Ficha técnica

Título: La cena de los infieles | Autor: Beryl Bainbridge Traducción: Julia Cabezas Ortiz|  Editorial: Ático de los Libros | Género: Novela| ISBN: 978-84-937809-5-1 | Páginas: 240 | Formato:  13 x 21 cm. |  PVP: 18,50 € | Publicación: 13 de Septiembre 2010

La cena de los infieles

ÁTICO DE LOS LIBROS

Premio Whitbread de novela

Edward, que está casado, celebra una cena para Binny, su amante. Consciente de que le ha negado durante mucho tiempo esas pequeñas intimidades que una esposa da por supuestas, quiere ofrecerle a Binny una oportunidad de sentirse más implicada en su vida y de relacionarse con algunos de sus amigos (los más discretos, por supuesto). Pero las cosas no saldrán como Edward había previsto. Unos visitantes inesperados irrumpirán en la cena y harán que la velada tome un rumbo impredecible.

En la fiesta de degustación de quesos y vinos en la que ella y Edward se conocieron, Binny le dijo que la madurez, en la que ambos se encontraban, se parecía a la segunda mitad de un partido de fútbol: los jugadores están cansados y se obligan a continuar mientras se mueren de ganas de que llegue el pitido final. «De repente Edward se sintió deprimido y con ganas de irse a casa a ver la tele.» Pero no lo hizo, sino que se fue a casa de Binny y empezaron una relación a pesar de que Edward estaba casado.

El símil futbolístico vuelve a Edward durante los meses siguientes; su relación resulta agotadora. La última idea de Binny, por ejemplo, es que Edward invite a algunos de sus amigos a cenar a casa de ella. ¿Por qué iban a tener que verse siempre en bares oscuros? Edward, que es un próspero contable aficionado a la jardinería, vive aterrorizado ante la perspectiva de que su mujer descubra su aventura con Binny, así que arrastra a Simpson y a Muriel, a quienes apenas conoce, a la famosa cena. Los cuatro tienen pronto oportunidad de conocerse mejor, pues en su cena de amigos irrumpen unos atracadores de banco que los toman como rehenes durante casi dos días. La situación le recuerda a Binny otras que ha visto por televisión y durante todo el secuestro Edward se pregunta constantemente cómo le va a explicar a su mujer lo tarde que ha llegado, si no es que el pitido del final del partido le ahorra hacerlo.

La cena de los infieles ganó el premio Whitbread de novela. En sus páginas se puede disfrutar del humor negro característico de Beryl Bainbridge, gran dama de las letras inglesas.

«Me sorprendí riendo tanto que las lágrimas me resbalaban por las mejillas.» Auberon Waugh

«Dolorosamente cómica y certera. La constante sensación de vergüenza y ansiedad de los protagonistas la hace todavía más divertida.» Sunday Times

«Beryl Bainbridge es única en su especie. Posee una imaginación macabra y un talento maravilloso.» New York Review of Books

«La cena de los infieles es mi novela favorita de Beryl Bainbridge.» A. N. WilsonThe Guardian

«Beryl Bainbridge es única en su especie.» New York Review of Books

«El humor negro de Beryl Bainbridge está a medio camino entre Evelyn Waugh y Muriel Spark.» John Bainville

 

1

Durante la cena de socios, el viejo Gifford charló sobre la cuenta Rawlinson: algo sobre que el nuevo que había entrado en la junta no tenía demasiadas luces, que no estaba a la altura. A cada tanto el hombro de Gifford se hundía por debajo del nivel del mantel, como si se le hubiera caído algo. Hatters, del departamento de internacional, contó una anécdota sobre un médico y una paciente que oía música pop cada vez que sumarido le hacía el amor. Edward Freeman, que estaba sentado frente a él, se perdió la frase clave. Le parecía que el tipo había contado la historia susurrando. O quizá se estaba quedando sordo. Preocupado por este nuevo defecto-hacía poco que se había visto obligado a ponerse gafas para hacer el crucigrama del periódico-, se puso el dedo en la oreja y empezó a sacudirlo a un lado y a otro. Hatters, haciendo florituras con su tenedor en el aire, decía claramente que el motor de su coche necesitaba una puesta a punto. Edward permitió que la señora Chalmers le sirviera una segunda porción de cordero;  no tenía hambre, pero cada mes ponía veinte libras para sufragar el coste de las comidas de oficina, y que se lo llevara el diablo si iba a dejar que se perdiera un solo penique de ese dinero. Binny le había dicho que toda esa carne guisada con vino y los pudines que se metía entre pecho y espalda cada día de la semana iban a acabar con él. «Los hombres de tu edad -le prevenía constantemente- debéis cuidaros. Te va a dar un ataque al corazón.» En ese momento, cuando faltaban menos de seis horas para la dichosa cena, tenía la impresión de que un pequeño infarto le vendría la mar de bien. No creía que Binny fuera a visitarlo al hospital, no era maliciosa. Podría pasar varios días tranquilamente allí mientras le hacían pruebas, leyendo algún libro y tratando de ordenar su vida.

   Aun así, cuando hubo terminado la comida, subió en ascensor a su oficina, negándose el ejercicio de subir tres tramos de escalera. El teléfono sonó en cuanto abrió la puerta. Era su esposa, Helen.

   -¿Esta noche vas a venir muy tarde o solamente tarde?-preguntó ella.

   -Oh, no llegaré tarde -respondió-. Quiero decir que intentaré salir pronto.

   -Sueles intentarlo-dijo ella.

   Hubo una breve pausa. Edward miró la fotografía de su esposa, con un marco de cuero, que estaba expuesta en la vitrina. Sostenía un bebé. En la mesa de su despacho tenía una foto del mismo bebé, varios años después, agachado en un jardín borroso, abrazando un conejito.

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