Ficha técnica

Título : La ciudad de las palabras | Autor: Alberto Manguel | Editorial: RBA | Colección: Temas de actualidad | Género: Ensayo | ISBN: 9788498677805 | Páginas: 192 | Formato:  14 x 21,3 cm. | Ref: ONFI356 | Encuadernación: Rústica |  PVP: 21,00 € | Publicación: 3 de Junio 2010

La ciudad de las palabras

RBA EDITORES

El libro reúne cinco ensayos en los que Alberto Manguel utiliza la sabiduría de los clásicos para entender el presente, la literatura para comprender el mundo en el que vivimos. La ficción, nos dice, nos ayuda a entender la realidad, y los textos del pasado nos sirven para comprender mejor la sociedad en la que vivimos, para cuestionarla, para enriquecerla. Aborda pues Manguel en este libro la relación de la literatura con la política, el compromiso del escritor con la sociedad, el valor de las ficciones para abordar las claves sociales…

Los textos reunidos en este libro son las conferencias Massey, unas prestigiosas conferencias dictadas en Canadá que desde 1961 cada año se le encomiendan a un autor de prestigio internacional. Las de 2007 le fueron encargadas a Manguel.

¿Cuál es el papel del narrador en la sociedad del siglo XXI? ¿Cómo nos ayudan los relatos a percibirnos a nosotros mismos y a los otros? ¿Pueden estos relatos proporcionar a toda una sociedad una identidad, sea verdadera o falsa? ¿Es posible que los relatos nos cambien y cambien el mundo en el que vivimos? ¿Cómo determina, limita y amplía el lenguaje la forma en que imaginamos el mundo? Estas son algunas de las preguntas a las que responde Alberto Manguel en esta indagación sobre la relación entre la literatura y el mundo, y sobre cómo la literatura interviene en nuestra visión y comprensión del mundo, porque somos habitantes de una ciudad de palabras.

«Perderte en la mente de Alberto Manguel… significa ser guiado por un experto a través de un laberinto de hechos y reflexiones.» Globe and Mail

«Alberto Manguel se ha inventado una ciudad en la que las palabras son sus habitantes. Y ellas nos abren su puerta.» Martine Laval, Télérama

 «El estilo de Manguel se cartacteriza por su enorme calidez y sinuosidad, moviéndose cómodamente por la literatura de diferentes épocas y continentes.» Steven Poole, The Guardian

«Un libro de asombrosa erudición y alcance.» The Spectator

 

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LA VOZ DE CASANDRA

 

«¡Vano el orgullo del sabio y del monarca!
Murieron sin tener poeta que los nombre.
¡Vana fue su codicia y vanos sus afanes!
Yacen mudos y muertos por no tener poeta.»

HORACIO, Odas IV: 9 (según la versión
de Alexander Pope, 1733)

 

La lengua es nuestro denominador común. No existe sociedad humana sin lenguaje. Las palabras nos permiten establecer un intercambio intelectual y emocional, pero también un intercambio físico y material, al identificar, describir y legislar. Las palabras definen nuestro espacio y nos otorgan un sentido del tiempo. Aquí y allá, como ahora, después y antes, son creaciones verbales, al menos en cuanto nos permiten concebirlas. Las palabras confirman nuestra existencia y nuestra relación con el mundo y con los otros. En este sentido, somos creaciones de nuestra lengua: existimos porque nos nombramos y somos nombrados, y porque damos testimonio de nuestra experiencia en palabras compartidas. Ese proceso de identificación y reconocimiento, de creación y de crónica no acaba nunca, siempre está por ser dicho enteramente. Ninguna sociedad tiene la última palabra.  

   En cierta ocasión preguntaron a Alfred Döblin, uno de los mayores novelistas del siglo xx, por qué escribía. Döblin contestó que ésa era una pregunta que se negaba a plantearse. «El libro terminado no me interesa», dijo; sólo le interesaba el que estaba escribiendo, «el libro por venir». Escribir era para Döblin una acción que se filtra a través de nuestro presente para volcarse en nuestro futuro, un fluir incesante del lenguaje que permite a las palabras moldear y nombrar una realidad en constante proceso de formación. «Los sistemas metódicos no tienen cabida en el arte; la locura es mejor», escribió en una carta al poeta T. F. Marinetti después de que éste propusiera, en el Figaro de París del 20 de febrero de 1909, que los artistas adoptaran un «método futurista» para practicar su oficio, asumiendo «la acción, la violencia y el cambio industrial». «Ocúpese usted de su futurismo», aconsejó Döblin a su entusiasta colega, «que yo me ocuparé de mi döblinismo.»

   Pero ¿en qué consistía exactamente ese «döblinismo»? Alfred Döblin había servido como oficial del Cuerpo de Sanidad en el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial antes de ejercer la medicina en los barrios del este de Berlín, cuya identidad plasmó en su novela más famosa, Berlin Alexanderplatz, publicada en 1929. Era un hombre contradictorio: un judío prusiano que, ya de avanzada edad, se había convertido al catolicismo; un socialista radical que se oponía a los principios de la revolución rusa; un psiquiatra que admiraba a Freud pero dudaba de los dogmas del psicoanálisis; un defensor de una literatura exuberante que contravenía constantemente sus propias normas pero buscaba en los libros tradicionales de la Biblia la mitología que serviría de base a su ficción. Su tema era la identidad cambiante del mundo del siglo xx, pero su héroe era el Job del Antiguo Testamento, un hombre cualquiera que sufre sin someterse, que protesta sin escándalo, el modelo del hombre convertido en víctima sin justificación alguna. En 1933, amenazado por el ascenso al poder de los nazis, y al igual que tantos otros intelectuales alemanes, buscó refugio en Francia con su familia; siete años después, tras la ocupación de París, escapó a través de España y Portugal a Estados Unidos. Allí le ofrecieron diversos trabajos, incluido el de guionista en Hollywood: se dice que a él se deben varias escenas de La señora Miniver.

   En el exilio norteamericano, Döblin se sintió terriblemente aislado al no poder encontrar una lengua compartida en el país de sus anfitriones. Cuando cierto escritor que había permanecido en Alemania durante los años del nazismo acusó a los que se habían exiliado de disfrutar de «los sillones y los cómodos asientos» de la emigración, Döblin contestó: «Huir de país en país -perder todo lo que conoces, todo lo que te ha nutrido, huir constantemente y vivir durante años como un mendigo cuando aún te quedan fuerzas pero vives en el exilio-, ése fue «mi sillón, mi cómodo asiento»». Pero incluso en ese aislamiento, siguió sintiéndose, como él mismo dijo, «poseído por el instinto de escribir».

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