrata, ya que un oligarca se habría adelantado a la respuesta dando por obvio que el adversario es el enemigo– era desconcertante (o tal vez, al contrario, demasiado gastada por lo anacrónica). Tan desconcertante como la amnistía anunciada por ella, por la cual los vencedores se aliarían con sus antiguos adversarios comprometiéndose mediante el más solemne de los juramentos a «no recordar las desgracias» del pasado.

   Lo que importa, pues, es comprender por qué, un día del año 403 antes de nuestra era, el conciliador Cleócrito fue el portavoz del ejército victorioso de los «demócratas del Pireo».

   Empezaba así lo que para nosotros sería una larga indagación sobre el sentido que tiene para una ciudad la stásis [sta¿sij], para nombrar con un vocablo griego eso que designa a la vez una toma de partido, la facción, la insurrección y, como lo decimos en nuestra lengua tan romana, la guerra civil. Nuestro proyecto inicial, postergado varias veces y latente en el transcurso de los años pero nunca olvidado, era interrogar en el terreno griego la especificidad democrática -en este caso ateniense- del pensamiento del conflicto en su vínculo, ya sea de oposición o de afinidad, con la definición de lo político. En el transcurso de la indagación, se nos hizo evidente que era indispensable aceptar instalar el conflicto en la polis porque era originario en ella desde siempre, agazapado bajo la denominación de lo político. Quizá lo que los griegos -aunque no sólo ellos- tratan de olvidar cuando proclaman una amnistía, es más ese vínculo originario que las «desgracias» recientes.

   ¿Pero se había pensado alguna vez que se podía encontrar otra cosa?

   Había que empezar de una buena vez. La investigación comenzó, pues, con el entusiasmo propio de los comienzos, desplegando una especie de programa. Programa que tengo la sensación de no haber dejado nunca de de sarrollar a partir de entonces. Después, como era de prever, las cosas se complicaron. No se trabaja impunemente sobre el conflicto y sería vano creer que podemos tocar el olvido fundador de lo político sin que algo reprimido emerja de nuevo… El caso es que el intento de articular, entre historia y antropología, la ciudad dividida con la polis conciliadora, no resultó un proyecto tan sereno como habíamos creído, sin duda con imprudencia, sobre todo cuando se hizo patente que sería ineludible interrogarse, aun de un modo totalmente provisorio, acerca de esa instancia pensante y desean te que es para un griego la polis. De ahí la convicción de que había que desafiar, a pesar de los riesgos, lo que yo llamaría el tabú del «sujeto»,* ese mínimo denominador común en torno al cual algo parecido a una unanimidad reúne a investigadores aun cuando todo el resto los separe.

   Los textos que siguen, redactados a pedido de revistas o instituciones científicas hace unos ocho años, quisieran dar testimonio de esos primeros abordajes de la ciudad dividida, de los elementos permanentes que se manifestaron enseguida en ellos y con éstos, las tempranas divergencias en la interrogación.

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