Ficha técnica

Título: La ciudad de arena | Autor: Pedro Corral | Editorial: El Aleph | Colección: Modernos y clásicos | Publicación: 26/02/2009 | ISBN: 978-84-7669-866-2| EAN: 9788476698662  | Precio: 19.95 € | Páginas: 384 | Formato: Tapa dura, 14 x 21,5 cm

La ciudad de arena

EL ALEPH 

 

Ambientada en el Madrid de los últimos días de la Guerra Civil y basada en hechos históricos desconocidos, La ciudad de arena aborda, desde las experiencias y sentimientos de personajes de ambos bandos, los impactantes episodios que precedieron a la entrada de los franquistas en la capital en marzo de 1939.

Una mujer, Isabel Mercadal, se convierte en el vértice de las vidas de dos militares, antiguos compañeros, enfrentados antes por el amor de ella y ahora también por la guerra: Tomás Broto, teniente coronel de las fuerzas de Franco que asedian la capital, y Luis Masip, capitán del ejército republicano, comprometido en la conspiración del coronel Casado contra el gobierno de Negrín para negociar la rendición de la República. Encontramos también a Francisco Mercadal, hermano de Isabel, un joven oficial comunista que hará frente a la rebelión de Casado en las calles de Madrid.

Alrededor de estos cuatro protagonistas se despliega un extraordinario retablo de la vida en las trincheras y en el Madrid asediado, con multitud de personajes que se ven atrapados entre el heroísmo y la traición, entre el deber y la supervivencia, entre la lealtad a los ideales y la indiferencia ante la suerte del conflicto.

Novela de historias, y no solo de historia, los acontecimientos y los personajes van tejiendo diferentes relatos de suspense, de aventuras, de amor y de épica, anudados a una trama militar y política cuyos detalles inéditos se nos revelan con el ritmo trepidante de un «thriller». Setenta años después del final de la contienda, La ciudad de arena está llamada a ser una de las grandes novelas que quedaba por escribir sobre la Guerra Civil.

 

CAPÍTULO XII

Mateo Linares y sus compañeros de sección estaban sentados en el ramal de la carretera de Extremadura que conducía a las trincheras del lago, por donde acababan de marchar hacia retaguardia los facciosos que habían capturado en la Casa de los Pozos. De pronto, oyeron varios estampidos, como truenos metálicos. Al instante se precipitó desde el cielo un sinfín de silbidos ensordecedores que terminaron estallando en el pinar, a unos centenares de metros de donde se encontraban. La tierra vibró bajo sus pies, sacudida por los puñetazos de un gigante, mientras un oleaje abrasador, mezcla de polvo amarillento y humo plateado, batió contra sus posiciones.

Mateo arrojó el fusil lo más lejos que pudo, como si temiera que su arma pudiera atraer uno de aquellos proyectiles, y se arrojó de bruces sobre el suelo del ramal, con la cabeza entre los brazos y las manos cruzadas sobre el casco. Todos los hombres de su sección se echaron también a tierra, menos el desertor Rueda, que permaneció en cuclillas en medio del ramal, con los ojos muy abiertos.

Así pasaron varios minutos, mientras las paredes del ramal se deshacían como un mantecado por las explosiones, y los terrones desprendidos caían sobre sus espaldas. Con la respiración jadeante, violenta, Mateo acabó tragando grumos de tierra mientras gritaba fuera de sí con la cara hundida en el suelo, bajo el estruendo de aquella tormenta de fuego y metralla.

Los cañonazos cesaron tan bruscamente como habían empezado. Mateo levantó la cabeza, escupió la tierra apelmazada por su propia saliva y vio que el desertor Rueda venía hacia él como sonámbulo, con el pantalón mojado en la entrepierna. Cuando llegó hasta él, el desertor Rueda le tendió la mano y le ayudó a levantarse sin decir una palabra. Después le ayudó a sacudirse la tierra y el polvo de la guerrera. Iba a darle las gracias a Rueda cuando alguien le dio un empujón violento en la espalda y le hizo caer de nuevo al suelo.

Al principio, creyó que le había empujado el propio desertor Rueda, pero luego vio sobre él la cara vociferante del cabo Fraguas, rociándole con perdigonadas de saliva dura. Pero oía gritar al cabo como en sueños, ya que sus palabras le llegaban acolchadas por el zumbido con el que los disparos de la artillería facciosa le habían enhebrado los oídos.

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