Ficha técnica

Título: La casa de los veinte mil libros | Autor: Sasha Abramsky | Traducción: Ángeles de los Santos | Editorial: Periférica | Colección: Fuera de serie  | Páginas: 368 | ISBN: 978-84-16291-40-3 | Fecha: octubre 2016 | Precio: 22 euros

La casa de los veinte mil libros

 
Durante décadas, Chimen Abramsky y su esposa, Miriam, organizaron encuentros épicos en su fascinante casa llena de libros, y reunieron a muchos de los grandes intelectuales de la época, de Eric Hobsbawm a Isaiah Berlin. 
 
Hijo ateo de uno de los rabinos más importantes del siglo, Chimen nació en 1916 cerca de Minsk y pasó sus primeros años de adolescencia en Moscú; luego emigró a Londres, donde descubrió los escritos de Karl Marx. Asistió brevemente a la Universidad Hebrea de Jerusalén, hasta que la Segunda Guerra Mundial interrumpió sus estudios. De regreso en Inglaterra, se casó, y durante muchos años él y Miriam se ocuparon de una respetada librería judía en el East End de Londres. Cuando los nazis invadieron Rusia en junio de 1941, Chimen se unió al Partido Comunista, convirtiéndose en una figura destacada del Comité Nacional judío. Fue miembro del mismo hasta 1958, cuando, sorprendentemente, un día por fin reconoció los crímenes cometidos por Stalin. En la madurez, Chimen se reinventó a sí mismo una vez más, en esta ocasión como pensador liberal, humanista, profesor universitario y experto en manuscritos de la casa de subastas Sotheby’s.
 
Su nieto, el periodista Sasha Abramsky, recrea en estas fascinantes páginas un mundo perdido, dando vida a la gente, a los libros y a las ideas que llenaban la casa de sus abuelos, combinando cuatro tipos de historia (la familiar, la política, la judía y la literaria) en un magnífico y absorbente texto. 
 
Ésta es la historia real de uno de los personajes más fascinantes del siglo XX. Una historia donde la cultura y la política conviven con la vida y con la muerte; donde la religión convive con la comida; donde la familia convive con la amistad. Una historia real que recorre los grandes acontecimientos del siglo pasado y llega hasta el presente.
 
«Este inventario de Sasha Abramsky acerca de la devoción de su abuelo por los libros y la lectura es un emocionante testimonio de la persistencia de la curiosidad humana en un mundo en el que tener inquietudes intelectuales parece algo cada vez más a la deriva. Un conmovedor, instructivo y asombroso balance del amor de un hombre por la palabra impresa que todos los buenos lectores sabrán apreciar.» Alberto Manguel 
 
«El relato de Abramsky comienza después de la muerte de su abuelo, cuando la familia ha de enfrentarse a la abrumadora tarea de poner orden en la casa familiar de Londres, abarrotada de libros singularísimos sobre socialismo, marxismo y judaísmo. Es entonces cuando surge el deseo de dar sentido a todo ese legado familiar y literario, que el autor cuenta de una manera lúcida y deliciosa.» Publishers Weekly
 
«La casa de los veinte mil libros recrea con enorme cariño un entorno intelectual que se construyó alrededor de los libros antiguos, el ajedrez, el dominó, la comida de Europa del Este, la tazas de té caliente, la familia y las largas noches de acalorados debates políticos.» The Washington Post
 
«Abramsky tiene una gran habilidad para nadar en el mar de las ideas. Ofrece comentarios inteligentes y concisos. Basándose en numerosos testimonios de contemporáneos de su abuelo y una impresionante inmersión en los archivos, el libro se enfrenta honestamente y con sensibilidad a buena parte de las corrientes de opinión que se dieron en aquella casa del 5 de Hillway Street.» The Wall Street Journal
 
«Una formidable celebración del pensamiento, la Historia y el amor.» Kirkus Reviews
 
