Ficha técnica

Título: La casa de la sabiduría. Cuando la Ilustración llegaba de Oriente | Autor: Jonathan Lyons | Traducción: Laura Vidal | Editorial: Turner | Colección: Noema | Género: Novela | ISBN: 978-84-7506-929-6 | Páginas: 280 + 8 láminas a color | Formato:  14 x 22 cm. | Encuadernación: Rústica con solapas |  PVP: 24,00 € | Publicación: Octubre de 2010

La casa de la sabiduría

EDITORIAL TURNER

Durante siglos, desde la caída del Imperio Romano, la civilización occidental estuvo más condicionada por la influencia eclesiática que por el desarrollo científico. Mientras tanto, la cultura árabe vivía su apogeo, convertida en un verdadero generador de adelantos y exploración cultural. A través de la vida de Adelardo de Bath, un monje inglés del siglo XII que se aventuró a viajar al Oriente para conocer su ciencia y su cultura, Lyons hace un recorrido por la edad de oro de ciudades como Antioquía o Bagdad, cuya Casa de la Sabiduría albergaba por aquella época cuatrocientos mil volúmenes.

Los árabes eran capaces ya de medir la circunferencia de la Tierra, un logro que Occidente no consiguió hasta ocho siglos después; descubrieron el álgebra, desarrollaron las técnicas básicas de la astronomía y la navegación, inventaron la brújula, tradujeron todos los grandes textos científicos y filosóficos de los griegos (entre ellos, de forma destacada, los de Aristóteles), y desarrollaron las lentes y los espejos. 

 

PRÓLOGO
MAGREB / OCASO 

Muy pocos dudaban de que Dios había enviado aquel terremoto para castigar a Antioquía por sus costumbres licenciosas y decadentes. Los residentes de esta avanzadilla cristiana, no lejos de la orilla oriental del Mediterráneo, eran famosos por su depravación y su desobediencia de las leyes divinas. «Hombres que detestaban el ayuno y disfrutaban con los suntuosos banquetes, esclavos de la gula, siempre deseosos de imitar la vida y las costumbres no de aquellos que vivían bien, sino de aquellos que comían bien», escribe despectivo el canciller Gualterio, clérigo y antiguo funcionario de Antioquía, cuyo testimonio sobre la vida en esta ciudad está sembrado de referencias a las Escrituras y de trilladas citas de Ovidio y Virgilio. Las mujeres vestían túnicas escandalosas de escote amplio y se cubrían de adornos indecorosos. Algunas -«o al menos eso se rumorea», afirma Gualterio con un guiño- llegaban al extremo de encargar a los artesanos locales «guarniciones hechas de oro árabe y múltiples piedras preciosas para adornar con ellas sus partes pudendas, no para cubrir sus vergüenzas o para apagar la llama de la lascivia, sino para tentar aún más con lo prohibido a aquellos que no buscan placeres legítimos». Otras se prostituían por placer, ofreciéndose a amigos y vecinos por las calles de la ciudad.

  Dos años antes, una plaga de langostas no había logrado frenar el curso perverso de estos occidentales recién llegados a Oriente Próximo, pero tal vez un temblor de tierra sirviera para enderezar a los descarriados. El 13 de noviembre de 1114 un terremoto en la ciudad periférica de Mamistra causó grandes daños, pero solo era un presagio de la destrucción que estaba por llegar. Dieciséis días después, «en el silencio de la noche, cuando la fragilidad humana se entrega a la dulzura del sueño», Antioquía sintió la ira del Señor. «La ciudad era la viva imagen de la destrucción,» nos cuenta Gualterio. «Muchos murieron en sus hogares. Otros quedaron aterrados; abandonaron sus casas y sus riquezas; lo dejaron todo y salieron presos de la locura a las calles y plazas de la ciudad. Atenazados por el miedo y la indefensión, alzaban los brazos hacia el cielo y lloraban y gritaban en diferentes lenguas. ‘Protégenos, Señor. Protege a tu pueblo'».  A la mañana siguiente, los supervivientes acudieron sumisos a la iglesia de San Pedro, milagrosamente intacta después del temblor, y abjuraron públicamente de los placeres mundanos.

  Los antioqueños no fueron los únicos cuyo mundo se vio trastocado. En Mamistra, muy lejos de su hogar, un joven caballero buscó refugio bajo un puente de piedra. Adelardo de Bath no había viajado desde el oeste de Inglaterra para asistir a los famosos desposorios del rey Balduino de Jerusalén con Adelaida de Sicilia. Tampoco le interesaba la vida licenciosa de los europeos en Antioquía, ni había seguido los pasos emprendidos por los cruzados, dieciséis años antes, hacia ultramar. Su intención distaba mucho de la de aquellos bravos y santos guerreros, aquella «raza de francos» enviada por el papa Urbano II, que había recorrido Europa central saqueando y violando mujeres hasta llegar a Tierra Santa; Adelardo estaba decidido a aprender de los musulmanes antes que a matarlos bajo el signo de la cruz. Allí donde los cruzados solo habían visto maldad impía, Adelardo buscaba la luz del conocimiento.

  Antioquía -en la actualidad la ciudad turca de Antakya- debió de resultar irresistible para el espíritu inquieto de Adelardo, que ya de estudiante había experimentado el valor de viajar en pos del saber: «Valdrá la pena conocer a maestros de otros pueblos, aprender de memoria sus enseñanzas más valiosas. Aquello que ignoran los franceses bien pueden conocerlo al otro lado de los Alpes; lo que uno no puede aprender entre los latinos, la elocuencia griega se lo enseñará». La ciudad de Antioquía, fundada en el siglo IV a. de C., había sido en otro tiempo la metrópoli más importante de Asia. Se la apreciaba especialmente en el mundo cristiano, ya que aquí se había emplea do por primera vez el término «cristiano» y san Pedro había sido su primer obispo, un hecho que los siempre susceptibles y clasistas papas de Roma se esforzaban por ignorar. Hubo un tiempo en que Antioquía floreció bajo el poder musulmán, pero ahora la controlaban los cruzados normandos. El nuevo principado comprendía la ciudad central fortificada, la llanura que la rodeaba y los puertos de Alexandretta y San Simeón. Era una tierra rica, con una industria próspera de sedas, alfombras, cerámica y vidrio.

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