«Un libro hermoso e intenso. En él arden la pasión por las ideas, el valor de la Historia, la necesidad de debatir. Como libro de memorias sobre un abuelo, crea su propio género. Simplemente: me encantó.» Edmund de Waal, autor de La liebre con ojos de ámbar y El oro blanco
 
«Durante muchos años, asumí que todas las personas de edad vivían en casas repletas de libros, y que era completamente normal pasar su tiempo discutiendo los méritos de las diversas doctrinas políticas. Llegué a la conclusión (erróneamente, como he aprendido después) de que la mayoría de los niños tenían a sus abuelos contándoles historias de Spinoza o Marx, de Rosa Luxemburgo o Hegel como si fueran cuentos. Cuando murió en marzo pasado, estuve varios días paseando por las habitaciones de la casa de Chimen, visitando sus libros una última vez, tocando sus páginas añosas, tratando de imaginar un mundo sin él. Con su muerte, mucho más que un enfermo, que un anciano, desapareció de la escena. Un órgano insustituible de conocimiento murió con él. Y una forma de vida también: se desvaneció lo que llamamos Mitteleuropa, y otros Centroeuropa, un mundo que bebía de las ideas de la Ilustración del XVIII y que buscaba en los románticos del XIX la inspiración. Mi abuelo era un personaje de una novela de Isaac Bashevis Singer o de Saul Bellow, o un anticuario de Dickens. Era imposible de encasillar, pero enriqueció a todas las personas con las que se encontró; y las hizo más prudentes, más curiosas.» Del artículo publicado en The Guardian por el autor con motivo de la muerte de su abuelo 
 
 
 
PRÓLOGO I: DESPEDIDA
 
 
Se ve a sí mismo como parte de los libros, o a los
libros como parte de sí mismo, no estoy seguro.
 
WILLIAM MORRIS, NOTICIAS
DE NINGUNA PARTE (1890)
 
 
No hay sonido en la tierra como el de un hombre callado, un hombre digno, que se rompe en un dolor primario. Nada es comparable: ni unas uñas arañando una pizarra, ni el rechinar de un torno dental atravesando el esmalte. Nada. Es el aullido del terror absoluto, un incisivo agujero negro de ruido que lo absorbe todo. Te arrastra al abismo: inusitado, insólito, no admite discrepancia. Esto, dice el sonido, es eterno.
 
     Yo escuché ese sonido cuando me acerqué el teléfono al oído izquierdo en marzo de 2010. Estaba en casa, en Sacramento, California, sentado en el sofá, desolado, en la salita de la televisión, mi esposa e hijos en otro cuarto. A más de nueve mil kilómetros de distancia, mi padre estaba sentado junto al cuerpo de su padre en su casa del norte de Londres, en el número 5 de Hillway, Highgate. Unos pocos minutos antes, mi abuelo, Chimen Abramsky, había fallecido finalmente. ¿De qué? ¿De viejo? Tenía noventa y tres años. ¿Complicaciones del párkinson? Llevaba años deteriorándose, convertido en un anciano frágil y sordo, un viudo cada vez más inexpresivo, atrapado en un cuerpo roto, helado. ¿O por las secuelas de una horrible serie de enfermedades e infecciones de la vejez, cada una de las cuales por sí sola podrían haberlo matado? Al final, la causa en realidad no importaba. Lo que importaba era que el último de mis abuelos había muerto, un hombre que había sido mi maestro, mentor y gurú, además de mi «Nye» -como lo llamaba de pequeño, porque siempre llevaba corbata y yo no sabía pronunciar esa palabra-. Mi maravilloso y a veces juguetón abuelo -aquel hombre mayor que bailoteaba por el salón con una torre de coloridos vasos de plástico en la cabeza, encajados unos en otros, haciendo equilibrios para entretenerme cuando era niño- se había ido. El hombre que se había rodeado de decenas de miles de maravillosos libros raros, comprados a lo largo de la mayor parte de un siglo, había desaparecido. Todo lo que hizo que él fuera él había quedado reemplazado por la cerosa e impersonal quietud de la muerte.

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